Mosquitos (fragmento)William Faulkner

Mosquitos (fragmento)

"Siguió caminando por el polvo a lo largo de un interminable camino fulgurante; entre pinos que semejaban estallidos fijos en la tarde, una tarde de insoportable luminosidad. Sus sombras informes, fundidas, les precedían. Dos pasos más y él las pisaría, como a las sombras de los pinos; pero aquéllas seguían delante de él entre los fundidos baches, guardando las distancias, sin esfuerzo alguno, en el escabroso polvo. Este era tan fino como la pólvora; sólo aparecía en él una ocasional huella de cascos, un desvanecido espectro de un paso olvidado. Por encima, el implacable cielo metálico daba sobre su cuello doblado y sobre su espalda, su mejilla restregándose monótonamente contra su cuello. Finas lenguas de fuego le mordían continuamente. David seguía impasible. El polvoriento camino vibraba dentro de sus ojos, pasaba bajo sus pies y quedaba atrás como una infinita cinta. Descubrió que tenía la boca abierta y seca, y sus encías como el papel de los cigarrillos. Cerró la boca, tratando de humedecer las encías.
Árboles sin copa iban delante de él o se quedaban atrás; la maleza junto al camino se aproximaba y se tornaba monstruosa, hoja por hoja. Las lagartijas siseaban antes de desaparecer.
El fuego invisible le quemaba, pero él no lo sentía porque ni en sus hombros ni en sus brazos quedaba otra sensación que la del peso de ella sobre la espalda y el cielo de bronce sobre su cuello y la húmeda mejilla de ella restregándose continuamente contra su nuca. Descubrió que tenía otra vez la boca abierta, y la cerró.
—Ya es bastante —dijo ella, despertando de pronto—. Bájame. —Sus sombras fundidas se mezclaban a intervalos con las de los altos árboles sin copa, pero detrás de la sombra de los árboles su sombra volvía a aparecer dos pasos delante de él y el camino seguía fulgurante, abrasador y más blanco que la sal—. Bájame, David.
—No —dijo entre dientes, seco, áspero, por encima del remoto latir de su corazón—, no estoy cansado.
Su corazón seguía un extraño ritmo. Cada latido parecía estar en algún lugar de su cabeza, detrás de sus ojos; cada latido era una marca roja que oscurecía temporalmente su visión. Cuando esa marea terminaba, otra ola opaca lo cegaba por momentos. Todo remoto, como una formación de soldados con uniforme rojo que cruzaban ante donde él estaba agazapado, en un cuarto, tratando de cerrar la puerta. Era un sonido pesado, opaco, como el de las máquinas de un barco de vapor. Descubrió que estaba pensando en el agua, en una azul monotonía de mares. Era un rumor rojo, justo detrás de sus ojos.
El camino seguía viniendo sobre él, infinita cinta donde nada había ocurrido. El mar hace un ruido sibilante en los oídos: sss..., sss... Sin embargo, no contra sus ojos; no contra la parte posterior de los ojos. La sombra saltó de una mancha de sombras mayores, arrojadas por árboles que carecían de copas. Dos pasos más. No, tres pasos... Ya va cayendo la tarde, ya va siendo más tarde que antes. Tres pasos, entonces. Muy bien. El hombre camina sobre sus patas traseras; un hombre puede dar tres pasos, un hombre puede dar tres pasos, pero en la jaula de los monos hay agua en un jarro. Tres pasos. Muy bien. Uno. Dos. Tres. Se fue. Se fue. Se fue. Es un sonido rojo. No detrás de los ojos. Mar. ¿Ves? Mar. ¿Ves? Como en una caverna, como el sonido lóbrego de una caverna, como el sonido del mar a través de la caverna. Mar. ¿Ves? Mar. ¿Ves? Pero no cuando pasa frente a la puerta.
Oía otro ruido en sus oídos. Un sonido débil y molesto, y el peso sobre su espalda se iba desplazando, y lo empujaba hacia abajo, hacia el blanqueado polvo por el que caminaba. Dio tres pasos. Un hombre puede dar tres pasos. Y se tambaleó, tratando de buscar una nueva posición. Otra vez tenía la boca abierta, y al intentar cerrarla hizo un ruido seco. Uno. Dos. Tres. Uno. Dos. Tres. "



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