Karl Marx y la tradición del pensamiento occidental (fragmento)Hannah Arendt

Karl Marx y la tradición del pensamiento occidental (fragmento)

"Quizá sea demasiado pronto para decir qué duración está reservada a este cambio de métodos. Puede tratarse de un fenómeno pasajero, una suerte de vestigio del tiempo de la dirección colectiva y de los conflictos irresueltos en el círculo interno del régimen, con la concomitante relajación del terror y la rigidez ideológica. Además, estos métodos no han sido hasta el momento probados y sus efectos podrían ser bastante diferentes de los esperados. Con todo, igual que es cierto que el relativo relajamiento de la era postestalinista no vino causado por la presión «desde abajo», parece plausible pensar que ciertos factores objetivos favorezcan fuertemente el abandono de algunos rasgos y mecanismos que hemos llegado a identificar con el gobierno totalitario.
El primero de estos factores es el hecho de que la Unión Soviética sufre por primera vez de una auténtica escasez de fuerza laboral. En esta situación, que se debe fundamentalmente a las graves pérdidas de la guerra, pero también a la progresiva industrialización del país, la institución del trabajo esclavo y la de los campos de concentración —y exterminio—, que entre otras funciones tenían también la de solventar el agudo problema de desempleo de los años treinta, no sólo resultan obsoletas sino positivamente peligrosas. Es bastante posible que la joven generación dirigente pusiera objeciones a los planes de Stalin de una nueva superpurga, no sólo en razón de su seguridad personal sino por sentir que Rusia ya no podía permitirse el coste prohibitivamente alto en «material humano» que comportaba. Tal parece la explicación más plausible de por qué a la liquidación de Beria y su camarilla siguió una liquidación aparentemente seria y coronada con éxito del imperio esclavista-policial, la transformación de algunos campos en asentamientos forzosos y la liberación de un número probablemente considerable de internos.
Un segundo factor, estrechamente relacionado con el primero, es la emergencia de la China comunista, que por triplicar en población a Rusia —600 millones contra 200— deja a ésta en seria desventaja en la pugna semioculta, pero muy real, por la supremacía última. E incluso más importante es el que China, no obstante su adhesión al bloque soviético, haya renunciado hasta el momento a seguir la política rusa de despoblamiento; pues aun pudiendo parecer grande el número de víctimas de los primeros años de gobierno dictatorial —15 millones es conjetura creíble—, resulta insignificante en proporción a la población cuando se lo compara con las pérdidas que Stalin acostumbraba infligir a sus súbditos.[12] Estas consideraciones de pura fuerza numérica no excluyen el establecimiento de un Estado policíaco ni requieren la abolición del gobierno por el terror, pero sí se oponen a la liquidación masiva de «inocentes» o de «enemigos objetivos» que era tan característica de ambos regímenes, el de Hitler y el de Stalin.
Estos factores parecen impeler a la propia Rusia a esa herejía intracomunista del comunismo nacional, que se ha convertido a todas luces en el régimen imperante en Yugoslavia y en China. No es sorprendente que comunistas de naciones más pequeñas, como Gomulka, Rajk o Nagy, y como el propio Tito, tuvieran que inclinarse a esta desviación. Los comunistas que eran algo más que simples agentes de Moscú —deseosos estos últimos de convertirse en burócratas gobernantes en cualquier lugar del mundo en que alguna elevada razón de la estrategia revolucionaria mundial determinara la desaparición de su país de nacimiento— no tenían otra opción. Pero el caso de China es diferente, dado que podía permitirse el precio del terror totalitario incluso con mayor facilidad que la misma Rusia. El hecho es, sin embargo, que Mao ha elegido deliberadamente la alternativa nacional y que en su famoso discurso de 1957 ha formulado una serie de teorías acordes con ella y en flagrante contradicción con la ideología oficial rusa. No cabe duda de que el escrito «Del correcto tratamiento de las contradicciones en el pueblo» constituye la primera pieza de literatura seria que ha salido de la órbita comunista desde la muerte de Lenin, y que con él la iniciativa ideológica se ha desplazado de Moscú a Pekín. Lo cual puede traer —es verdad— consecuencias trascendentes en el futuro; puede incluso llegar a cambiar la naturaleza totalitaria del régimen ruso. Pero en este momento tales esperanzas son, por decir lo menos, prematuras. Por ahora, la degradación de Zhukov debería haber convencido a quienes aún tenían alguna duda al respecto: pues una razón de su destitución es, ciertamente, el que era culpable de «desviaciones nacionalistas»; dicho en otras palabras, él había empezado a hablar del «pueblo soviético» en sentido muy semejante al de Mao cuando trata de reintroducir le peuple, la palabra y el concepto, en la ideología comunista.
Pudiera ser, con todo, que el temor a la competencia china hubiera constituido un factor importante en la liquidación del imperio policíaco, y en este caso se trataría desde luego de algo más que una simple maniobra o una concesión temporal. Pero en vista de que no ha tenido lugar ningún cambio ideológico similar, de suerte que el objetivo último de dominación mundial por la guerra y la revolución ha permanecido invariable, se trata de bastante menos que de un cambio estratégico. Es una retirada táctica, y hay indicios de que Kruschev ha dejado la puerta bien abierta, de forma muy deliberada, al restablecimiento del terror pleno, así como a la recurrencia de superpurgas. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com