El vestido azul (fragmento)Doris Dorrie

El vestido azul (fragmento)

"Justo después de la salida de la autopista, el primer letrero: LABERINTO EN EL CAMPO DE MAÍZ. DIVERSIÓN TOTAL PARA NIÑOS Y MAYORES.
Thomas empieza a silbar. Me esfuerzo por alegrarme de su alegría. Parece mucho más contento que cuando le obligo a quedarse en casa, en el balcón. Allí se planta en la tumbona de mala gana, hojea con impaciencia y estrépito sus revistas de medicina, y no sabe qué hacer consigo mismo. En cambio yo disfruto contemplando cada uno de los nuevos capullos de petunias y geranios, regando con cuidado las pequeñas plantas de tomates junto a la pared y oliendo el intenso aroma de sus hojas, llevándome pequeños trozos de sandía a la boca, pintándome las uñas de los pies, mirando el cielo veraniego con los párpados medio cerrados y no deseo alejarme ni un metro del balcón.
Paso a paso vuelvo a conquistar la vida. Thomas no lo entiende. Florian sí.
Juntos criamos una paloma pequeña. No tuvimos el coraje de echar a los desesperados padres de la cría, de destruir sus nidos improvisados, de tirar los huevos a la basura.
–Venga –dijo Florian un buen día–. Tengamos un animal doméstico.
Empezamos a alimentar a los padres con granos hasta que dejaron de aletear excitados cuando nos acercamos al nido. Les construimos una pared de protección de plástico; cuando, sorprendentemente, volvió a nevar el primero de mayo, procuramos que estuvieran a gusto en el balcón, nos ocupamos del huevo indefenso en los excepcionales momentos en los que los dos progenitores desaparecían volando, y pusimos una botella de agua caliente al lado del nido.
De repente disfrutábamos de su arrullo por las mañanas, saludábamos a Paloma y Paul –así los bautizamos– lanzando nosotros mismos unos estúpidos sonidos que pretendían imitar sus arrullos y temblamos de excitación cuando, una mañana, una cría fea y desnuda empezó a picar el huevo para abrirse camino hasta la libertad. La bautizamos con el nombre de Pablo y celebramos su nacimiento con mojitos en el balcón hasta que, borrachos los dos, empezamos a bailar salsa.
A Thomas no le conté nada de todo eso. Nada de mi pequeña e idiota rutina con mi compañero de casa marica y una familia de palomas.
A estas alturas la cría ya se había independizado y Paloma, Paul y Pablo han desaparecido, pero me ayudan a recordar mi segunda primavera sin Fritz. Vuelvo a tener una memoria que me describe sola en el tiempo. Sin Fritz pero ya no como una mancha negra. Poco a poco recupero el color. Y recojo mis diminutos momentos de felicidad como si fueran golosinas.
Las mazorcas nos indican el camino. Hay un patio desierto de hormigón a pleno sol, y un perro con la cadera desencajada que va cojeando por la sombra de mala gana. El aparcamiento ya está atestado, a la entrada del laberinto hay una chica gorda con un top de lúrex, dormitando. Thomas se acerca a ella ágilmente y compra dos entradas en un abrir y cerrar de ojos, antes de que yo haya bajado del coche.
–Si logra salir dentro de dos horas, puede ganar un fin de semana en un hotel superguay en el lago de Kochel –oigo que la chica dice sin ganas.
A partir de ahora, ése es el reto que asume Thomas. En Erbenbach ganamos una aspiradora para la mesa, en Holledau un juego de cinco cuchillos. En Burgen me torcí el tobillo y salimos tres minutos demasiado tarde para ganar un viaje en avión para dos a Mallorca, pese a que Thomas me llevó a hombros los últimos metros.
Alrededor de mi cabeza las gordas moscardas zumban como pequeños helicópteros, los tábanos se ensañan conmigo, las avispas levantan el vuelo, las hembras de los mosquitos se muestran pletóricas. Cubro con Aután cualquier centímetro descubierto de mi piel aunque sé por experiencia que al final tampoco servirá de nada. Sin abrir la boca sacrifico mis brazos y piernas porque, lamentablemente, no se me ha ocurrido otra cosa que ponerme un vestido: el vestido azul que tanto le gusta a Thomas. Cada vez que me lo pongo Thomas me contempla con asombro y dice: «¡Qué bien te sienta ese color!».
–¿Vienes? –dice Thomas excitado. "



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