El sobrino de Wittgenstein (fragmento)Thomas Bernhard

El sobrino de Wittgenstein (fragmento)

"Cuando finalmente fui dado de alta en el pabellón Hermann, en lugar de morirme como me habían predicho, y volví a Nathal, durante cierto tiempo no supe nada más de mi amigo. Me costó el mayor esfuerzo normalizarme, no había ni que pensar aún en un nuevo trabajo, pero me esforcé por poner orden en mi casa, realmente bastante abandonada durante mi ausencia, despacio, me decía, sólo despacio volver a crear poco a poco las condiciones que me permitirán un día empezar un trabajo. El enfermo que ha estado lejos de su casa durante meses vuelve como alguien para el que todo se ha vuelto extraño y tiene que familiarizarse sólo poco a poco y de la forma más penosa con todo y apropiárselo todo otra vez, da igual de lo que se trate, entretanto lo ha perdido realmente y ahora tiene que volver a encontrarlo. Y como el enfermo, básicamente, está siempre abandonado, todo lo demás es una mentira perversa, tiene que recurrir ya a fuerzas completamente sobrehumanas si quiere continuar donde meses antes, o, como en mi caso ya varias veces, años antes, se interrumpió. Eso no lo comprende el sano, se impacienta enseguida, y precisamente con su impaciencia hace más difícil para el enfermo que vuelve todo lo que debería facilitarle. Los sanos nunca han tenido paciencia con los enfermos y, como es natural, tampoco los enfermos con los sanos, lo que no hay que olvidar. Porque el enfermo, como es natural, espera de todos mucho más que el sano, que al fin y al cabo no tiene que esperar tanto porque está sano. Los enfermos no comprenden a los sanos, lo mismo que, a la inversa, los sanos a los enfermos, y ese conflicto es a menudo un conflicto mortal, porque en fin de cuentas el enfermo no está a la altura de las circunstancias, pero tampoco, como es natural, lo está el sano, al que un conflicto así basta para poner a menudo enfermo. No es fácil tratar con un enfermo que de repente está otra vez allí de donde fue arrancado meses o años antes por la enfermedad, y de hecho de todo, y la mayoría de las veces los sanos no tienen deseos de ayudar al enfermo, la verdad es que fingen continuamente ser samaritanos, cosa que no son ni quieren ser y que, al ser algo fingido, sólo perjudica al enfermo y no le aprovecha en lo más mínimo. El enfermo está realmente siempre solo y la ayuda que se le presta desde el exterior resulta ser casi siempre sólo un impedimento o una molestia, como sabemos. El enfermo necesita la más imperceptible de las ayudas pero los sanos no están en condiciones de prestársela. Sólo perjudican al enfermo con su fingimiento de ayuda, egoísta en fin de cuentas, y se lo hacen todo más difícil en lugar de facilitárselo. Los que lo ayudan no ayudan al enfermo la mayoría de las veces, sino que lo molestan. Sin embargo, el enfermo que vuelve a casa no puede permitirse ninguna clase de molestias. Si el enfermo hace notar que, en lugar de ayudarlo, en verdad lo molestan, aquellos que sólo han fingido ayudarlo lo ofenden. Lo acusan de arrogancia, de egoísmo sin límites, cuando sin embargo sólo se trata, en su caso, de la legítima defensa más extrema. El mundo de los sanos recibe al enfermo que vuelve a casa sólo con aparente amabilidad, sólo con aparente altruismo, sólo con aparente abnegación; pero si el enfermo pone realmente a prueba esa amabilidad y ese altruismo y esa abnegación, se revelan como una buena disposición sólo aparente y, por consiguiente, afectada, a la que el enfermo hará mejor en renunciar. Pero, como es natural, nada es más difícil que la verdadera amabilidad y el verdadero altruismo y la verdadera abnegación, y la frontera entre lo verdadero y lo aparente es también en ese aspecto difícil de trazar. Creemos durante mucho tiempo que se trata de algo verdadero cuando, sin embargo, sólo se ha tratado de algo aparente, ante lo que durante mucho tiempo hemos estado ciegos. La hipocresía de los sanos hacia los enfermos es la más difundida. En el fondo, el sano no quiere tener ya nada que ver con el enfermo y no le gusta que el enfermo, hablo de un enfermo realmente grave, pretenda de repente tener derecho a la salud. Los sanos sólo hacen siempre especialmente difícil para los enfermos recuperar la salud o, por lo menos, volver a normalizarse o, por lo menos, mejorar su estado de salud. El sano, si es sincero, no quiere tener nada que ver con el enfermo, no quiere que le recuerden la enfermedad y con ello, como es natural y lógicamente, la muerte. Los sanos quieren estar entre ellos y con sus iguales, y en el fondo no toleran a los enfermos. A mí mismo me ha sido siempre difícil volver del mundo de los enfermos al mundo de los sanos. Durante el período de enfermedad, es decir durante el período intermedio, los sanos se habían apartado completamente del enfermo, habían renunciado a él, siguiendo así únicamente su instinto de conservación. Ahora, de repente, aquel al que habían liquidado ya y que, en fin de cuentas, no entraba ya en consideración, aparecía otra vez reclamando sus derechos. Y como es natural se le hacía comprender inmediatamente que, en el fondo, no tenía ningún derecho. Los enfermos, desde el punto de vista de los sanos, no tienen ya ningún derecho. Hablo nada más que de los enfermos graves, que tienen una enfermedad mortal como yo y como tenía Paul Wittgenstein. Los enfermos son incapacitados por su enfermedad, y sólo pueden vivir de la caridad de los sanos. El enfermo, por su enfermedad, ha dejado un puesto, y de repente reclama otra vez ese puesto. Esto lo consideran los sanos siempre como algo absolutamente inaudito. Por eso el enfermo que vuelve tiene siempre la sensación de que trata de meterse en una esfera en la que no se le ha perdido nada. "


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