Isabel (fragmento)André Gide

Isabel (fragmento)

"La palabra "contrariedad" es débil para expresar estas aflicciones intolerables que me invadían en todo tiempo; se apoderan de pronto de nosotros; las declara la calidad de la hora; el instante de antes todo os sonreía y os reíais de todo; de pronto, el fondo del alma destila un vapor negruzco, que se interpone entre el deseo y la vida; forma una pantalla lívida, nos separa del resto del mundo, cuyo calor, amor, color, armonía no nos llegan más que refractados en una trasposición abstracta: se constata, ya no se está emocionado; y el desesperado esfuerzo por romper la pantalla aislante del alma nos conduciría a todos los crímenes, al asesinato o al suicidio, a la locura... Así soñaba mientras oía chorrear la lluvia. Tenía en la mano la navaja que había abierto para sacar punta al lápiz, pero la hoja de mi cuaderno seguía en blanco; ahora intentaba grabar mi nombre, a punta de navaja, sobre el panel próximo; sin convicción, pero porque sabía que los transidos de amor acostumbraron a hacerlo; la madera, podrida, cedía en todo momento; en vez de una letra lograba un agujero; muy pronto, sin motivo, por desesperación, imbécil necesidad de destruir, empecé a cortar al azar. El panel que estaba estropeando se hallaba inmediatamente bajo la ventana; el marco estaba despegado en la parte superior, de manera que todo el panel podía correrse de abajo hacia arriba por las ranuras laterales; esto es lo que observé cuando inopinadamente lo levantó el esfuerzo de mi cuchilla.
Unos instantes más tarde terminaba de hacer migas el panel. Con los trozos de madera cayó un sobre al suelo; sucio, mohoso, había tomado el color del muro, tanto que al pronto no había llamado mi atención; no, no me extrañó verlo; no me sorprendió que estuviera allí, y era tal mi apatía que no intenté al pronto abrirlo. Feo, gris, manchado, les digo que parecía cascote. Lo cogí por aburrimiento; maquinalmente lo rompí. Saqué dos hojas cubiertas por una letra grande, desordenada, empalidecida, casi borrada en algunos sitios. ¿Qué hacía allí esa carta? Miré la firma y me maravillé: al final de estas hojas ¡estaba el nombre de Isabel!
De tal modo ocupaba mi espíritu..., que un momento tuve la ilusión de que me escribía a mí:

Amor mío, esta es mi última carta... -decía-. De prisa, todavía estas palabras, porque sé que esta noche ya no te podré decir nada; junto a ti, mis labios no sabrán hallar más que besos. Pronto, mientras todavía puedo hablar, escucha:
Las once es demasiado pronto; mejor es medianoche. Sabes que me muero de impaciencia y que la espera me extenúa, pero es preciso que toda la casa duerma para que yo me despierte a ti. Sí, las doce; antes, no. Llega a mi encuentro hasta la puerta de la cocina (siguiendo el muro del huerto, que está en sombra, y luego hay bojes), espérame allí y no delante de la verja, no es que me dé miedo atravesar sola el jardín, sino porque la bolsa en que llevaré unos pocos vestidos será muy pesada y no tendré fuerzas para llevarla mucho tiempo. En efecto, mejor es que el coche se quede al final de la callejuela, donde fácilmente lo hallaremos. Es más prudente por los perros de la granja, que podrían ladrar y dar la alarma.
No, querido, tú sabes que no había medio de vernos más y concertar todo esto de viva voz,. Tú sabes que aquí vivo presa y que los viejos ni a mí me dejan salir ni a ti te dejan entrar. ¡Ah!, de qué cárcel me escapo,.. Sí, me cuidaré de coger zapatos de repuesto, que me pondré tan pronto como estemos en el coche, porque la yerba de la parte baja del jardín está calada.
¿Cómo puedes preguntarme todavía si estoy decidida y dispuesta? Pero, amor mío, ¡si hace meses que me preparo y que estoy preparada! ¡Años hace que vivo en espera de este instante.! ¿Y si no voy a echar de menos nada? Es que no has comprendido que me horrorizan todos cuantos se ligan a mí, y todos cuantos me ligan a esto. ¿Es, en verdad, la dulce y la medrosa Isa la que habla? Mi amigo, mi amante, ¿Qué has hecho de mí, amor mío?...
Me ahogo aquí; pienso en todo ese allende que se entreabre... Tengo sed...
Iba a olvidárseme decirte que no ha sido posible sacar los zafiros del estuche, porque mi tía no ha vuelto a dejar las llaves en su habitación; ninguna de las que he probado abría el cajón... No me riñas; tengo la pulsera de mamá, la cadena de esmaltes y dos sortijas, que, sin duda, no tienen gran valor, puesto que no se las pone; pero me parece que la cadena es muy bonita. En cuanto al dinero..., haré lo que pueda; pero, sin embargo, harás bien en procurártelo asimismo por tu parte. "



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