Las cerezas del cementerio (fragmento)Gabriel Miró

Las cerezas del cementerio (fragmento)

"La gloriosa pureza del azul, la grande y desconocida visión de este paisaje, exaltaban a Félix acuciándole a recoger toda la mañana dentro de sus ojos; y hasta lo más menudo de los campos fijaba su ánimo.
Vislumbraba de telarañas la pingüe y fresca tierra de los bancales hortelanos. Y Félix se inclinaba para admirar esos delgados y curiosos tejidos de plata; se entraba por los tiernos y resbaladizos cauces de las regueras; y luego, afanoso de seguir al labriego, corría hundiéndose entre verdura, tropezando en los ramajes esquilmeños de los manzanos, rendidos por la abundancia, y las pomas le caían fragantemente, doblándole las alas de su sombrero, rodando por sus hombros; tomaba de ellas; las mordía, y la piel de la fruta, ya calentada del sol, su aspereza con dulces dejos, y el olor de su zumo, le llenaron de sencillez y puericias.
Verdaderamente, era Félix, entonces, un rapaz que saltaba las cercas de un huerto y se embriagaba de vida gustándola, sorbiéndola, aspirándola en la alegría de los árboles, del sol, del agua y del azul magnífico...
Alonso tuvo que esperarle, que estaba ya muy lejos.
Cuando se hallaron juntos desdobló Alonso la harpillera, y con mucha gravedad y cuidado se la puso a Félix, dejándole enfundada toda la cabeza. Y en tanto que cumplía esta ceremonia, que a Félix le representaba la consagración de algún rito bárbaro y agreste, no dejaba de advertirle "que ya no hablase recio, que las manos se las guardase en las faltriqueras" y otros prudentísimos avisos.
Para verse insaculado se miró Félix su sombra en el rudo espejo de la tierra soleada. Se acomodó la redecilla delante de los ojos; aspiró olor de miel y sudor de castradores, y gritó y saltó de gozo.
Le pidió Alonso que no alborotase. Y en silencio llegaron a una diminuta aldea de casitas encaladas, puestas al abrigo de un bardal encrespado de zarzas y aromos.
Allí dentro sonaba un ronco fragor como de río que se despeña.
Se estremeció Félix de emoción sintiéndose cerca de penetrar en el sagrado de vidas vírgenes. Consideraba ese recinto un monasterio, y a las abejas, religiosas, todas veladas. Se acordó también de la geórgica de Virgilio, y aún quiso decir algo del poeta divino. Alonso no lo consintió. ¡Señor! Alonso estaba transfigurado: ya no era el rústico maldiciente, sumiso, flemático. Lo vio gigantesco, heroico, inmóvil, solo, sobre fondo de cielo tachonado de abejas de oro. Todo el ambiente semejaba conmovido de la pujante tría.
Le llamó; no le escuchaba. Félix ingresó en la blanca callejita del colmenar. Crecía su pasmo de ver al campesino cercado de peligros y sin defensa de la celada de saco y alambres. Se lo confesó. Y Alonso, gustando el panal de la vanagloria, repuso despacio:
-No piense en mí. Basta con esto.
Y sacó del seno un trozo de cuerda, y acercándose a una colmena, la encendió. Después quitó los hatijos, hirvientes de costras de abejas, y de lo hondo subió el enjambre fiero, ruidoso. Alonso lo oxeaba con suavidad, perdonando sus rebeldías y amenazas. Vio Félix las rubias y esponjosas brescas con sus celdillas desbordantes de tostado y espeso licor y otras habitadas por las velluditas artífices, recelosas, bravas como aves criadoras.
-¡Basta, basta; no miremos más, que todas huyen sufriendo!
Pero Alonso no le oía, y entraba la encendida soga, y se asomaba tercamente a las cálidas entrañas del blanco sagrario, que exhalaba un vaho de cera, de flores de altar de mes de María. ¡Señor! ¡Alonso era entonces un genio! ¡Hasta sus ojos menuditos y grises daban lumbres de majestad, y todo él ostentaba bizarría, regocijo, triunfo y dominación! Sus ansiedades estaban cumplidas. ¡Cuán sereno y fuerte delante de las abejas! ¿Tendrían todos los hombres, hasta el mismo Alonso, la codiciada agua para su sed? ¿Qué fuente refrescaría y saciaría las ansias imprecisas de su alma?
No pudo seguir elogiándole ni inquiriendo otras peregrinas cuestiones, porque del seto frondoso y vivo sonó un grito, y a poco riñas y plañidos de exquisito donaire.
¡Oh, el grito era de garganta femenina! Se quitó Félix la grosera capilla y saltó afanosamente el muro de maleza.
¡La mujer de Koeveld!
Sí; ella era, que reía y se quejaba mostrando sus manos a una criada campesina. La blanca sombrilla de seda rodaba por el camino. A lo lejos venía Giner, pesado, cayéndose, tropezando con un perro flaco y desorejado que se obstinaba en hacerle gracias y zalemas. Y el señor Giner rechazaba y aborrecía al animalito.
Se acercó Félix a la esposa.
-¡Ay, lo que me hizo una abeja aquí, en este dedo, en el chiquitín!
Él le tomó la mano herida y se la llevó cerca de la mirada y de su boca, mientras la hermosa dama se lamentaba blanda y donosamente como una niña enfermita, descansando su busto en el hombro de Félix.
La anacreóntica estaba invertida. Venus misma era la llorosa, mordida de "una sierpe pequeñita y alada".
Por el zarzal del seto asomaba la espantada cabeza de Alonso, ya sin majestad, sin lumbres de triunfo ni nada. "



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