Correr (fragmento)Jean Echenoz

Correr (fragmento)

"Los Juegos de Helsinki comienzan el martes, pero Emil no está muy en forma. Ya con treinta años, está cansado, quizá también afectado por la alternancia de sus desapariciones de escena con sus esforzados retornos. Tiene el torso hundido, las mejillas chupadas, los ojos embutidos en las órbitas, su mujer no lo ha visto nunca tan delgado, es domingo y no se encuentra bien. Chorreando sudor pero nunca sin aliento, vuelve de sus veinte kilómetros diarios fraccionados en largos sprints, y prepara el equipaje. Al día siguiente, vuela rumbo a Finlandia con Dana, que lo acompaña con su doble título de atleta y de esposa de atleta, flanqueado por un puñado de corpulentos oficiales, gigantes mudos con chaqueta roja y mirada cerril que no se separan nunca de él, sobre todo en el extranjero.
Helsinki, tiempo fresco, cielo bajo, manto liso de nieve, zigzagueos de viento, temporales intermitentes. La humedad llega de todas partes, del cielo pero también de los innumerables lagos y de los ríos, del mar que se infiltra por mil vericuetos en la capital. Pero el aire es tonificante y, a esa latitud, la breve noche coincide con el tiempo de sueño: descanso perfecto. En vez de limitarse a correr dos pruebas de fondo, Emil sorprende a todo el mundo decidiendo finalmente apuntarse a las tres, cinco mil metros, diez mil metros y maratón.
Tal decisión no es del gusto de todos y menos de los profesionales, ni siquiera los de los países hermanos. El comité olímpico soviético manifiesta su escepticismo, que equivale a una crítica y por ende a una desaprobación, por boca de su secretario general. Nadie, declara, puede realizar buenas marcas en tres carreras tan duras y en intervalos tan cercanos, ni siquiera el impar Paavo Nurmi. Declaración que deja indiferente a Emil pero que le da una idea: siempre deseoso de conocer las curiosidades locales, se acerca a visitar a Paavo Nurmi.
Nurmi ha sido antes que él, nada menos que un cuarto de siglo, el más grande corredor de todos los tiempos. Apodado el Finlandés Volador, fue el inventor del entrenamiento con cronómetro, cronómetro del que no se separaba ni para correr, ni para comer ni para dormir. Se ha convertido en un hombre rico y tiene abierta en Helsinki una mercería que es lugar de peregrinaje para los atletas de todos los países, que se agolpan para tener el honor de estrecharle la mano. Nurmi, sin decir una palabra, se limita a mirarlos directamente a los ojos y a venderles por precios abusivos camisas finlandesas y exorbitantes corbatas de seda que no necesitan para nada. Después de comprar la camisa como los demás, Emil, desplumado, la lleva unas horas —es bonita, pero le queda demasiado pequeña, además pica un poco—, se cambia para embutirse la camiseta roja, dorsal número 903, y da comienzo la carrera de los diez mil metros.
Transcurrida una cuarta parte del trayecto, toma las riendas del asunto y ya no las suelta. A medio recorrido acelera a toda velocidad y comienza a romper el ritmo de manera sincopada, como sabe hacerlo él: brusca arrancada en la línea opuesta y la curva de llegada, disminución de la velocidad ante las tribunas como para dar tiempo a que la gente lo admire, y arrancada a fondo. Los demás podrían llegar a seguirle siempre que mantuviera un ritmo regular, pero tan continuas arremetidas, tan incesantes trastrueques, los desquician, los agotan, los desmoralizan: sus corazones y sus piernas sufren brutales sobresaltos cada vez, la sangre les sube a las sienes y es durísimo para ellos, pero a él le trae sin cuidado y gana: medalla de oro.
Tres días después, se enfunda otra vez la camiseta y vuelta a empezar. Pero como ya le ha advertido a Dana y contrariamente a lo que la gente cree, Emil no acaba de estar en forma. No alberga ninguna esperanza de vencer en esa carrera, que no es su formato preferido. Le gustaría, eso sí, no llegar cuarto, es cuanto desea. Cuarto sería penoso. No, un tercer puestecillo le iría la mar de bien. Pero es superior a sus fuerzas: brutal aunque metódicamente, gesticulando y muequeando más diabólicamente que nunca, vuelve a arreglárselas para romper el ritmo de sus adversarios, aturdir— los, desconcertarlos, desorganizarlos. Los asfixia uno tras otro para hacerles perder la noción de la carrera y de su capacidad. Y, ya puestos, cuando va tercero tal como deseaba, no viendo por lo tanto más que dos hombres de espaldas delante de él, lo cual siempre le irrita un poco, arremete con un pequeño impulso que se había reservado, los rebasa y gana: medalla de oro.
Y cuatro días después Emil se vuelve a enfundar la camiseta roja para tomar la salida de la maratón. Sus entrenadores oficiales se oponen, pero a él le importan un pimiento los entrenadores, médicos, masajistas, agentes, dietistas o preparadores físicos, toda esa pandilla a la que no necesita. Y allá va.
Como es sabido, la maratón existe desde que el general Milcíades, satisfecho de haber vencido al enemigo en un campo de hinojo, envía a su mensajero Filípides a anunciarlo cuanto antes a Atenas. Éste corre durante cuarenta kilómetros bajo un sol de justicia y muere al llegar. Como es sabido también, dos mil años después se amplió oficialmente esa distancia a cuarenta y dos kilómetros con ciento noventa y, cinco metros, es decir el espacio que media entre el Great Park de Windsor y el White City Stadium de Londres. Es sabido asimismo que resulta espantosamente agotador, y también que Emil no la ha corrido hasta entonces.
Pero allí va. Y la gente se dispone a disfrutar perversamente del espectáculo que suele ofrecer retorciendo el rostro, torturando el esqueleto, pareciendo forzar violentamente el cuerpo a cada zancada. Pues nada de eso. El hombre de rasgos descompuestos por un tremendo dolor es el Emil de la pista. El Emil de la maratón corre con la más absoluta serenidad, sin experimentar aparentemente el menor sufrimiento. A mitad de recorrido, cuando los participantes desanimados dan con frecuencia media vuelta, como un sueco y un inglés que lo han escoltado hasta allí sacando un palmo de lengua blanquecina, se vuelve sonriendo hacia ellos: Bueno, les dice, muy amables por acompañarme, pero ahora les dejo. Tengo que seguir. "



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