Dubrovski (fragmento)Alexander Pushkin

Dubrovski (fragmento)

"Hacia las siete de la tarde algunos invitados quisieron retirarse, pero el dueño de la casa, a quien el ponche había alegrado el espíritu, mandó cerrar las puertas y anunció que hasta la mañana siguiente no dejaría salir a nadie. Pronto empezó la música, las puertas del salón se abrieron y comenzó el baile. El anfitrión y sus íntimos permanecían sentados en un rincón, bebiendo vaso tras vaso y complaciéndose con la alegría de los jóvenes. Las viejas jugaban a las cartas. Los caballeros, como en cualquier sitio donde no hay una brigada de ulanos, eran menos que las señoras y todos los hombres útiles fueron reclutados. El maestro se distinguía particularmente, bailaba más que ninguno, las señoritas se lo disputaban y encontraban una delicia danzar con él. María Kirílovna lo hizo varias veces entre las miradas burlonas de las otras. Por fin, hacia la medianoche, el fatigado anfitrión puso fin al baile, ordenó que sirvieran la cena y se retiró a dormir.
Con la ausencia de Kirila Petróvich los reunidos se sintieron más libres y animados: los caballeros se atrevieron a sentarse junto a las damas y las señoritas reían y cuchicheaban con sus vecinos; las señoras hablaban en alta voz de un lado a otro de la mesa. Los hombres bebían, discutían y lanzaban sonoras risotadas. En una palabra, la cena resultó extraordinariamente alegre y dejó en todos muchos y agradables recuerdos.
Una sola persona permanecía al margen del júbilo general: Antón Pafnútich, cejijunto y taciturno, comía con aspecto distraído y parecía extraordinariamente inquieto. La conversación de los bandidos había trastornado su imaginación. Pronto veremos que tenía razones suficientes para temerlos.
Cuando Antón Pafnútich puso a Dios por testigo de que su cofrecillo estaba vacío, no mentía ni pecaba. El cofrecillo estaba, en efecto, vacío; el dinero que antes contenía había pasado a una bolsa de cuero que llevaba colgando del cuello, debajo de la camisa. Sólo esta medida de precaución mitigaba la desconfianza que sentía hacia todos y su eterno miedo. Obligado a pasar la noche fuera de su casa, temía que le asignasen una habitación alejada en la que los ladrones pudieran penetrar fácilmente y buscaba con los ojos a un compañero seguro, hasta que acabó por fijarse en Deforge. Su aspecto, que denotaba una gran fuerza, y más aún el valor de que dio pruebas al enfrentarse con el oso, del que el pobre Antón Pafnútich no podía acordarse sin un estremecimiento, decidieron su elección. Cuando se levantaron de la mesa, empezó a dar vueltas junto al joven francés, carraspeando y suspirando, hasta que por fin acabó por abordarle. "



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