En el país del tiempo (fragmento)Edward Dunsany

En el país del tiempo (fragmento)

"No quiero, para ser rey de otras tierras, adornarme con el asesinato. He visto surgir sobre Istahn la misma mañana que ha alegrado también a Alatta, y he oído descender la Paz entre las flores. No llevaré el dolor a los hogares para gobernar sobre un país de viudas y huérfanos. Pero os conduciré contra el jurado enemigo de Alatta que echará abajo las torres de Zoon, y que ha osado derribar ya a nuestros dioses. Es el enemigo de Zindara, de Istahn, y de Yan, país de numerosas ciudadelas. Hebith y Ebnon no pueden resistirle, y Karida, rodeada de inhóspitas montañas, no está segura frente a él. Es un enemigo más poderoso que Zeenar, cuyas fronteras son más fuertes que el Eidis; acecha con malicia todos los pueblos de la tierra, se burla de sus dioses, y codicia todas sus ciudades. Por tanto, iremos a conquistar al Tiempo, y a salvar a los dioses de Alatta de sus garras; y al volver victoriosos, descubriremos que la Muerte se ha ido, y que han desaparecido la edad y las enfermedades; y viviremos aquí eternamente, bajo los dorados aleros de Zoon, mientras las abejas bordonean entre tejados incólumes y torres jamás melladas. No habrá ruina ni olvido, agonía ni dolor, cuando hayamos librado del Tiempo despiadado a los pueblos y campos deleitables de la tierra.
Y los ejércitos juraron seguir al rey para salvar al mundo y a los dioses.
Así, pues, al día siguiente se puso en marcha el rey con sus tres ejércitos, y cruzó muchos ríos y atravesó muchas tierras; y por donde pasaban, preguntaban acerca del Tiempo.
Y el primer día encontraron a una mujer con el rostro surcado de arrugas, la cual les contó que había sido hermosa, y que el Tiempo le había marcado la cara con sus cinco uñas.
Muchos ancianos vieron a su paso, en su marcha en busca del Tiempo. Todos le habían visto, pero ninguno pudo decirles más salvo algunos que decían que había tomado el camino hacia allá; y señalaban una torre ruinosa o un árbol viejo y destrozado.
Y día tras día y mes tras mes, el rey avanzaba con sus ejércitos, esperando tener finalmente al Tiempo ante sí. Unas veces acampaban de noche cerca de palacios de hermosa arquitectura o junto a floridos jardines, con la esperanza de sorprender a su enemigo cuando llegase dispuesto a profanar esos lugares al amparo de la oscuridad. Otras, cruzaban telarañas, cadenas herrumbrosas, y casas de techumbres hundidas o paredes desmoronadas. Entonces los ejércitos aceleraban el paso, pensando que estaban sobre la pista del Tiempo.
A medida que pasaban las semanas y se convertían en meses, y les llegaban nuevas y rumores sobre el Tiempo sin cesar, aunque no lograban dar con él, los ejércitos se iban cansando de su larga marcha; pero el rey les hacía seguir, y no consentía que nadie volviese la espalda, diciendo siempre que ya tenían cerca al enemigo.
Mes sí, mes no, el rey hacía avanzar a sus ahora desganados ejércitos; hasta que finalmente, faltando poco para cumplirse el año desde que iniciaran la empresa, llegaron al remoto pueblecito de Astarma, en el norte. Allí, muchos soldados del rey, cansados, desertaron de sus ejércitos, se asentaron en Astarma y se casaron con muchachas astarmesas. Por estos soldados podemos establecer claramente la fecha en que los ejércitos llegaron a Astarma, casi al año de haber emprendido la expedición. Y partieron los ejércitos de ese pueblo, y los niños los vitorearon al desfilar por la calle. Y cinco millas más adelante, cruzaron una cordillera y se perdieron de vista. Es menos conocido el otro lado de esa cadena montañosa; pero se ha logrado reconstruir el resto de esta crónica por las historias que los veteranos de los ejércitos del rey solían contar de noche junto al fuego, en Zoon, y que más tarde recordaban los hombres de Zeenar.
Hoy es creencia general que los ejércitos del rey que rebasaron Astarma llegaron por fin (no se sabe al cabo de cuánto tiempo) a la cresta de una pendiente donde la tierra entera descendía en forma de un plano verdeante hacia el norte. Abajo se extendían verdes campos, y más allá gemía el mar sin que la vista alcanzase a descubrir costa ni isla ninguna.
En medio de los verdes campos había una aldea; y hacia ella se volvieron los ojos del rey y de sus ejércitos mientras descendían la cuesta. La veían abajo, delante de ellos, grave, consumida por la antigüedad, con vetustas techumbres, manchadas y combadas por el paso de los años, y torcidas chimeneas. Sus tejas eran de antiguas losas cubiertas de espeso musgo, y las ventanas, de innumerables y extraños cristalitos, asomaban a jardines de singular trazado invadidos de maleza. Las puertas, oscilando sobre goznes herrumbrosos, eran de tablas de roble inmemorial con negros nudos vacíos. Los flotantes molinillos chocaban contra las casas, y todo lo cubría la yedra o lo invadía la maleza. De las torcidas chimeneas se elevaban altas y rectas las azulencas hebras de humo, y la yerba asomaba entre el grueso empedrado de la calle desierta. Entre los jardines y la calle se alzaban los setos de vigoroso espino, por encima de la altura de un jinete, y por ellos trepaba la enredadera y se asomaba a los jardines desde arriba. Delante de cada casa se abría un vacío en el seto, en el que gemía una cancela de madera gastada por la lluvia y los años, y verde como el musgo. Sobre todo ello, se cernía la edad y el completo silencio de las cosas pasadas y olvidadas. El rey y sus ejércitos contemplaron largamente estos restos que los años habían arrojado de la antigüedad. Entonces detuvo el rey a sus hombres en lo alto de la ladera, y bajó al pueblo acompañado sólo por uno de sus capitanes. "



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