Mata y calla (fragmento)Andrés Bosch

Mata y calla (fragmento)

"Hoy, he visitado a Teo y Belinda en la cárcel.
Les he encontrado muy apagados. No son ni sombra de lo que eran.
Ante todo, debo decir que he tropezado con graves dificultades para verlos juntos. En la cárcel, los hombres y las mujeres están en secciones separadas, puesto que, de lo contrario, aquello sería la casa de tócame, Roque, y todos los presos se pasarían el día jodiendo como locos. En realidad, al cabo de poco tiempo de estar entre rejas, la población penal se transforma en un hatajo de maricones y tortilleras, pero los técnicos estiman que esto es humanamente inevitable y, además, no conculca el orden y el espíritu que dan dignidad a las instituciones penitenciarias.
El principio de la separación de sexos se observa a rajatabla, por lo que, a pesar de mi personalidad cívica, querían que viera a Teo y a Belinda por separado, no fuera que cometieran alguna inmoralidad, yendo al trote de una celda a otra cada vez que quisiera que uno de los dos corroborase o negara algo dicho por el otro.
He recurrido al director, individuo al que conozco someramente, a Dios gracias, y que tiene aquella pretensión de participar en nuestras celebraciones navideñas, en el Círculo de Bellas Artes e Hípico, lo que aún no ha logrado debido a que el procurador del orden se opone ferozmente, so pretexto de que «todavía hay clases».
El director de la cárcel es hombre con fina estampa de hidalgo cortés y melancólico, aunque conocedor de todas, absolutamente todas, las flaquezas humanas, a las que cede a menudo, para no ser inhumano. Además, es hombre erudito, cual demostró cuando las naciones del Extranjero montaron una campaña de difamación contra nuestra Patria, sólo porque dimos garrote a diez o doce indeseables. El Extranjero aseveró que el garrote era «instrumento de tortura medieval». Y fue el director de la cárcel quien redactó el documento, distribuido por nuestros embajadores y restantes miembros del cuerpo diplomático a todo el mundo, donde se explicaba la manera en que el garrote casca las vértebras cervicales al momento y sin dolor, por lo que, técnica y humanitariamente, es superior a toda la gama de sogas, guillotinas, sillas eléctricas, hachas, gases y ametralladoras a que el Extranjero tan aficionado es. El director de la cárcel demostró unos conocimientos exhaustivos, en esta materia, y fue condecorado.
Le he estrechado la mano, y le he dicho que tenia gran placer en saludarle, por cuanto las circunstancias, lamentablemente, no me habían permitido el goce de tratarle, en los últimos tiempos, pero que esperaba verle por Navidad en el Círculo de Bellas Artes e Hípico, «y vamos, hombre, no se haga usted tanto de rogar». Se le ha iluminado la cara al desdichado, y me ha concedido el privilegio de ver a Teo y Belinda donde quisiera y como quisiera.
Primero, a la celda de visita, ha llegado Belinda. Iba con moño y zapatillas de felpa, vestida con bata negra.
Sigue oronda, pero ha perdido aquella vital viscosidad en la mirada, y su carne ha quedado átona, inerte, sin jugos ni alegría.
Al verme se ha sorprendido. En tono meditativo y triste, me ha dicho:
—No me han dicho que era usted quien quería verme.
Para animarla un poco, le he anunciado:
—Ahora verá a Teo.
Ha meneado la cabeza, en un «no» silencioso, y, serena, ha musitado:
—Esto se ha acabado.
No sé a qué se ha referido. Los dos hemos guardado silencio, tácitamente acordes en que más nos valía callar.
Cuando hemos oído los pasos en el pasillo que, por la parte interior, conduce a la celda de visita, Belinda y yo hemos bajado la vista. Y, en el momento en que la puerta se ha abierto, yo la he levantado, en tanto que Belinda la mantenía fija en el suelo.
En el marco de la puerta, estaba Teo inmóvil, salvo los ojos, que en dos giros se han percatado de mi presencia y de la de Belinda con la vista baja.
En estos pocos días, Teo ha adquirido estremecedor aspecto de cadáver. El color rojizo de su piel, con matices rubios, azafrán, anaranjados y aceitosos, es ahora de tonalidades terrosas, ocre, siena, amarillo calizo, como si no corriera sangre debajo. Ha perdido peso, pero no es esto lo que más impresiona, sino el extraño proceso que le ha dejado encogido. Por no sé qué razones, su cuerpo entero parece sumido en sí mismo, como la uva se sume en su centro, pierde su zumo, y el verde traslúcido y terso se transforma en pardo amoratado, mate, seco, rugoso y muerto. Iba muy abrigado, con dos jerseys gruesos y bufanda. Tan descarnados le han quedado los ojos que tiene la mirada siempre espantada, aunque se ve que el pensamiento le rige bien.
Esperaba que, cuando los dos se vieran, aquel segundo fondo del mirar de Teo, siempre fornicando, pasara a primer término, infundiera viscosidad a la mirada de Belinda, y que los dos volvieran a formar aquella unidad, Teo y Belinda, Belinda y Teo, ella pensando y él mandando.
Estaba ya el uno al lado del otro, Belinda con la vista baja, y Teo mirándome. Despacio, Teo ha girado la cabeza a la izquierda y, frío, sin el menor rastro de fornicación en los ojos, ha mirado a Belinda quien no ha levantado la vista. Quizá cuando Belinda mirase a Teo se produciría el milagro. Y, mientras pensaba esto, Belinda, sin vida en los ojos, ha mirado a Teo, y Teo ha apartado bruscamente la mirada. "



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