Pero Galín (fragmento)Genaro Estrada

Pero Galín (fragmento)

"Señaladas, pues, con evidencia, las castas de Solumaya de Chavira, ya podemos decir con precisión que no deje lugar a duda, que Galindo procedía de la más elevada alcurnia del lugar. Su padre era de ahí y de su abuelo había felices memorias en las conversaciones de los viejos vecinos. Ambos habían explotado una mina de plata productora de un capital que permitía a la familia Galindo una vida muelle y abundante, incluso una volanta en la que se hacían excursiones a las huertas y aldeas de los alrededores. El nombre de Pedro —como en la iglesia católica— era la piedra angular de la casa: Pedro se llamó el abuelo, Pedro era el padre y Pedro se llamaba Galindo, descendientes todos de un español de la partida con que don Nuño de Guzmán asoló a los estados de occidente, en el segundo tercio del siglo XVI. Aunque con cierta oscuridad, el dato puede ser encontrado en los inapreciables infolios que el señor Ortega y Pérez Gallardo, genealogista y rey de armas si los hay, dio a luz en tres gruesos volúmenes que son como el faro y oráculo de cuantas personas se interesan en averiguar la no nada remota ascendencia de la nobleza mexicana.
Y no bien el menor de los Pedros salía de la niñez y podía ya leer de corrido el Presente amistoso —que era la lectura favorita de la casa, por haber obtenido un nihil obstat del párroco solumayano— y haber recibido religiosa preparación con el catecismo sabatino, sus padres empezaron a iniciarlo en las reconditeces genealógicas de la familia, clavándole en el espíritu, con inquebrantable tenacidad, la idea de la división y subdivisión de clases en la sociedad de aquel tranquilo lugar de la frontera. Y preparado de este modo, se lo envió a la capital de la república, a la casa de la familia Vera, cuyo recato, costumbres y antecedentes eran garantía de la educación del joven y del celo que habría de ponerse para mantener sin deslustre el ya tradicional nombre de los Galindos.
Ya en México, se encontró Pedro con una familia muy semejante a la suya en usos e ideas, con la diferencia —que inmediatamente produjo en su espíritu sensación inefable— de que, más en contacto con una cultura superior, en vez del ajuar curvo austriaco, del espejo con dragón de madera, de los cojines de raso por el suelo, de la alfombra con león y paisaje africanos, de las amplificaciones fotográficas al carbón, de la mesa «de tortuga» con rodapié al crochet y quinqué alemán, de los búcaros con flores de papel de China y del biombo de otate, imitación del bambú japonés, había en ésta multitud de objetos que él presentía exquisitos y que ahora podía tener a la mano y gustarlos a su guisa, todos los días.
De todo aquello no tenían ni remota idea ninguna de las tres más encumbradas familias de Solumaya. Aquello sí que daba a las gentes un ambiente de refinado arcaísmo, de elegante antigüedad, de vida superior. Pedro Galindo oía de la familia de la casa intrincadas explicaciones, elaboradas historias sobre cada pieza de mobiliario y de adorno, que primero entendió con dificultad y que poco a poco, en complaciente esfuerzo, llegó a comprender con claridad. Pasadas las primeras gaffes, Galindo pensaba que nunca había salido de allí y que su conocimiento de las artes suntuarias era en él como una segunda naturaleza. Lo que hirió más vivamente su imaginación eran las cosas coloniales, porque tocaban más de cerca su manía tradicional en que habíase criado.
Del salón al comedor y las alcobas, se pasaba las horas muertas señalando épocas, atribuyendo estilos, calificando maestrías. Conoció allí los bordados españoles del XV y el XVI, pesados de oro y plata, de ornamentación renacentista, con símbolos cristianos; leves manteles de altar, deshilados con primor en la vieja Malinas o en la tranquila Aguascalientes; las capas pluviales y los manípulos, con galón de plata en brocados lioneses o en terciopelos venecianos de un magnificente rojo avinado; los biombos de Coromandel, de lacas preciosamente ornamentadas con animales y flores; las esculturas guatemaltecas, de maderas pintadas con iridiscentes colores metálicos; platas segovianas, de grave ornamentación; sortijas de Oaxaca, trabajadas en hilo de oro, sutil y enmarañado; marcos de talla, con decoración de ramaje y manzanas, delicadamente estofados; llavines y cerrojos, labrados con rasgos, símbolos, monogramas y escudos por hábiles artesanos vizcaínos; gran copia de mancerinas de plata y de porcelana, con las marcas de sus antiguos dueños; armas, damascos, cuadros, relicarios, vasos, escabeles, sortijas, braseros, candiles, relojes, piedras duras, marfiles y todos los demás restos de las artes mayores y menores que la dominación española trajo a México y los que en aquellos lejanos tiempos produjo el ingenio de los nativos.
Pedro Galindo vivió su juventud en aquel ambiente. A la muerte de sus padres heredó modestas rentas y se instaló en su propia casa, que fue llenando de colecciones, primero con el plan de la casa de los Veras, después alterándolo según su propia inspiración. Frecuentaba las colecciones de Gargollo, de Miranda, de Martínez del Río, de Nájera, de Schultzer, de García Pimentel, de Dunkenley; se sabía de memoria la colección de sortijas españolas de don Artemio de Valle Arizpe; coleccionó cuanto en artes plásticas mexicanas escribieron Manuel Revilla, Rafael Lucio, Edwin Atlee Barber, Francisco Pérez Salazar, Antonio Peñafiel, Sylvester Baxter, Federico Mariscal, Manuel Toussaint, el marqués de San Francisco, el Doctor Atl, Agustín Villa, Bernardo Couto, Alfonso Toro, Francisco Díez Barroso y Alfred Bossom; los domingos por la mañana hacía visita reglamentaria a las galerías de San Carlos, al Volador y al Museo Nacional, deteniéndose con más espacio en la colección colonial de don Ramón Alcázar; con su inseparable Terry’s Guide recorría todas las viejas iglesias de la ciudad y sus alrededores; se pasaba las horas muertas en las tiendas de antigüedades de Gendrop, de Roubiseck, de los dos Bustillos; husmeaba en los bazares de españoles, en donde se suele encontrar cosas raras o simplemente viejas; se entraba por cualquier establecimiento de los que pueden semejarse al género de objets d’art et de curiosité y recibía las frecuentes visitas de Pérez, de Riveroll, de Salas y de toda la especie menor de vendedores de antiguallas y chucherías. "



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