La huida (fragmento)Katharine Susannah Prichard

La huida (fragmento)

"El estado de ánimo del agente O’Shea no mejoró mientras cabalgaba. Su caballo, Chief, una nerviosa y enérgica bestia, era muy difícil de controlar en la mayoría de las ocasiones, y esas tres apestosas crías sentadas en su espalda le irritaban. No pesaban mucho más que un puñado de palomas silvestres, pero el balanceo de sus piernas y sus pequeños y huesudos traseros rozaban y molestaban a Chief. Había intentado más de una vez quitárselas de encima, sobresaltándose y dando vueltas cada vez que tenía una oportunidad. Las chicas se mantenían pegadas al caballo como parásitos, a pesar de estar atadas juntas. La mayor estaba atada a la cintura de O’Shea, las otras a ella.
Hacía calor al mediodía, el cielo era azul y despejado, y el sol deslumbrante. Cuando O’Shea sintió sed, dio a las chicas un trago de su cantimplora y un trozo de pan y otro de carne de la comida que el cocinero del rancho le había preparado. Las chicas estaban tan asustadas que le miraron fijamente, con los ojos desorbitados, cuando les habló. No dijeron ni una palabra. O’Shea se dio cuenta de que aún tendrían que hacer otra parada para comer, así que racionó las provisiones cuidadosamente.
No había previsto ese picnic. Había esperado que McEacharn hubiese podido disponer de su coche para llevar a las chicas hasta Lorgans. McEacharn había dado a entender, con falsas excusas, que no podía hacer nada al respecto. Tenía un importante compromiso en Ethel Creek, a 100 millas en dirección contraria, y el calesín del rancho estaba fuera, en otro campamento.
O’Shea comprendió que si las chicas tenían que ser enviadas en tren en el plazo de tres días, tendría que ser él mismo el responsable de su transporte. No había otra solución que cargar con ellas. También tendría que pasar la noche a la intemperie.
Claro que también podía pasar por el rancho de Sandy Gap y pedir al encargado que los alojara a él y a sus pasajeras por la noche. Pero soportar otra noche de risas y juegos ¡de ninguna manera!, si era posible evitarlo. Iba a resultar incómodo acampar en el camino y tener que vigilar a esas pequeñas moscas. No tenía mantas, así que tendrían que dormir al calor de una hoguera. Tenía su chubasquero para utilizarlo como tela impermeable y como abrigo, y su silla de montar le serviría de almohada.
A la puesta de sol, cuando bajó a las chicas de su gran caballo, le hubiese gustado soltar las cuerdas que las ataban por la cintura, pero sabía perfectamente qué podía pasar si las dejaba en libertad. Desaparecerían como un rayo. Conocían aquella tierra mejor que él, a pesar de ser tan jóvenes, y volverían a Movingunda. Además, parecería un verdadero estúpido persiguiéndolas, con todo el trabajo de capturarlas y de volverse otra vez con ellas.
En circunstancias normales hubiese tenido a su rastreador negro, Charley, para que vigilase a las chicas y encendiese el fuego. Pero Charlie estaba prestando declaración en un juicio nativo en Meekatharra. No había otro remedio que mantener atadas a las criaturas y ocuparse él de hacer fuego.
O’Shea maldijo su suerte cuando recogió un montón de troncos de acacia y les prendió fuego. Maldijo las esperanzas de promoción que le habían llevado al campo. Maldijo a Murphy y a cada hombre del Noroeste que hubiese engendrado mestizos. Maldijo a McEacharn por mostrar que no tenía intención de facilitar la tarea para que permitieran alejar a las jóvenes de su rancho. Maldijo al Señor Ministro Protector de Aborígenes y al Departamento por su odiosa costumbre de responsabilizar a los policías de trabajos en lugares insólitos que deberían realizar los oficiales del Departamento de Aborígenes. Maldijo a todo bienintencionado hombre o mujer que creyera que el gobierno debía hacer «algo» por estas chicas mestizas, sin una consideración oportuna de lo que debía ser ese «algo».
