Un día en la vida de Iván Denisovich (fragmento)Aleksandr Solzhenitsyn

Un día en la vida de Iván Denisovich (fragmento)

"En el barbilampiño, marchito rostro de Tatarin no había ninguna excitación. Se dio la vuelta buscando una segunda cabeza de turco, pero ya todos —los que estaban en la penumbra, los que se encontraban bajo las mortecinas luces y los de los primeros y segundos pisos de las literas— metían sus piernas en los negros pantalones de guata con el número colocado en el muslo superior izquierdo o, ya vestidos, ponían los pies en polvorosa y se precipitaban hacia la salida para esperar a Tatarin en el patio.
Si Sujov hubiera recibido el castigo por alguna otra cosa, por la cual se lo hubiera merecido, no estaría tan enojado. Pero precisamente le molestaba porque él siempre había sido uno de los primeros en levantarse. El rogar y suplicar a Tatarin no tenía ningún sentido, ya lo sabía de sobra, pero de todos modos, de acuerdo con las ordenanzas, Sujov comenzó a implorar a Tatarin, al mismo tiempo que se ponía los pantalones (encima de la rodilla izquierda del pantalón había, cosido, igualmente, un parche gastado y sucio y pintado en él, con un negro y ya desvaído color, el número S-854). Se puso la chaqueta (también sobre ella había dos números, uno en el pecho y otro en la espalda), escogió del montón de polainas que yacían en el suelo las suyas, se caló la gorra (con un parche parecido, con el número delante) y siguió a Tatarin.
La brigada 104 entera vio cómo Sujov era conducido, pero nadie dijo una palabra; bromas aparte, ¿qué se podía decir? El brigadier hubiera podido interceder en su favor, pero ya se había ido. El mismo Sujov no habló tampoco a nadie con objeto de no excitar a Tatarin. Que se tomarían su desayuno, era una cosa segura.
Iban demasiado lejos.
El frío y la niebla le cortaban a uno la respiración. Desde las lejanas torres de control resplandecían dos grandes reflectores que cruzaban sus luces sobre toda la zona del campo. Las lámparas de la zona exterior y las del interior estaban encendidas. Las habían cargado tanto que eclipsaban completamente a las estrellas.
Los penados se apresuraron a ir en busca de sus propios asuntos: bajo sus polainas crujía la nieve; uno iba al retrete, otro a los depósitos, el de más allá a la recogida de paquetes, aquél otro a entregar cebada perlada en las cocinas privadas. Todos llevaban la cabeza cubierta, mantenían la chaqueta apretada contra sí y todos se helaban, no tanto por el frío en sí como por el pensamiento de tener que pasar todo el día con un frío semejante. Tatarin, sin embargo, en su viejo abrigo, atado con dos desgastados, cordones azules, marchaba con paso comedido y aparentemente no le importaba la temperatura.
Contornearon la alta talanquera en dirección a la prisión del campamento —un edificio de piedra—, pasaron por delante de la alambrada que protegía la panadería del campo de los penados, y dejaron atrás la barraca central donde, suspendido en un poste y sujeto con un grueso alambre, había un carril completamente cubierto de escarcha. De nuevo, al lado de un segundo poste, del que colgaba, protegido para no marcar demasiado bajo, un termómetro enteramente cubierto de rocío congelado, Sujov miró de reojo, esperanzado, al blanquecino tubo: si hubiese marcado cuarenta y un grados no los hubieran podido enviar afuera, al trabajo. Pero aquel armatoste no parecía querer moverse jamás por encima de los cuarenta.
Penetraron en el barracón central y se dirigieron inmediatamente al alojamiento de los inspectores. Lo que ya Sujov había presentido por el camino se confirmó allí. No hubo reclusión de ninguna clase; lo que ocurría simplemente era que el pavimento del alojamiento de inspectores no había sido limpiado. Ahora, aclaró Tatarin, perdonaba a Sujov y le ordenaba fregar el suelo.
El fregar el suelo del alojamiento de inspectores era tarea de un detenido especial, que no necesitaba salir a trabajar: el asistente del barracón de oficiales. Pero éste se había llegado a hacer tan familiar entre los oficiales, que tenía entrada en los aposentos del Mayor, del oficial del regimiento, del soplón; los servía a todos y escuchaba, de cuando en cuando, cosas que jamás llegaban a oídos de los inspectores. Desde hacía algún tiempo, el limpiar suelos para simples inspectores le parecía estar por debajo, en cierto modo, de su dignidad; los vigilantes le habían llamado varias veces oliéndose, final-mente, la tostada. Así fue como empezaron a uncir a los «trabajadores» para limpiar los suelos.
En el cuarto de los guardas la estufa estaba al rojo vivo. Dos vigilantes que se habían despojado de toda su ropa, excepto de sus sucias camisas, jugaban a las damas, mientras que el tercero, tal y como estaba, con la ceñida piel y las polainas, dormía sobre un estrecho banco. En un rincón había un cubo con trapos para la limpieza.
Sujov se alegro y dijo a Tatarin, puesto que le había perdonado:
Gracias, camarada jefe. Ahora no volveré jamás a quedarme tumbado más de lo debido.
Aquí reinaba una ley muy sencilla: ¿Listo? ¡fuera!
Ahora, una vez que Sujov tenía trabajo asignado, sus dolores parecían también haberse terminado. Atrapo el cubo y se fue sin guantes (con la prisa los había dejado debajo de la almohada) en dirección de la fuente.
Los brigadieres, que habían salido en dirección al puesto de guardia, se apelotonaron rodeando al poste, y uno de ellos, un joven y antiguo héroe de la Unión Soviética, se suspendió del poste y froto el termómetro. "



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