Estudios del natural (fragmento)Arthur Conan Doyle

Estudios del natural (fragmento)

"El padre no encontró nada que objetar al pretendiente, un chico vivaz e imperioso, que quizá pecaba de vaguedad a la hora de describir sus ocupaciones y sus expectativas de futuro, pero que resultaba una excelente compañía para charlar junto al fuego.
Y así fue como un chico sagaz y educado en la ciudad, William Godfrey Youngman, se hizo novio de una chica sencilla y educada en el campo, Mary Wells Streeter, siendo digno de mención el hecho de que William lo sabía todo de Mary, mientras que Mary sabía muy poco de William.
El 29 de julio de ese año cayó en domingo, y Mary se sentó por la tarde junto a la ventana de la sala de estar de la granja, con su legajo de cartas de amor en el regazo, leyéndolas una y otra vez. Fuera se extendía un pequeño cuadrado de verde césped, bordeado por la familiar exuberancia de un jardín campesino inglés: altas plantas de malva loca, grandes flores de girasol cabeceantes, arbustos de fucsia y fragantes matas de minutisa. A través de la abierta celosía llegaba el leve, delicado perfume de las lilas y el prolongado, grave zumbido de las abejas. El granjero había sucumbido a la pletórica somnolencia de la tarde de domingo, y Mary tenía la sala para ella sola.
Había en total quince cartas de amor: algunas más cortas, otras más largas, algunas totalmente deliciosas, otras con dispersas alusiones a temas de negocios, que le hacían fruncir sus bonitas cejas. Estaba el asunto del seguro, por ejemplo, que tantos quebraderos de cabeza le había dado a su novio, hasta que ella lo solucionó. No cabía duda de que él entendía más que ella de cuestiones prácticas, pero aun así, parecía raro que le pidieran con insistencia, a alguien tan joven como ella y con tan buena salud, que tomara disposiciones de cara a la muerte. Hasta cuando más enamorada se sentía, esas frases que le saltaban a la vista aquí y allá la perturbaban, llegando a provocarle escalofríos.
«Queridísima —había escrito él—, he rellenado ya el impreso y lo he llevado a las oficinas del seguro de vida, y ellos escribirán hoy mismo a la señora de James Bone para tener la respuesta el sábado. De modo que puedes ir conmigo a la oficina el lunes, antes de las dos.» Y luego otra vez, sólo dos días más tarde, empezaba así su carta: «Me prometiste repetidamente, y espero que lo cumplas, que serías mía, y que tus amigos no sabrían nada hasta que estuviéramos casados; pero lo que ahora te pido, querida Mary, es que hagas que la señora de James Bone escriba a la compañía de seguros sin más tardar, y que vengas conmigo el próximo lunes por la mañana para hacerte un seguro de vida».
Eso decían algunos pasajes de las cartas, y Mary se sentía perpleja al leerlos. Pero ahora por fin todo estaba resuelto, y él ya no mezclaría más los negocios con el amor, puesto que ella había accedido a su capricho, y había firmado el contrato de seguro, por un valor de cien libras esterlinas. Eso significaba que ella tenía que pagar cada trimestre diez chelines y cuatro peniques, pero eso había parecido complacerle, de modo que no había por qué pensar más en ello.
Se oyó el chirrido de la verja del jardín, y al levantar la vista, Mary vio al mozo de estación acercándose con una hoja en la mano. Al verla asomada a la ventana, el mozo le tendió el papel y dio media vuelta, sonriendo furtivamente. ¡Curioso mensajero de Cupido, con sus pantalones de pana y sus ruidosas botas! Era en realidad, aunque él no lo sabía, mensajero de otro dios, mucho más macabro. "



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