El viaje (fragmento)Sergio Pitol

El viaje (fragmento)

"Salí de Praga ya un poco resfriado. Al despertar, lo primero que hago es tomar un analgésico, y repito la dosis durante el día, según me vaya sintiendo. Anoche tomé frío y esta mañana me descubrí vencido por la rinitis. ¡Qué espasmos!, tengo las fosas nasales obturadas, dificultades para respirar, una migraña como para aullar. Desayuné y me fui caminando al Ermitage. Subí hasta las salas de Picasso y Matisse, para iniciar la visita desde allí. Esas obras fueron adquiridas antes de la revolución para vestir los muros de los salones palaciegos construidos por los industriales y financieros de la época; gente de nuevo cuño, riquísimos, con estudios y curiosidades muy amplias, carentes de prejuicios ante las vanguardias, posiblemente aconsejados por maestros de estética, conocedores de las corrientes contemporáneas. Y ellos las aceptaban sin esfuerzo, es más, con placer. Aquí se encuentran La danza y La música, en formatos inmensos; cada uno de esos geniales cuadros podría cubrir la pared más grande de un salón. Todos los otros cuadros, docenas, son también de altísima calidad. A la burguesía francesa y en general a la europea esa pintura les producía horror, gestada por fieras, para divertir a las fieras. En el centro de un salón de exposiciones se erguía un magnífico bronce de Donatello. A ese espacio le tocó albergar una muestra de la nueva generación: Matisse, Bonnard, los puntillistas. La gente cruzaba la sala con rapidez y con los ojos semicerrados para evitar que la mirada se detuviera en aquellos esperpentos. En un periódico importante, un crítico que pasó por aquel salón escribió un artículo con el encabezado: Donatello entre las fieras, y los pintores jóvenes se sintieron felices y se apoderaron del nombre: fieras (fauves). La aristocracia rusa abominaba visceralmente esos objetos, aún más que los burgueses franceses. Fueron los nietos y los bisnietos de sus antiguos siervos, la novísima clase pudiente, quienes se sentían cómodos rodeados de las formas y el color de las fieras en su entorno; lo que explica que muchos de los mejores Picassos y Matisses estén todavía en Moscú y en San Petersburgo. Eran parte integral de las villas art nouveau de los magnates rusos. Me quedé un buen rato en esas salas y luego me fui deslizando abúlicamente ante las otras, sin ver casi los cuadros debido a una nueva embestida de la jaqueca. Por fin encontré la Virgen María niña, de Zurbarán, que conocía sólo por fotografía, pero que en mis visitas anteriores estaba siempre de viaje, y ahí comencé a revivir... A la hora de comer le relaté a una empleada de la Asociación de Escritores, que me acompañaba en las comidas y en los espectáculos, mi visita anterior al museo, enmarcada en condiciones privilegiadas: debe haber sido en 1980 o 1981. Había llegado a Leningrado una delegación de México, Juan José Bremer, Rafael Tovar, Carmen Beatriz López Portillo y Fernando Gamboa, y de Moscú el embajador Rogelio Martínez Aguilar, Elzvieta, su esposa, y algunos funcionarios de nuestra misión diplomática, entre ellos yo, para inaugurar al día siguiente vina exposición monumental de Orozco. El director del Ermitage tenía preparado un recorrido por algunas de las salas del museo. Era lunes, día en que los museos cierran las puertas al público. Nuestra comitiva, una docena de personas, semejaba un grupo diminuto de orugas perdidas en la majestuosidad de los salones. Recorrimos inmensos corredores, subimos y bajamos escaleras imperiales. Sin público, el edificio volvía a ser el Palacio de Invierno, la morada de los zares; las dimensiones se multiplicaban y escapaban al infinito. Difícilmente alguien podría gozar de aquellas condiciones para disfrutar lo que le esperaba: la Venus de Táuride, el amplio elenco de italianos primitivos y renacentistas, los Cranachs, la inmensa sala de Rembrandt, los españoles, los impresionistas, hasta encontrar en el último piso a Matisse y Picasso. De aquella soberbia fiesta visual me regocijó sobre todo que al final de una marcha de varias horas frente a