La razón del mal (fragmento)Rafael Argullol

La razón del mal (fragmento)

"La paulatina disminución del número de forasteros, hasta llegar a su práctica desaparición, constituyó un hecho penoso por cuanto acrecentó en los ciudadanos la idea de habitar una ciudad marcada. Nadie la visitaba por placer y los que lo hacían por obligación, debido a los vínculos comerciales que mantenían, se limitaban a estancias precipitadas. El Consejo de Gobierno consiguió asegurar el intercambio mercantil pero, fuera de este aspecto fundamental para la población, fracasó en sus intentos de restablecer una imagen de normalidad a los ojos exteriores. Excepto a algunos aventureros curiosos y a algunos voluntarios del humanitarismo, que se ofrecieron a colaborar, a nadie se le ocurría viajar a la ciudad marcada.
Aunque era un hecho difícil de aceptar con resignación nada podía hacerse para evitarlo. El estigma, al propagarse más allá de las fronteras, infundía temor y ahuyentaba a los visitantes. Sin disimular la rabia que esto producía hubo, sin embargo, que admitir la coherencia que entrañaba. Lo realmente incoherente era que el espíritu de la fortaleza también actuara en sentido inverso: nadie salía de la ciudad. No hubo explicación capaz de justificar esta actitud y, lo que resultaba más asombroso, nadie la ponía en entredicho. Fue un proceso lento que fue afirmándose a medida que transcurría el invierno. En las primeras semanas, tras estallar la crisis de los exánimes, los hábitos apenas se modificaron y la gente abandonaba la ciudad según los ritos acostumbrados. Viajaba, como lo había hecho siempre, o acudía a la casa de fin de semana. Luego se redujeron los ritmos, con salidas cada vez más esporádicas. Finalmente, a no ser a causa de una urgencia, se produjo una renuncia drástica a emprender cualquier viaje. Cuando, debido al crecimiento del mal, parecía más aconsejable la huida, la ciudad, concentrada en sí misma, ejercía una atracción insuperable sobre sus habitantes. Un muro, tan invisible como invulnerable, rodeaba férreamente su perímetro, separándola del mundo exterior y recluyéndola en el suyo propio.
En el interior de la fortaleza todo transcurría entre la oscuridad de la rutina y los relámpagos de la agitación. La vida, estrechando su silueta, se había hecho mínima, elemental, una sombra de su significado. Las normas excepcionales, con las que se había tratado de contener la situación excepcional, la habían despojado de ornamentos, mostrándola en su seca desnudez. Acabado abruptamente el banquete el convidado, antes seguro de su suerte, se había visto transformado en un harapiento mendigo al que correspondía alimentarse con las migajas. Y el mendigo aprendía a serlo, adaptándose obedientemente a su recién inaugurada miseria, sin dejar de soñar en aquel banquete del que, en un tiempo muy próximo, creía participar.
La nueva miseria, sometida a la disciplina, conducía a la mansedumbre pero, simultáneamente, el sueño del mendigo excitaba las acusaciones y las esperanzas. Se buscaban febrilmente los orígenes del mal que había cercenado la opulencia de la vida y, cada vez con mayor desprecio, se rechazaban cuantas explicaciones razonables trataban de dar las autoridades. Los caminos de la ciencia, que hasta entonces no habían llevado a ninguna parte, extraviándose en la espesura de las promesas incumplidas, fueron juzgados abiertamente como callejones sin salida en los que cualquier posibilidad de salvación quedaría atrapada sin remisión. Como consecuencia, muy pronto pareció aconsejable recurrir a otros caminos.
Los templos se llenaron. Hacía tanto tiempo que esto no sucedía que la mayoría de los nuevos fieles tardó en familiarizarse con las ceremonias litúrgicas. La religión no formaba parte de las necesidades anteriores y, si bien había sido conservada como se conservan las antiguallas respetables, apenas tenía influjo alguno. Dios vagaba perezosamente entre vapores de incredulidad. No era negado pero tampoco tomado en consideración, con la salvedad de breves momentos en que era invocado más por costumbre que por convicción. En aquellos días, despertando del sopor al que había sido destinado, resurgió como gran protagonista y arrastró a la multitud hacia sus dominios.
Dios era la palabra con que el renacido fervor trataba de conjurar el mal. Al principio esto desconcertó a los propios sacerdotes que, aunque veían con agrado el renacimiento de la fe vacilaban ante su misión. Tras largos años al servicio de un jardín baldío les costaba apreciar el vigor de la inesperada floración. Era como si hubieran olvidado el poder que, en otras épocas, habían detentado. Muchos sacerdotes, con sus liturgias repetitivas, decepcionaron a aquellos feligreses ávidos de escuchar soflamas acusadoras y apologías de la esperanza. Otros, sin embargo, aprendieron con rapidez la alquimia que se les demandaba y, muy pronto, algunos templos gozaron de un prestigio especial. "



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