Kioto (fragmento)Yasunari Kawabata

Kioto (fragmento)

"El trayecto era bastante largo. No fueron por la vía del tranvía, sino que dieron un gran rodeo, siguiendo durante un trecho el camino del templo de Nanzenji. Más allá de la capilla de Chion, se desviaron y, cruzando la parte posterior del parque de Maruyama, salieron a un estrecho sendero que los condujo hasta el templo de Kiyomizu. Empezaba a formarse bruma en la tarde de primavera.
En la terraza del templo de Kiyomizu quedaban ya pocos visitantes, tres o cuatro muchachas estudiantes cuyos rostros apenas se distinguían a la luz del crepúsculo.
A Chieko le gustaba subir allí a aquella hora. Ante la nave principal, cuyo interior estaba oscuro, ardían unos cirios. Chieko no se quedó en la terraza, sino que siguió hasta la capilla del fondo.
También allí se había construido un voladizo en lo alto de la vertical pared de roca. El tejadillo de la capilla estaba cubierto con ripios de corteza de ciprés. La plataforma era pequeña y airosa. Era como un mirador orientado hacia la ciudad y el Nishiyama. Se veían las luces, enturbiadas por la bruma.
Chieko se acercó a la balaustrada y miró hacia el Oeste. Parecía haber-se olvidado de Shinichi, su acompañante. El estaba detrás, muy cerca.
—Shinichi, yo fui una expósita —dijo bruscamente.
—¿Una... expósita?
Shinichi pensó si esta palabra tendría un significado simbólico.
—¿Has dicho expósita? —murmuró—. ¿Te consideras tú así? Si tú eres una expósita, yo también, espiritualmente... Tal vez todos los hombres seamos expósitos. ¿Acaso nacer no significa ser arrojado al mundo por Dios?
Shinichi contemplaba el perfil de Chieko, que se recortaba sobre el cielo del anochecer. ¿Qué podía entristecerla en aquella noche de primavera?
—Es mejor decir hijos de Dios. Dios nos echa al mundo para salvarnos.
Pero Chieko no parecía escucharle; miraba fijamente las luces de Kioto, sin volver la cara hacia Shinichi.
Shinichi, inquieto por aquel dolor cuya causa ignoraba, fue a ponerle la mano en el hombro, pero Chieko se apartó.
—Déjame... A las criaturas abandonadas no se las toca.
—Si todos los hombres son criaturas, arrojadas por Dios... Shinichi hablaba en tono más apremiante.
—No, lo mío no es tan complicado. A mí me abandonaron mis padres, no Dios. Yo fui abandonada al pie de la celosía de madera de nuestra tienda.
—¿De qué estás hablando?
—Es la verdad. Eso no arregla nada, pero tenía que decirlo a Shinichi...
—¿Y...?
Aquí estoy, en lo alto del templo de Kiyomizu, contemplando el anochecer de la ciudad, y ni siquiera sé si nací en Kioto.
—¿Qué dices? ¿Te falta algo?
—¿Por qué iba a mentir?
—¿No eres acaso la única hija de un gran comerciante? Las niñas mimadas suelen sufrir de un exceso de imaginación.
—Mimada, sí, y tampoco me importa ya ser una expósita, pero...
—¿Tienes pruebas de lo que dices?
—¿Pruebas? La celosía de la tienda. La vieja celosía lo sabe. —La voz de Chieko era cada vez más hermosa—. Creo que fue cuando empezaba a ir a la escuela secundaria. Un día, mi madre me llamó a su habitación y me dijo que yo no había salido de su cuerpo. Que era un bebé precioso y que ella me robó y se me llevó en un coche. Pero, sin saberlo, mi padre y mi madre me dijeron que el robo se había cometido en lugares diferentes. Bajo los cerezos de Gion o a la orilla del Kamo... Pensaron que para mí sería muy triste saber que había sido abandonada a la puerta de la tienda...
—¿Y nunca supiste nada de tus verdaderos padres?
—Mis padres adoptivos me quieren y no deseo saber más. Quizá mis verdaderos padres se encuentren en el cementerio de Adashino, entre los muertos por los que nadie reza. Allí, todas las lápidas son viejas...
La tenue luz del crepúsculo de primavera se extendía como una bruma rosada desde detrás del Nishiyama hasta casi el centro del cielo de Kioto. Shinichi no podía creer que Chieko fuera una expósita. Su casa estaba en el barrio antiguo de los grandes comerciantes. Con sólo preguntar en el vecindario podría enterarse. Pero Shinichi no tenía el menor deseo de hacerlo. Lo que le desconcertaba, lo que hubiera querido saber era por qué se lo había confesado ella, precisamente allí y en aquel momento.
Tal vez le había llevado hasta el Kiyomizu para decírselo, y tal vez en virtud de aquella confesión su voz se tornó tan clara y tan pura. En aquella voz vibraban acentos de firmeza y seriedad. ¿Trataba de conmoverle? No, eso no. Quizá Chieko adivinaba que Shinichi la amaba. ¿Debía entonces el que la amaba enterarse de su procedencia por ella misma? No, eso no le parecía a él lo más natural. Más bien parecía como si ella rechazara de antemano su amor. "



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