El desembarco (fragmento)Jean Raspail

El desembarco (fragmento)

"No hablemos de la literatura, las obras teatrales y los oratorios destinados a un público intelectual limitado. Refirámonos más bien a los medios informativos, el escandaloso falseamiento de un instrumento creado para la comunicación de masas, manipulado por quienes, a socapa de la libertad, practican el terrorismo intelectivo. No obstante las advertencias formuladas por los supervivientes de la lucidez, nos hemos entregado a un masoquismo frenético y desorbitado, corriendo en pos de aventuras alucinantes y, a fuerza de querer admitir todo cuanto se nos imputa, hemos terminado aceptando el disparatado riesgo de afrontar también todo al mismo tiempo... y solos.
-¡Acuérdese, señor presidente! Mediante operaciones de desmoralización nacional y disolución cívica, concebidas con sabiduría y escenificadas diabólicamente, se ha logrado que el fin de las guerras coloniales — incluyendo Vietnam— sea tan sólo el comienzo. Es algo irreversible. En lo sucesivo, el pueblo llano se espantará de un Ejército al que le han endosado demasiados genocidios. Respecto a la policía, su destino quedó sellado cuando el tiempo de Guignol, y uno se pregunta estupefacto cómo ha podido resistir tanto sin sentir aborrecimiento de sí misma. Ahora ya es un hecho. Y el Ejército ha seguido la pauta. Sea voluntario o no, profesional o no, se horroriza de su propia imagen. Así, pues, señor presidente, no cuente con el Ejército para un nuevo genocidio.
—¿Para qué, entonces?
—Para nada, señor presidente. Se ha perdido la partida.
—Sin embargo, habrá genocidio, otra modalidad, y seremos nosotros quienes desapareceremos.
—Lo sé, señor presidente. Pero es una vislumbre que no puede comunicar usted a nadie porque nadie está en condiciones de comprenderla. Nosotros morimos parsimoniosamente, nos roen las entrañas millones de microbios que han invadido nuestros cuerpos. Esto durará largo tiempo. Sin padecimiento aparente. No se derramará sangre, ahí estriba toda la diferencia. Pero parece haberse convertido en una cuestión de moral y dignidad, según lo ven los homúnculos occidentales. Explique, pues, al pueblo, al Ejército, dejando aparte la opinión pública mundial y la conciencia universal, que el día de Pascua o, por lo menos, el lunes, será preciso sacrificar a un millón de inmigrantes con piel negra, si no queremos morir a nuestra vez, aunque más tarde, bastante más tarde...
—Sin embargo, les diré precisamente eso, monsieur Perret, mientras usted me ayuda en el sur. Por cierto, ¿cuándo parte? —Esta noche, señor presidente. He conseguido encontrar un caza reactor cuyo oficial de a bordo no está enclaustrado en un seminario ni entregado a la oración, así como tampoco a ningún otro ejercicio mental relacionado lastimosamente con el problema moral de la aviación combatiente ante la flota del Ganges. Mi piloto particular no muestra todavía excesivas inhibiciones. Se ha comprometido a conducirme de un tirón hasta la Prefectura regional del Midi. Hace unos instantes me ha telefoneado el prefecto profundamente conturbado. Se encuentra casi solo, pues la mayoría de sus funcionarios lo han abandonado a primeras horas de la tarde. Llevo conmigo, como ayudante, al capitán de fragata De Poudis. El hombre parece haber reflexionado. Sospecho que la muerte se ha convertido para él en una cuenta pendiente. Si pudiéramos contar con algunos hombres de su temple animados por un dolor constructivo, quizá nos salváramos. ¡Lástima! Entre nosotros el dolor sólo engendra reivindicaciones sindicales...
—Yo... —le interrumpió el Presidente—, yo he reflexionado también lo mío. Me es imposible autorizar el desembarco a largo plazo de esos famélicos en nuestro territorio. Aunque se los internara en campos para intentar asimilarlos, el resultado sería idéntico: permanecerían aquí. Y como al abrir nuestras puertas evidenciaríamos nuestra flaqueza, les seguirían pronto otros, y otros más; sería un proceso inacabable. "



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