La conversación de los tres caminantes (fragmento)Peter Weiss

La conversación de los tres caminantes (fragmento)

"Durante uno de mis viajes estuve viviendo en una playa. Desde mi ventana, o desde la arena donde me encontraba podía ver una laguna estrecha, más arriba crecían árboles, parecían palmeras pero no eran palmeras. Tampoco había cocodrilos ni flamencos, únicamente ranas y gran cantidad de dermatófilos. Cuando me picaba la piel, me metía en el agua tranquila, y me bañaba. Una vez por semana llegaba el barco al desembarcadero, atracaba, seguía viaje a la siguiente población, que estaba a un día de camino. A veces subía, compraba provisiones y volvía de nuevo a mi playa, sin que nadie me molestase. Aquí vivía y no hacía nada que tuviera consecuencias. A lo sumo los escasos movimientos que hacía para alimentarme tenían un sentido, cuando pescaba un pez, cogía setas o bayas en el bosque o cuando encendía el fuego para cocinar. Por lo demás mis pensamientos no se concretizaban en nada, llegaban sin ningún tipo de preguntas, no trazaban ninguna respuesta a problemas ficticios. Dormía cuando estaba cansado, despertaba cuando había descansado lo suficiente. Cogía piedras, jugueteaba con ellas y las dejaba caer de nuevo. Escarbaba con los dedos en la arena, los volvía a sacar, mascaba un trozo de madera, o una hoja, y la escupía después. Veía un pájaro volar en el aire y desaparecer detrás de los árboles, veía surgir nubes y cómo de vez en cuando se cernían en tormentas, de nuevo veía el cielo despejado. No, era en una isla, allí viví durante el verano con una familia numerosa, y esperaba el día en el que mujer y niño, cuñado y cuñadas, sobrinos, primos y suegros volvieran a la ciudad y yo pudiera dedicarme sólo y tranquilo al trabajo, para el que durante años había recogido material, al mismo tiempo que nos cambiábamos de casa en casa, una más pequeña que la otra. Así, cuando se terminaron las vacaciones, la balandra zarpó, llena hasta los topes, oí perderse el ruido del motor en el viento que se había levantado hacia el atardecer, y subí por la colina hacia la cabaña. He procurado a menudo explicarme lo que pasó aquella noche y por qué no encontré la tranquilidad y el recogimiento que había imaginado, sino que por el contrario huí de la isla trastornado. Se podía reconocer claramente la imagen de una tormenta incipiente, las nubes avanzaban bajas y se rasgaban en el cielo, las olas llegaban con blancas crestas de espuma, los árboles se balanceaban, todo ello fenómenos naturales, y sin embargo ya se podía presentir un cambio extraño. Aún parecía posible recogerse en la habitación, encender la lámpara de petróleo encima de la mesa, echar mano de los apuntes, pero cada movimiento con el que pretendía llegar al comienzo me alejaba más de él, los papeles preparados, las lámparas prendían ya en todas las habitaciones, pero las molestias aumentaban sin cesar. Me encontraba en un maremágnum de cambios y ruidos, oía cada pieza de esta maquinaria, que se componía de agua y follaje, ramas y hierbas, de postes, tejas, cables y tablas, podía descubrir agujeros y hendiduras por las que se arremolinaban las corrientes de aire, oía ese gemido, silbido y barboteo, aquel centelleo, estruendo, gruñido, raspadura, rasguño, chillido y zumbido, aquella detonación en medio de remolinos y resacas, iba de un lado a otro por la habitación y comprobaba el origen de cada sonido, hasta que el torbellino fue tan grande que no se pudo distinguir nada, y cuando mi atención llegaba al límite, entonces llegaba lo otro, un silbido y un empuje de una magnitud insólita, como provocados por masas de aire, y un golpe y unas sacudidas como el viento no era capaz de lograr, un estruendo, como nunca las olas originaron al estrellarse contra las rocas, un crujido, que no podía darse en la hojarasca y la hierba. Ahora ya no podía pensar en el trabajo. En las noches anteriores, cuando salté por encima de las camas y salí de la casa, podía ver las relaciones entre los detalles acumulados, y formulaba ya conclusiones, pero ahora había olvidado por qué me había quedado aquí, y únicamente existía esta aglomeración, esta falta de sentido, y en este estado salí de nuevo afuera, tal vez porque dentro de la casa me encontraba como en una trampa, había tirado las ropas, me encontraba fuera, en la hierba bullente, y vociferaba y daba golpes con los brazos alrededor mío, y me acurruqué bajo las gigantescas ramas de los árboles, y duró toda la noche, hasta que finalmente, con la primera luz tenue del amanecer, me relajé, y únicamente quedaba ya una lixiviación, un agotamiento. Lo sucedido era ya algo inaccesible, simplemente había pasado, y allí estaban los árboles y se movían con el suave viento primaveral, y la hierba murmuraba y el mar respiraba con suaves ondulaciones, y mecánicamente hice mis maletas, arrumé los papeles, apagué las lámparas, cerré la casa y bajé al bote de remo que estaba en la rocalla de la orilla. Durante el viaje a tierra firme, al embarcadero del vapor, sucedió todo en la languidez y abatimiento posterior a la fiebre, debían de faltar todavía muchas horas hasta la llegada del vapor, pero yo había terminado con la isla, no sabía nada más de la isla y del tiempo que allí había pasado. Amarré el bote, me encontraba sobre los tablones del puente, en un silencio y vacío, una respiración uniforme, el sol subió, empezó a hacer calor, al otro lado la isla brillaba, con la casa sobre la colina, entre los plácidos árboles, y yo medio dormido, apoyado en el poste, y cuando la sirena del vapor sonó, fue como una señal de victoria, el barco se acercó triunfante, blanco reluciente, ancho, resoplando. "


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