Ed Ricketts (fragmento)John Steinbeck

Ed Ricketts (fragmento)

"Los misterios causaban mala impresión a Ed Ricketts. Odiaba todas las ideas y manifestaciones de misticismo con una intensidad que demostraba una creencia básica e invencible en él. No quería nunca que le dijeran la buenaventura, ni que le leyeran la palma de la mano, aunque fuera en broma. Jugar con un tablero Ouija le producía una ira nerviosa, y las historias de fantasmas le ponían tan furioso, que cuando las oía, abandonaba la habitación donde las estaban explicando.
En el transcurso del tiempo, el padre de Ed murió. Un teléfono interior comunicaba el sótano con el despacho de arriba, y una vez, después de la muerte de su padre, Ed me contó que sufría una pesadilla, soñando que el teléfono sonaba, y que cuando lo descolgaba, oía la voz de su padre al otro extremo del hilo. Este sueño se estaba convirtiendo en una obsesión. Le sugerí que sería una buena idea desconectar el aparato, pero él aún fue más lejos, y quitó toda la instalación.
—Sería peor si estuviesen desconectados — dijo—. No lo podría soportar.
Creo que si alguien le hubiese gastado una broma respecto al teléfono, Ed se habría puesto enfermo del susto. Las flores blancas le perturbaron mucho.
He dicho que su mente no tenía horizontes, pero eso no es cierto. Ed no quería pensar en cuestiones metafísicas, y no podía evitarlo.
La vida en Cannery Row era curiosa, simpática y cruel. Frente a los Laboratorios Biológicos del Pacífico, estaba el burdel más grande, más elegante y más respetado de Monterey. Su dueña era una gruesa mujer, por la que todos sentían cariño y confianza, a excepción de aquellos cuyo entendimiento estaba retorcido por una virtud limitada. Poseía un gran corazón, y era una buena ciudadana en todos los aspectos, excepto uno: violaba las confusas leyes contra la prostitución. Pero como a la policía no parecía importarle, ella se sentía tranquila, e incluso hacía regalos en varios sentidos.
Durante la crisis, Madam pagó las cuentas de comestibles de la mayoría de familias necesitadas de Cannery Row. Cuando la Cámara de Comercio recolectaba dinero para lo que fuera, mientras los hombres de negocios se subscribían con diez dólares, ella lo hacía con ciento. Lo mismo sucedía con las instituciones de caridad, y con las recaudaciones de ayuda a las viudas y huérfanos de policías y bomberos. Contribuía siempre a todo con una suma diez veces superior a la que daban muchos de los ciudadanos que ignoraban su existencia. Al mismo tiempo, sabía escuchar con comprensión y tolerancia. Todos le contaban sus cuitas, pero no podían engañarla porque lo descubría siempre.
Ed Ricketts mantenía relaciones de respeto y amistad con Madam. No era parroquiano de su casa, porque su vida sexual era demasiado complicada para eso; pero ella le consultaba muchos de sus problemas, y Ed le daba sus mejores consejos y conocimientos, tanto científicos como profanos.
Por lo visto, las chicas de su establecimiento tenían tendencia a la histeria. No sé si son las propensas al histerismo las que eligen la profesión, o si es la profesión la que produce el histerismo. Pero Madam enviaba a menudo a alguna chica al laboratorio para que hablara con Ed. Éste escuchaba con gran interés sus problemas, que eran extrañamente complicados, y luego le hablaba con suavidad y ponía alguno de sus discos favoritos en el gramófono. Por regla general, la chica se marchaba reanimada. Ed nunca moralizaba en ningún sentido. Examinaba el problema con cuidado, calma y claridad, y hacía desaparecer los aspectos desastrosos del asunto. La chica descubría de pronto que no estaba sola, que mucha otra gente tenía los mismos problemas en el mundo, que su desgracia no era única... y entonces, generalmente, se sentía mejor.
Existía un tácito pero fuerte afecto entre Ed y Madam. Ella no tenía permiso para vender licores. Bastante a menudo, Ed se quedaba sin cerveza a unas horas de la noche tan intempestivas, que todo estaba cerrado, excepto la casa de Madam: Entonces realizaban un ritual, con el que los dos disfrutaban mucho. Ed cruzaba la calle y le pedía a Madam que le vendiera alguna botella de cerveza. Ella rehusaba invariablemente, explicando que no tenía permiso. Ed se encogía de hombros pidiendo disculpas por la molestia, y regresaba al laboratorio. Diez minutos después, se oían unos pasos silenciosos en las escaleras, un ligero golpe en la puerta, y Ed, tras esperar un intervalo decente, encontraba un paquete con seis botellas de cerveza helada en el umbral. Nunca mencionaba esto a Madam, porque hubiera sido romper las reglas del juego. Pero la recompensaba dedicándole horas de su tiempo, cuando ella necesitaba su ayuda. Y su ayuda era considerable. "



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