Flores de ruina (fragmento)Patrick Modiano

Flores de ruina (fragmento)

"Jacqueline había alquilado una habitación en uno de esos grupos de edificios del boulevard Kellerman construidos antes de la guerra en el lugar donde antiguamente había habido fortificaciones. Gracias a credenciales de estudiantes falsas, podíamos comer —por 5 francos— en el restaurant de la Ciudad Universitaria: el comedor estaba en el enorme hall artesonado de un edificio que evocaba los hoteles de Saint—Moritz o de Cimiez.
Varias veces pasamos jornadas y noches enteras sobre el césped o en los vestíbulos de los diferentes pabellones. Incluso había un cine y una sala de teatro dentro de la ciudad.
Era como un lugar de veraneo o una de esas concesiones internacionales tal como existían en Shangai. Esa zona neutra, en los márgenes de París, aseguraba a sus residentes la inmunidad diplomática. Cuando franqueábamos la frontera —con nuestras credenciales falsas—, estábamos al abrigo de todo.
Conocí a Pacheco en la Ciudad Universitaria. Ya lo había detectado algunos meses atrás. En enero de ese año, había nevado mucho y la Ciudad parecía una estación de deportes invernales. Me había cruzado varias veces en el boulevard Jourdan con un hombre de unos cincuenta años vestido con un abrigo marrón desteñido y con mangas demasiado largas, con un pantalón de terciopelo negro y zapatos para nieve. Sus cabellos eran oscuros y estaban tirados hacia atrás, sus mejillas mal afeitadas. Caminaba con circunspección, como si tuviera miedo de resbalar sobre la nieve a cada uno de sus pasos.
En el siguiente mes de junio ya no era el mismo. Su traje beige, su camisa celeste cielo y sus zapatos de gamuza parecían completamente nuevos. Sus cabellos más cortos y sus mejillas lisas le daban un aspecto juvenil. ¿Empezamos a conversar en la cafetería de la Ciudad Universitaria cuyas ventanas se abrían sobre el boulevard Jourdan? ¿O fue enfrente, en la cervecería Babel? Más bien en la cafetería, me parece, por ese ambiente de aeropuerto indisociable, para mí, de Pacheco: decorado de plástico y de metal, idas y venidas de personas que hablaban todas las lenguas, como si fueran pasajeros en tránsito. Por otra parte, Pacheco tenía ese día un portafolios de cuero negro. Y me había explicado que trabajaba en Air France, sin que yo comprendiera bien si era auxiliar de vuelo en una línea aérea o si trabajaba en el aeropuerto de Orly. Ocupaba una habitación en el pabellón de las Provincias Francesas. Y como yo me asombraba de que a su edad pudiera vivir en la Ciudad Universitaria, me mostró una credencial de estudiante que especificaba que estaba inscripto en la Facultad de Ciencias del Mercado de los Vinos.
No me atreví a decirle que ya lo conocía de vista. ¿Y él me habría observado durante ese invierno? ¿Esperaba que yo le hiciera más preguntas? ¿O estaba convencido de que yo no podía asociar a esa especie de mendigo que calzaba zapatos para nieve con el hombre que tenía frente a mí? La mirada azul no dejaba adivinar ninguno de sus pensamientos.
La silueta de sobretodo marrón desteñido y de paso dubitativo había desaparecido con las nieves de invierno. Y nadie se había dado cuenta. Salvo yo. "



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