El día menos pensado (fragmento)Andreu Martín

El día menos pensado (fragmento)

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El Indio remoloneó hasta colocarse bien cerca del taxi vacío, del que salía la voz monótona de un locutor leyendo las últimas noticias. El Ayuntamiento de Arbúcies había convocado un referéndum para aprobar el ensanchamiento de un puente; sólo el 33 por ciento de los vecinos acudió a las urnas. El Indio abrió la puerta de atrás del taxi y con un cabezazo le indicó a Merche que montara. La chica obedeció y se quedó allí, hundida en el asiento, enfurruñada, chupándose el dedo pulgar y pensando muy fuerte, muy fuerte, que a ella nadie le hacía caso, que todos la odiaban y que quería matarlos a todos, y que lo haría en cuanto le dejaran un arma.
El Indio se puso al volante. Los vecinos de Arbúcies opinaban que el alcalde había convocado aquel referéndum porque estaba directamente implicado en el ensanchamiento del puente. Al Indio le traían sin cuidado Arbúcies, sus puentes y sus alcaldes. El taxista no se había dejado las llaves en el contacto. A los Consol igual no se les ocurría quitárselas al taxista. No importaba: haría el puente y así lo tendrían todo a punto para salir de estampía. En lugar de hacer el puente, el Indio rebuscó en torno al asiento hasta encontrar el arma de aquel taxista. Todos los taxistas van armados, por si los manguis. Encontró una barra de hierro que debía de medir más de un metro y que terminaba en un gancho afilado. Parecía el extremo de una de esas manivelas con que se sacan los toldos de las tiendas, sólo que alguien la había aserrado y había afilado la punta para convertirla en arma peligrosa. Le habían puesto también un mango de cuero que se amoldaba a la mano, con una abrazadera en torno a la muñeca para que el arma nunca cayera al suelo. Al Indio le gustó y decidió quedársela. Se había creado un consorcio integrado por el Institut Català de la Salut (ICS), el Hospital de la Santa Cruz y el Ayuntamiento de Vic para salvar a una residencia de la Seguridad Social. El Indio se puso la barra de hierro sobre los muslos, sacó su navaja automática, la abrió chasc, con aquel chasquido que tanto le emocionaba, se extasió un segundo ante su hoja limpia, brillante y afilada, y procedió a cortar los hilos, bajo el volante, para hacer el puente. "



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