La camarera de Bach (fragmento)Antonio Gómez Rufo

La camarera de Bach (fragmento)

"Johann Sebastian Bach era un hombre cercano a los sesenta y cinco años en aquel febrero de 1750, pero por la torpeza que le causaba su ceguera y el exceso de peso que le obligaba a doblar sus espaldas como si le pesara demasiado la vida, aparentaba algunos más. Si hubiese debido juzgarle por sus cabellos alborotados y resplandecientes como de nieve azulada, sus labios gruesos y pálidos, aquel rostro que denotaba un profundo abatimiento por la rutina a la que estaba condenado, sus arrugas en torno a los ojos muertos y su frente despejada, su barbilla hundida y su nariz enrojecida por los afluentes de mil minúsculos ríos de sangre disputándose sitio en lo más prominente de ella, Madlene hubiese calculado en él la edad de un anciano que tantea con el bastón de sus deseos la orilla del panteón en donde buscar ser enterrado tras morir con la mayor de las urgencias. Pero la escasa luz de la estancia, unida a la bondad de una sonrisa amable que de repente iluminó su cara con la inesperada visita, le hizo guardarse la opinión hasta más adelante, descartando juzgar a quien, pareciéndole moribundo, sonreía como un adolescente tras una travesura. De ello se dio cuenta Madlene en cuanto estuvo ante él, mientras era presentada por Anna.
—Te traigo a tu ayuda de cámara, Johann. Se llama Madlene y nos la envía el bueno de Schoenberg para que te atienda en lo que necesites. Estoy convencida de que te va a gustar.
—Si tú lo dices, esposa. ¿Es de tu agrado?
—Por completo.
—Entonces también lo será del mío, ¿no es así?
—Sí. Estoy segura. —Anna se volvió para salir de la estancia—. Ahora te dejo con ella para que la vayas conociendo.
Madlene, de nuevo tan intimidada como lo estuvo poco antes con Anna Magdalena, se quedó a solas con Bach en la gran sala que ocupaba la biblioteca de la casa. Las paredes recubiertas por estanterías repletas de libros y papeles garabateados por partituras musicales daban a la habitación un aspecto lúgubre y mortecino, también quizá porque los dos grandes ventanales estaban cubiertos por gruesas cortinas de terciopelo que impedían la entrada al más tímido de los rayos de luz. Tan sólo una lámpara de aceite y un candelabro con tres velas situado al fondo permitían distinguir los perfiles del maestro, y un olor fuerte a papel viejo y a tinta reseca lo impregnaba todo. Al cabo de un rato, cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, Madlene pudo distinguir con más claridad los rasgos del rostro de su señor y entonces comprobó que, a pesar de su edad, sus facciones eran agradables, al igual que la sonrisa con que la recibía, y que la piel de su cara permanecía más tersa de lo que las sombras de la penumbra le habían dado a entender, una tersura que le rejuvenecía bastantes años con respecto a su primera impresión. No sabría calcularlo, tampoco se detuvo demasiado tiempo a hacerlo, pero en aquel momento le pareció más joven que el señor Schoenberg, a quien había servido hasta entonces. Puede que su nuevo señor no rebasara por mucho los cincuenta años. De todos modos, sabido es que siempre es más fácil formarse una idea de alguien más joven del que calcula que de alguien mayor, alguien que cuenta con unos años a los que todavía no se han llegado. Y más difícil aún si se trata de una edad que, por distancia y lejanía, resulta imposible vislumbrar en el horizonte. A Madlene, al menos, le sucedía eso, de tal modo que no se ocupó de gastar su tiempo en adivinarla. "



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