El jardín de las fragancias (fragmento)Lucy Maud Montgomery

El jardín de las fragancias (fragmento)

"Jims se sintió muy pequeño, perdido y solo, cuando se apartó de la puerta, tan pequeño y solo que uno podía suponer que incluso la más severa de las medias tías lo habría pensado dos veces antes de encerrarlo en esa habitación y obligado a que permaneciera allí toda la tarde en vez de cumplir con el paseo prometido. Jims odiaba que lo dejaran solo y encerrado, sobre todo en esa habitación azul. La inmensidad, la penumbra y el silencio de aquel lugar producían en su alma sensible un vago terror. A veces llegaba a descomponerse de miedo. Pero para ser justos con tía Augusta, hay que admitir que ella no sabía nada de todo eso. Si lo hubiese sospechado, no habría decretado ese castigo, porque sabía que Jims era un niño delicado de salud, por lo que no debía someterlo a ninguna tensión física o mental. Por eso lo encerraba en vez de azotarlo. Pero ¿cómo podía saberlo? Tía Augusta era de esas personas que nunca sabía nada, a menos que se lo dijeran en un lenguaje sencillo y luego se lo repitieran para que se le grabara en la mente. No había nadie que pudiera decírselo salvo Jims y Jims habría preferido morir antes de decirle a tía Augusta, a esos ojos fríos escondidos detrás de anteojos y a esa boca delgada que nunca sonreía, que sentía miedo cada vez que lo encerraba en la habitación azul. Por lo tanto, siempre lo encerraba allí en castigo y los castigos eran muy frecuentes, puesto que tía Augusta consideraba que Jims siempre hacía travesuras. Pero esa vez, al principio, Jims no estaba tan asustado como siempre, porque por sobre todo estaba muy enojado. Como él decía, estaba rabioso con tía Augusta. No había sido su intención desparramar el budín por el suelo, el mantel y la ropa. Jims no podía comprender cómo esa porción tan pequeña de budín —tía Augusta era muy mezquina con los postres— podía haberse diseminado por todo ese espacio. Pero lo cierto era que había hecho mucho lío. Tía Augusta se enojó y dijo que debía curarlo de sus descuidos. Le ordenó que permaneciera toda la tarde en la habitación azul y le prohibió salir a pasear en el nuevo automóvil de la señora Loring.
Jims se sentía muy defraudado. Si tío Walter hubiese estado en casa, habría recurrido a él, ya que era muy amable e indulgente, siempre y cuando cayera en la cuenta de que su sobrinito existía. Pero eran muy raras las veces que advertía su presencia, por lo tanto, Jims casi nunca lo intentaba. Él quería a su tío Walter, pero en cuanto al acercamiento que existía entre ambos, para su tío bien podía ser un habitante de una estrella de la Vía Láctea. Jims no era más que una criatura solitaria y abandonada, y a veces sentía tanto la falta de un amigo que no podía evitar que se le irritaran los ojos y le cayeran las lágrimas.
Sin embargo, ese día no tenía deseos de llorar: estaba muy enojado todavía. No era justo. ¡Eran tan pocas las veces que podía pasear en automóvil! El tío Walter siempre estaba muy ocupado para llevarlo, ya que debía correr a atender a los niños enfermos del pueblo. Solo una vez cada muerte de obispo, la señora Loring lo invitaba a acompañarla. Pero cuando lo llevaba a pasear, también le compraba un helado o lo invitaba al cine, y Jims había esperado que ese día las dos cosas estuviesen incluidas en el programa. "



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