Una mañana en la costa (fragmento)William Styron

Una mañana en la costa (fragmento)

"En las primeras horas matinales de un domingo de septiembre, cuando todavía no me había levantado de la cama, oí los gritos de dolor de mi madre. Faltaban pocos días para que cumpliera cincuenta y un años. Durante los ocho años en que había venido padeciendo el cáncer, el dolor había sido a veces muy intenso, pero siempre lo había podido resistir, haciendo un esfuerzo sobrehumano. Ahora, en las últimas semanas, ya no podía. El dolor que le traspasaba los huesos era insistente y casi sin tregua. Sobre la una de la madrugada, me despertó su trémulo grito en la habitación de la parte anterior de la casa. Después oí las pisadas de puntillas de la enfermera señorita Slocum, seguidas de otras más fuertes de mi padre. En la habitación de mi madre, la señorita Slocum empezó a hablar en sibilantes susurros incomprensibles. Se oía intermitentemente la voz de mi padre, hablando en tono afligido y atormentado. Aquella noche, la radio del piso de abajo había anunciado una ola de calor, con las temperaturas más altas de toda la temporada. Yo estaba empapado en sudor bajo un ventilador eléctrico que, a cada medio círculo de su rotación, dejaba que el calor me envolviera de nuevo por todas partes y después me refrescaba con un soplito de aire. Desde la densa oscuridad del otro lado de la ventana donde yo sabía que las luciérnagas estaban parpadeando entre los dos pequeños macizos de flores de mi madre, aspiré el azucarado perfume de una clemátide de tardía floración. En otros meses de septiembre, el perfume de aquella blanca enredadera que se derramaba como una cascada siempre me había parecido exquisito; en cambio ahora, en mitad de la noche, me produjo un ligero mareo. Oí una vez más los tensos susurros de consuelo de la señorita Slocum.
De repente, mi madre lanzó un prolongado grito de desesperación, con una nota de angustia que yo jamás había oído en mi vida. Fue un grito que me recorrió el cuerpo desnudo de arriba abajo como una llama. Un sonido extraño, quiero decir tan ajeno a mi sentido de la lógica y a mi experiencia que, por un levísimo instante, me produjo el efecto de algo un poco histriónico sacado de una película de Drácula o Frankenstein, en la cual una mala actriz no hubiera logrado transmitir la pretendida sensación de terror. Pero yo sabía que era real y por eso hundí el rostro en la almohada, envolviéndome con ella la cabeza cual si fuera un húmedo amnios. Quería borrar el grito. Sordo en medio de la oscuridad, traté de pensar en cualquier cosa para distraerme. Pensé en la señorita Slocum, una exuberante enfermera de unos treinta años con un rostro en forma de corazón y unas mejillas simplemente lavadas y sin el menor asomo de maquillaje. Se parecía un poco a la patinadora Sonjia Henie, pero más gruesa y prosaica, y tenía un defecto que llamaba mucho la atención: dos pulgares rudimentarios, pegados a la parte exterior de sus pulgares normales. Es un detalle grotesco que no quisiera tener que mencionar, pero forma parte de un recuerdo muy complicado. Seis meses atrás, me había hecho una cierta gracia el deseo de mi madre de despedir a la señorita Slocum inmediatamente después de haberla contratado tras haber descubierto la existencia de aquellos dos pulgares adicionales. Mi madre, que cada día estaba más débil, necesitaba que la bañaran y le dieran masaje y la idea de que aquellos doce dedos le acariciaran la carne le producía una profunda aversión. ¿Por qué, le preguntó a mi padre, no se los había hecho extirpar, por el amor de Dios? Le repugnaba especialmente que la señorita Slocum se pintara las uñas de los pequeños pulgares con esmalte. Mi padre le contestó que no le parecía ilógico que lo hiciera, pues, en caso contrario, aquellos dedos hubieran llamado más la atención, añadiendo otras explicaciones por el estilo en un intento de convencerla. Sea como fuere, el asunto no pasó a mayores… y además, la señorita Slocum era un encanto, tenía mucha paciencia y era muy cariñosa. Cuando me quité la almohada que me envolvía la cabeza, los gritos de mi madre ya habían cesado. "



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