Del placer y del vicio de fumar (fragmento)Italo Svevo

Del placer y del vicio de fumar (fragmento)

"Sin embargo, fue difícil encontrar la mujer que buscaba. En casa no había ninguna que se adaptase a este papel, por cuanto que yo no quería en absoluto «manchar» mi entorno. Lo habría hecho dada la necesidad que tenía de engañar a la madre naturaleza para que no creyese que ya había llegado el momento de enviarme la enfermedad final y dada también la grandísima, la enorme dificultad de encontrar fuera de ella lo que mi caso necesitaba, un viejo que se distraía con la economía política, pero no había otra manera. La mujer más guapa de mi casa era precisamente Augusta. Ella empleaba a una chiquilla de catorce años para determinados servicios. Comprendí que, de haberme acercado a aquella, la madre naturaleza no se habría fiado de mí y me habría eliminado rápidamente con el rayo que tiene siempre a su disposición.
Es inútil que explique cómo encontré a Felicità. Por amor a la vida sana, yo iba cada día a abastecerme de cigarrillos bastante más allá de la plaza de la Unidad, lo que me obligaba a dar un paseo de más de media hora.
La vendedora era una anciana, pero la que tenía el establecimiento en alquiler y pasaba varias horas al día en él para vigilarlo era precisamente Felicità, una muchacha de unos veinticuatro años. Al principio pensaba que debía haber heredado el comercio; mucho más tarde supe que en realidad lo había comprado con su propio dinero. Fue allí donde la conocí, y en seguida estuvimos de acuerdo. Me gustaba. Era una rubia que vestía con muchos colores; con telas que no me parecían muy caras, pero siempre nuevas y muy llamativas. Se sentía orgullosa de su belleza, constituida por una cabecita pequeña e hinchada por sus cabellos muy cortos y sumamente rizados y su graciosa carita siempre erguida como si un bastoncillo la mantuviera inclinada hacia atrás. Enseguida percibí su afición por los colores variados. Era en casa donde esta inclinación se manifestaba plenamente. Quizá la casa no era del todo cálida y entonces me di cuenta de sus colores: un pañuelo rojo en la cabeza, atado como lo llevan nuestras campesinas; un pañuelo bordado en amarillo por la espalda; un delantal con pespunte rojo, amarillo y verde sobre falda azul y un par de zapatillas acabadas en lana de varios colores.
Una auténtica figurita oriental, mientras que su carita pálida era típica de nuestros países, con unos ojos que miraban las cosas y a las personas muy atentamente a fin de poder extraer todas las cosas buenas.
Enseguida pactamos la cantidad y, a decir verdad, tan atractiva que yo tristemente lo comparé con las tan escasas del período que precedió a la guerra. Y el día 20 del mes, mi querida Felicità empezaba a hablar del sueldo que iba a caer, lo que alteraba gran parte del período. Fue sincera, transparente. Yo no lo fui tanto, de modo que ella nunca supo que había llegado a ella después de haber estudiado documentos médicos. Lo olvidé pronto yo mismo. Debo decir que en este momento echo de menos aquella casa completamente tosca, excepto una habitación amueblada con buen gusto, incluso con el lujo correspondiente a lo que pagaba, con colores muy serios y falta de luz en la que Felicità parecía una flor variopinta.
Había un hermano suyo que vivía allí: un hombre muy serio, buen obrero electrotécnico, que ganaba un buen sueldo. Tenía un aspecto macilento, pero no era debido a él que no se había casado, sino por ahorrar, como me fue fácil entender. Hablaba con él cada vez que Felicità lo llamaba para que comprobara la seguridad de la luz de nuestra habitación. Descubrí que ambos hermanos se habían confabulado para procurarse lo más pronto posible una cierta posición. Felicità llevaba una vida muy seria entre su establecimiento y la casa y Gastón entre su oficina y la casa. Ella debía ganar mucho más que él, pero esto no importaba ya que ella —como supe más tarde— consideraba necesaria la ayuda del hermano.
Fue precisamente él quien organizó todo el asunto de la tienda que parecía una buena manera de utilizar el dinero. Estaba tan convencido de llevar una vida de hombre justo que mostraba signos de desprecio frente a todos los trabajadores que gastaban cuanto ganaban sin pensar en el día de mañana.
En resumen, estábamos bastante bien juntos. Aquella habitación, tan seria y tan cuidada, recordaba un poco la ambulancia de un médico. Únicamente que Felicità era un medicamento algo áspero que había que tragar sin dar tiempo a los órganos del paladar a que lo degustaran demasiado rato. Desde el primer momento, incluso antes de firmar aquel contrato y claramente para animarme a hacerlo, cogiéndose a mí, me dijo: «Te aseguro que no me das asco». Sonaba bastante dulce, porque lo había dicho dulcemente, pero me sorprendió. Yo nunca había pensado en no dar asco; es más, había creído volver al amor, del que me había abstenido durante demasiado tiempo por una falsa interpretación de las leyes de la buena salud y para darme a quien me deseara. Ésta era la verdadera práctica de salud que yo quería y que, de otro modo, se habría revelado incompleta y poco eficaz. Pero, a pesar del dinero que pagaba por los cuidados, no me atreví a explicar a Felicità cuánto la quería. "



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