Cazando un elefante (fragmento)George Orwell

Cazando un elefante (fragmento)

"Nos encaminamos a la horca. Dos guardias marchaban a cada lado del prisionero, con los rifles inclinados hacia abajo; otros dos marchaban muy cerca de él, tomándolo por el brazo y el hombro, como empujándolo y sosteniéndolo al mismo tiempo. Los magistrados y otras autoridades seguíamos a continuación. Repentinamente, cuando habíamos caminado diez yardas, la procesión se detuvo en seco sin ninguna orden o advertencia previa. Había ocurrido una cosa terrible. Un perro, venido Dios sabe de dónde, había aparecido en el patio. El animal se acercó hasta nosotros brincando y lanzando una andanada de ladridos, y saltó a nuestro alrededor sacudiendo todo su cuerpo, loco de alegría al encontrar tantos seres humanos juntos. Era un enorme perro lanudo, mitad Airedale, mitad paria. Durante un momento hizo cabriolas a nuestro alrededor y luego, antes de que nadie pudiera detenerlo, se abalanzó sobre el prisionero, tratando de lamerle la cara. Todos se quedaron estupefactos, demasiado sorprendidos para atrapar al perro.
-¿Quién dejó entrar a este maldito animal? -dijo enojado el superintendente- ¡Agárrelo alguien!
De la escolta se separó un guardián que cargó atropelladamente contra el perro, pero éste saltó y se puso fuera de su alcance, tomando todo como parte del juego. Un joven carcelero eurasiano alzó un puñado de grava y trató de alejar al animal a pedradas, pero éste esquivó las piedras y vino de nuevo en nuestra busca. Sus ladridos resonaban contra las paredes de la cárcel. El prisionero, en las garras de los guardianes, miraba sin curiosidad como si ésta fuese otra formalidad de ajusticiamiento. Pasaron varios minutos antes de que alguien se las arreglara para agarrar al animal. Entonces pasamos mi pañuelo a través de su collar y proseguimos una vez más, mientras el perro todavía se resistía y se quejaba.
Faltaban unas cuarenta yardas para llegar a la horca. Observé la cobriza espalda desnuda del prisionero, que marchaba delante de mí. Éste caminaba desgarbadamente con los brazos atados, pero con mucha uniformidad, con ese balanceo hindú que nunca endereza las rodillas. A cada paso los músculos se le deslizaban nítidamente en su lugar, la mata de pelo de su cráneo danzaba de arriba abajo, y sus pies quedaban impresos en la húmeda grava. Y en un momento, a pesar de los hombres que lo tenían asido de ambos hombros, se hizo levemente a un lado para evitar un charco.
Es curioso, pero hasta ese instante yo nunca me había dado cuenta de lo que significa matar a un hombre que tiene salud y conciencia. Cuando vi al prisionero hacerse a un lado para evitar el charco comprendí el misterio, el indescriptible error de tronchar una vida cuando se halla en todo su vigor. Ese hombre no se estaba muriendo, estaba tan vivo como nosotros. Todos los órganos de su cuerpo funcionaban: los intestinos digiriendo comida, las células renovándose, las uñas creciendo, los tejidos formándose, todo trabajando afanosamente con absurda solemnidad. Las uñas aún estarían creciendo cuando él se hallara sobre la plataforma, cuando estuviera cayendo por el aire con un décimo de segundo de vida por delante. Sus ojos veían la grava amarilla y las paredes grises, y su cerebro todavía recordaba, preveía, razonaba..., razonaba incluso acerca de los charcos. Él y yo éramos un grupo de hombres que caminábamos juntos, viendo, oyendo, sintiendo, comprendiendo el mismo mundo. Y en dos minutos con un brusco ruido seco, uno de nosotros no estaría más... una mente menos, un mundo menos.
La horca se levantaba en un pequeño patio separado del cuerpo principal de la cárcel y cubierto de una maleza alta y espinosa. Era una instalación de ladrillo como tres lados de un cobertizo, con un tablaje en lo alto y por encima de éste dos vigas y un travesaño del cual colgaba la soga. El verdugo, un convicto de cabellos grises vestido con el uniforme blanco de la prisión, esperaba detrás de su máquina. Cuando entramos nos saludó inclinándose servilmente. A una palabra de Francis los dos guardianes, asiendo al prisionero más fuertemente que nunca, medio lo condujeron y medio lo empujaron hacia la horca, ayudándolo torpemente a subir la escalera. Luego subió el verdugo y colocó la soga alrededor del cuello del prisionero.
Nos quedamos esperando, a cinco yardas de distancia. Los guardianes habían formado un tosco círculo alrededor de la horca. Y entonces, cuando el lazo corredizo estaba puesto, el prisionero comenzó a llamar a gritos a su dios. Era un grito fuerte y reiterado de "Ram! ¡Ram! ¡Ram!", no urgente y temeroso como un rezo o un pedido de socorro, sino continuo y rítmico, casi como el tañido de una campana. El perro con testó al sonido con un gruñido. El verdugo, todavía de pie sobre el tablado, extrajo un saquito de algodón parecido a, los sacos de harina y lo echó sobre el rostro del prisionero. Pero el sonido, apagado por la tela, persistió una y otra vez: "¡Ram! ¡Ram! ¡Ram! ¡Ram! ¡Ram!"
El verdugo bajó y sujetó la palanca, listo para actuar. Parecieron transcurrir minutos. El constante y apagado grito del prisionero proseguía sin cesar: "¡Ram! iRam! ¡Ram!" El superintendente, con la cabeza inclinada sobre el pecho, removía lentamente la tierra con su bastón; tal vez estaba contando los gritos, concediendo al prisionero un número determinado (le éstos, cincuenta quizás, o cien. Todos habían cambiado de color. Los hindúes se habían puesto grises como café malo, y una o dos de las bayonetas se balanceaban. Mirábamos al hombre amarrado y encapuchado sobre la plataforma, y escuchábamos sus gritos... Cada grito representaba otro segundo de vida. En todas nuestras mentes había un mismo pensamiento: "¿Por favor, mátenlo pronto, acaben de una vez, terminen con ese ruido abominable! "



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