Las tres pequeñas se sentaron en el suelo mirándole. Tres pares de preciosos ojos oscuros seguían cada uno de sus movimientos, alertas y recelosas. A la mayor de las chicas la había registrado con la edad de nueve años, a las otras con siete y con ocho.
Parte del enfado de O’Shea, aunque no quería admitirlo, era debido a la manera de mirarle las niñas. No podía soportar que le mirasen como si fuese un ogro que las fuera a devorar en cualquier momento. Era un hombre bien parecido, joven y bondadoso, y se enorgullecía de cumplir sus obligaciones concienzudamente, pero sin severidad.
Un hombre tenía que conseguir ser bien considerado para tener éxito en una región como ésta, donde O’Shea era el único policía en unas 100 millas a la redonda, y tenía que depender de la asistencia de los rancheros y de los directores de las minas en caso de emergencia. Este trabajo le hizo impopular entre los ranchos, y él lo aborrecía. Hubiera preferido precipitarse a arrestar a una docena de borrachos camorristas, según decía, antes que tener que ir recogiendo chicas mestizas en nombre del Departamento de Aborígenes. ¿Por qué no podía el Departamento hacer su propio trabajo sucio?
O’Shea estaba molesto por la idea de que el trabajo que le habían obligado a realizar era sucio. ¿Cómo podría gustarle a una mujer que separaran sus hijas de ella, sabiendo perfectamente que no tendría oportunidad de volverlas a ver? ¿A su propia mujer, por ejemplo?
O’Shea sonrió, imaginando a cualquiera intentando separar a su esposa Nancy de sus hijos, el niño y las tres pequeñas de cabellos rubios. Pero después de haber dado algo de comer y de beber a las niñas aborígenes, tomó la precaución de atarles las manos con tiras de cuero para evitar que pudiesen aflojar la cuerda que tenían alrededor de sus cinturas y pudieran escapar. Las niñas se acurrucaron y se quedaron dormidas, gimoteando un poco, pero evidentemente sin esperanzas de escapar. O’Shea se estiró incómodamente al otro lado de la hoguera y cayó en un sueño ligero.
Al segundo día por la tarde llegó a Lorgans por un sendero que cruzaba la cordillera. Había procurado no llegar antes de que oscureciera, para que nadie lo viera.
Durante muchos años Lorgans había sido uno de esos pueblos mineros abandonados, en los que sólo quedan los restos de una vieja mina, un hotel y las ruinas de unas cuantas tiendas para dar testimonio de su pasado próspero. Pero las vías del tren aún pasaban a un kilómetro del pueblo y con la reapertura de la mina el pueblo adquirió vida nuevamente. El oro estaba dando buen resultado. A la designación de O’Shea siguió una intensa actividad minera en la llanura. Se abrieron nuevos pozos y surgieron comercios de entre las ruinas. En pocos meses Lorgans contaba con 300 ó 400 habitantes y O’Shea había traído a su mujer y a sus hijas a vivir al nuevo cuartel de policía, construido para él a la entrada del pueblo.
Cuando llegó a la verja del patio, situado detrás de su casa, O’Shea desmontó del caballo e hizo lo propio con Mynie, Nanja y Coorin. No quería que su mujer le viera con esas niñas acongojadas detrás de él y se echara a reír, como seguramente haría. Se reía tan fácilmente. Su sentido del humor la mantenía rolliza y contenta en aquel «rincón abandonado», como ella solía decir; pero O’Shea no iba a dejar que se riese de él, si podía evitarlo.
Un perro empezó a ladrar al advertir su presencia. La señora O’Shea salió precipitadamente de la casa en el instante en que oyó los ladridos. Sus hijos pululaban a su alrededor. Era una mujer rubia, gruesa, bastante joven, jovial y con unos pechos generosos. Sus hijos eran igual que ella: tenían el pelo rubio y la piel clara y rosada. Llenos de entusiasmo y excitación, corrieron a saludar a su padre. Este alzó a su hijo en brazos mientras las niñas se aferraban a él.
Fue la señora O’Shea quien descubrió a las tres pequeñas mestizas acurrucadas y mirándola fijamente con una expresión de asombro y angustia. "



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