Hijo de Dios (fragmento)Cormac McCarthy

Hijo de Dios (fragmento)

"Ballard cruzó la montaña hasta el condado de Blount un domingo por la mañana a primeros de febrero. Había un manantial en la ladera de la montaña que emergía de la piedra sólida. De rodillas en la nieve entre las huellas de pájaros y de ratones, Ballard acercó la cara al agua verde, bebió y estudió su curtido semblante en la charca. Aproximó la mano hacia el agua como si quisiera tocar la cara que estaba observando y se levantó, se secó la boca con la mano y siguió andando por el bosque.
Era un bosque viejo y de vegetación abundante. Hubo una época en el mundo en la que los bosques no pertenecían a nadie y todos formaban parte de ellos. En la ladera de la montaña pasó junto a un álamo que había sido derribado por el viento como si de un tulipán se tratara y que sostenía con fuerza en lo alto de las raíces dos piedras del tamaño de dos carros; lápidas enormes sobre las que sólo había escrito un cuento de mares desaparecidos, conchas de camafeo y peces grabados en cal. Ballard vagaba entre los troncos de árboles góticos y se le podía ver muy fácilmente por la ropa de talla gigante que llevaba puesta, vadeaba montones de nieve que le llegaban a la altura de la rodilla, al tiempo que se dirigía hacia la cara sur de un acantilado de piedra caliza bajo el que los pájaros arañaban con las uñas cuando se detenían a observar.
No había rastro de huella alguna en la carretera cuando Ballard llegó a la misma. Ballard bajó hasta allí y continuó caminando. Era casi mediodía y el sol producía un reflejo cegador en la nieve y la nieve brillaba como si fuera un cristal miríado e incandescente. Un velo de nieve envolvía la carretera y ésta se disipó ante él, que casi se había perdido entre los árboles; un riachuelo fluía a un lado de la carretera, oscuro entre bloques de hielo; bajo las raíces de los árboles se formaban pequeñas cavernas de las que colgaban colmillos de cristal donde el agua se filtraba de forma invisible. Entre la maleza helada que había a ambos lados de la carretera se podía ver cómo se enroscaban hileras de escarcha, que desbordaban todo lo imaginable. Ballard cogió un trozo y se lo comió mientras andaba con el rifle echado al hombro; la nieve se había pegado con fuerza a sus inmensos pies a pesar de que se los había envuelto con un par de bolsas.
A medida que se iba acercando a la casa y en medio de un gran silencio pudo ver cómo una densa columna de humo ascendía en espiral desde una chimenea. Había huellas de coche en la carretera que no habían sido cubiertas por la nieve durante la noche. Ballard continuó bajando la montaña, pasó junto a más casas y junto a las ruinas de una curtiduría, hasta que llegó a una carretera por la que algún vehículo acababa de pasar; las huellas de ruedas con cadenas describían curvas en el manto blanco que cubría el suelo del bosque y un río verde jade describía curvas en dirección a las montañas del sur.
Cuando llegó a la tienda, se sentó en una caja que había en el porche y con la navaja cortó el cordel que le rodeaba las piernas y los pies, se quitó las bolsas, las agitó, las colocó encima de la caja junto con los trozos de cordel y se puso de pie. Llevaba puestos unos zapatos que le estaban más grandes de lo normal. Había dejado el rifle bajo el puente al cruzarlo. Golpeó el suelo con los pies, abrió la puerta y entró.
Había un grupo de hombres apiñados junto a la estufa que dejaron de hablar cuando le vieron aparecer. Ballard se fue hacia la parte de atrás de la estufa mientras saludaba ligeramente con la cabeza a los inquilinos de la tienda. Acercó las manos al calor que desprendía la estufa y miró con indiferencia a su alrededor. "



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