La chica de ojos verdes (fragmento)Edna O'Brien

La chica de ojos verdes (fragmento)

"Nuestra cocina era tan lúgubre como la recordaba: ropa sucia de papá en lo alto de una silla, una hoja de palma amarillenta detrás del cuadro del Sagrado Corazón y, delante, una velita roja encendida. Lo metimos en la cama, y entonces la tía me soltó la consabida reprimenda.
Preparó té y lo acompañamos con las sobras de un bizcocho de Navidad que guardaba en una caja de galletas oxidada. Estaba malísimo, pero me lo comí por no hacerle un desaire. Divagó acerca de la buena educación que yo había recibido y la conmoción que había sufrido mi padre al recibir aquella carta.
Luego fue a quitarle los zapatos y se los escondió para que al día siguiente no se largara a dar algún otro sablazo para seguir bebiendo. Rezamos el rosario en voz alta.
No podíamos meternos en la cama, por si le daba por prender fuego a las mantas, así que nos quedamos allí y al cabo de un rato la tía empezó a dar cabezadas en la silla plegable. Aquella silla la había conseguido mi madre gracias a los cupones de los cigarrillos, antes de la guerra. Yo tenía cuatro o cinco años cuando estalló el conflicto, y lo único que significó para mí fue que los fabricantes dejaron de imprimir cupones en las cajetillas y en casa ya no entraron más sillas plegables con asiento de lienzo verde.
Mientras ella dormitaba, planeé lo que haría: marcharme en el primer autobús a la mañana siguiente, antes de que mi padre despertara. Sabía que la tía se sentiría traicionada, pero estaba resuelta a volver con Eugene, aunque me costara la Condenación Eterna.
Conté el dinero que tenía, conté las horas, oí los leves ronquidos de la tía, y a veces desde el cuarto de mi padre me llegaba un gemido o el gorgoteo de la bebida al caer en el vaso. Había dejado la luz encendida.
Me iría muy lejos otra vez, muy lejos, y para siempre. "



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