toda la historia del arte occidental, al llegar a la planta noble, donde Gamboa y su equipo daban los últimos retoques a la exposición mexicana, las obras de Orozco no se disparaban de la tradición de la gran pintura sino que la continuaban. El efecto fue espléndido y revelador. Nuestro gran artista pertenecía, como Matisse y Picasso, aunque con una poética distinta, al gran legado artístico del siglo XX. Por la tarde una visita relámpago a la casa de Alexander Blok, que acaba de convertirse en museo. Muy emotiva, pero me faltó alguien con quien hablar de Blok, de su tiempo, de la poesía en general, de los escitas, a quienes Blok reverenciaba, de todo eso. En Leningrado no conozco a nadie y a pesar de que la belleza de la ciudad es cierta, de su mayor contacto con el turismo extranjero y sus usos (en los restaurantes, en la ópera, en el museo, en los anticuarios y librerías se oye hablar tanto el finés casi como el ruso y, también, bastante sueco y alemán), de sus ricas tradiciones culturales, de su fastuoso pasado, su sofisticación, también es cierto que de repente desprende un aromita pretencioso y provinciano que para nada se percibe en el bárbaro Moscú, cuya vitalidad ha sido arrolladora, si uno se atiene al testimonio de dos siglos de crónicas y novelas. Tal vez la segunda guerra mundial haya puesto un punto final al auge intelectual de esta capital imperial. Gran parte de sus escritores, artistas, científicos, murieron durante el sitio o fueron evacuados a lugares menos inseguros, y al hacerse la paz ya no volvieron. Era una ciudad rota. Muchos se instalaron en Moscú, donde seguramente habría entonces mejores condiciones: las editoriales, las universidades y centros de enseñanza, las bibliotecas, los centros de investigación, la prensa literaria, los estudios cinematográficos. Para que esta ciudad notable fuese de verdad perfecta —perfecta para mí, se entiende—, necesitaría la existencia, inserta en los pliegues y grietas de sus barrios más antiguos, de una Kitai gorod, esa invisible ciudad asiática añorada por Borís Pílniak, la que según él está escondida en el interior de todas las ciudades auténticamente rusas, donde una infinidad de ojos, meras hendeduras horizontales trazadas en una superficie facial inescrutable, contemplaran todo, lo estudiaran, lo interpretaran, y donde en las tinieblas de las zonas más sórdidas se macerara sin tregua una mezcla indescriptible de emociones feroces, terrores atávicos, misterios insondables, aventuras desorbitadas y montañas de polvo, capas de innumerables manos de pintura incrustadas en los viejos muros; en fin, que se escuchara el eco de los escitas invocados por Blok, vina apetencia mongólica que maculara a la ciudad europea... Por la tarde, una lluvia torrencial pero breve. Al descargarse el cielo se desvaneció el peso plúmbeo sobre la presión atmosférica, mi nariz comenzó a abrirse y la jaqueca se desvaneció de inmediato. Fui al teatro a ver La boda de Gógol. Función menos que discreta, una dirección de escena excesivamente alambicada, los encajes refinados, inútiles e insoportables en los que ha llegado a convertirse Stanislavski según algunos directores cursis. ¡Imposible comparar esta Boda con la inteligencia de El inspector Visto hace unos días en Moscú! Salimos del teatro bajo una espesa lluvia. Trataré de leer algo de El viaje a Armenia, de Mándelstam, que comencé después del almuerzo. He abusado del pan, las cremas, los pasteles, los bilnis y el caviar. Siento la ropa estrecha. A partir de mañana comenzaré a tomar precauciones... Después, perdí las ganas de leer, ni siquiera a Mándelstam. A la media noche no resistí la tentación y salí a pasear bajo un cielo enteramente blanco. Recorrí la Perspectiva Nevski, desde la estación del ferrocarril hasta el Ermitage; la gran avenida es un escenario recurrente en la literatura rusa, de Pushkin a nuestros días. Estoy y no estoy en Leningrado. ¿Estoy? ¡Claro que estoy! Parece que jamás me hubiera marchado de aquí. ¡Qué falsedad! Mi corazón está en otro lado. "


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