Las luminarias (fragmento)Eleanor Catton

Las luminarias (fragmento)

"Era cierto que su imagen mental de las excavaciones de Nueva Zelanda era extremadamente imprecisa, pues estaba informada sobre todo por bosquejos de los yacimientos de oro de California –cabañas de troncos, valles de fondos llanos, vagones polvorientos– y por una vaga sensación (no sabía de dónde le venía) de que la colonia era de algún modo la sombra de las Islas Británicas, el anverso inmaduro y salvaje de la sede y el corazón del Imperio. Lo había sorprendido, al doblar las puntas de la península de Otago unas dos semanas antes, ver mansiones en el cerro, muelles, calles y jardincitos; y lo sorprendió, en estos momentos, observar cómo un caballero bien trajeado le pasaba sus fósforos a un hombre chino y se inclinaba después por encima de él para recuperar su vaso.
Moody era un antiguo alumno de Cambridge, nacido en Edimburgo en el seno de una familia de modesta fortuna con tres empleados domésticos a su servicio. Los círculos sociales que había frecuentado en Trinity, y después, en años más recientes, en Inner Temple, distaban mucho de la rigidez de los círculos nobiliarios, donde la única diferencia entre la historia y el contexto de unos y otros era una cuestión de grado; no obstante, su educación lo había vuelto estrecho de miras, pues le había enseñado que el modo adecuado de entender cualquier sistema social era contemplarlo desde arriba. Con sus compañeros del colegio universitario (vestidos con capas y borrachos de vino del Rin) defendía la fusión de las clases con toda la angustia y la vitalidad de los jóvenes, pero cuando se la encontraba en la práctica siempre se asustaba. Aún no sabía que un yacimiento de oro era un lugar de mugre y riesgo, donde cada tipo era un extraño para su vecino y un extraño para la tierra; donde podía haber oro a espuertas en la artesa de un tendero y nada en la de un abogado; donde no había divisiones. Moody era unos veinte años más joven que Balfour y por tanto le hablaba con deferencia, pero era consciente de que Balfour era un hombre de rango inferior al suyo, como también era consciente de que lo rodeaba una extraña miscelánea de personas cuyos patrimonios y orígenes no tenía modo de adivinar. Su cortesía, por tanto, tenía cierto tono acartonado, de la misma manera que un hombre que no suele hablar con niños carece de todo criterio sobre lo que resulta conveniente y en consecuencia se mantiene distante, y envarado, por mucho que desee ser amable.
Thomas Balfour notaba esta condescendencia, y estaba encantado. Sentía una divertida aversión hacia los hombres que hablaban, según él, «demasiado bien», y gustaba de provocarlos... no para hacerlos enfadar, lo cual lo aburría, sino para que se mostrasen vulgares. La rigidez de Moody se le antojaba un collarín a la moda, de hechura aristocrática e insoportablemente restrictivo para quien lo llevaba –así veía él todas las convenciones de la gente fina: como adornos inútiles– y disfrutaba al ver a Moody tan incómodo a causa de su refinamiento.
Balfour era, en efecto, un hombre de rango humilde, tal y como había adivinado Moody. Su padre había trabajado en una talabartería de Kent, y él mismo lo habría sucedido en el puesto si en su undécimo año de vida un incendio no se hubiese llevado al padre con el establo; pero era un muchacho inquieto, con los puños de la camisa deshilachados y una impaciencia que desdecía de la expresión soñadora, medio ausente, que solía lucir, y un trabajo tan porfiado no habría sido para él. En cualquier caso, como solía decir, un caballo no podía seguir el ritmo de un vagón de tren, y el oficio no había capeado el trajín de los tiempos cambiantes. A Balfour le era muy grato pensar que se hallaba en la vanguardia de una era. Cuando hablaba del pasado, era como si cada década anterior al presente año fuese una vela mal hecha que se hubiese quemado y consumido. No sentía la menor nostalgia por las cosas de su infancia –el oscuro licor de las cubas de curtir, el escurridor de cueros, la bolsa de piel de becerro donde su padre guardaba sus agujas y su punzón– y casi nunca las recordaba, excepto para compararlas con industrias más modernas. Las menas: ahí era donde estaba el dinero. En las minas de carbón, en las acerías y en el oro.
Empezó con el vidrio. Tras varios años de aprendiz, fundó una fábrica de vidrio, una modesta empresa que más adelante vendió por valor de una participación en una mina de carbón que, a su debido tiempo, se amplió hasta convertirse en una red de pozos mineros y fue vendida a inversores de Londres por muchísimo dinero. No se casó. En su trigésimo aniversario compró un billete de ida en clíper a Veracruz, la primera etapa de un viaje de nueve meses que habría de llevarlo por tierra hasta los yacimientos de oro de California. El relumbre de la vida del buscador de oro pronto palideció, pero el trajín y la esperanza incesantes de los yacimientos, no; con su primer polvo de oro compró participaciones en un banco, construyó tres hoteles en cuatro años y prosperó. Cuando California se agotó, liquidó todo y zarpó con rumbo a Victoria –un nuevo descubrimiento, una nueva tierra ignota–, y de allí, al oír de nuevo la llamada que cruzaba el océano como el sonido de un caramillo transportado por una rara brisa, a Nueva Zelanda. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com