De lo sublime (fragmento) Longino

De lo sublime (fragmento)

"Recordarás, mi querido Postumio Terenciano, que cuando estudiamos juntos el breve texto sobre lo sublime que escribió Cecilio, no lo encontramos a la altura de la materia, cuyos puntos esenciales apenas mencionaba, y vimos que no podía ser de mucha utilidad a los lectores, lo cual debe ser el primer objetivo de quien escribe. Todo estudio sobre arte requiere dos cosas indispensables. La primera, acotar la materia que tratará, y la segunda en orden cronológico, pero la más importante por su valor, mostrarnos el modo de aprenderla. Ahora bien, Cecilio se esfuerza en explicar qué es lo sublime mediante ejemplos incontables, como si nuestra ignorancia así lo exigiera, pero nada dice de los medios para obtener, cada cual según su carácter, cierto tono elevado. Deja de lado, por innecesaria, cualquier alusión al respecto, cosa que no comprendo. Con todo, puede que este autor no deba ser tan censurado por sus carencias, como elogiado por su designio y su aplicación. Pero, ya que me has exhortado, como favor personal, a que yo mismo escriba también sobre lo sublime, veamos si entre nuestras investigaciones hay algo que pueda ser útil a los hombres que han de expresarse en público.

Tú mismo, querido, habrás de examinar, conforme a tu talento y a lo que requiere la materia, cada detalle de mi exposición con la más rigurosa imparcialidad. Habrás de examinar pues, como bien contestó aquél a quien preguntaron qué nos hace semejantes a los dioses: el bien obrar y la verdad. Por lo demás, amigo mío, como escribo para ti, alguien con instrucción y conocimiento, casi me siento autorizado a no detallar que lo sublime es una elevación y culmen del lenguaje, y que los poetas y los más grandes autores no se valieron de otro modo para alcanzar su preeminencia y renombre inmortales. Pues las cosas extraordinarias no convencen al auditorio, sino que lo conducen al éxtasis. Lo maravilloso y sobrecogedor siempre vence a lo que apunta sólo a persuadir y complacer. Porque la persuasión depende de nosotros mismos, mientras que el poder y la fuerza de lo sublime se impone sin resistencia a todo el auditorio. La habilidad de la invención, y el orden y administración del argumento, no se perciben en un pasaje o dos: sólo se hacen visibles desde la totalidad del tejido discursivo. En cambio, lo sublime que irrumpe en sazón devasta como un rayo todo lo establecido y muestra en su plenitud el poder del orador. Estas reflexiones y otras semejantes podrías hacer tú mismo, querido Terenciano, a partir de tu propia experiencia.

De entrada es preciso determinar si existe un arte de lo sublime y de lo profundo. Algunos piensan que someter tales magnitudes a la normativa del arte es un autoengaño. La grandeza es innata, dicen, no se aprende, y no existe otro medio de acceder a ella que haber nacido poseyéndola. Toda obra de la naturaleza, piensan, degenera y se vuelve deleznable si se esquematiza conforme a la doctrina del arte. Por mi parte, sostengo que prevalecerá la convicción contraria si se observa que la naturaleza, aunque sigue sus propias leyes en las expresiones de emoción y elevación, no lo hace sin objetivo ni método, porque aunque ella misma sea el principio original que subyace en todo, el método determina las cantidades y momentos oportunos, y establece las prácticas y usos que convienen. La grandeza dejada a su merced, desvinculada del estudio, sin apoyo ni lastre, entregada a su impulso y temeridad ignorante, corre el mayor peligro, pues a cada paso necesita espuela y freno. Lo mismo que Demóstenes opinaba respecto a la vida del común de la humanidad, que el mayor de los bienes es la buena fortuna, y el segundo, no menos importante, el decidir bien, sin lo cual es imposible el primero, puede decirse del discurso. Aquí, la naturaleza equivaldría a la buena fortuna, y el arte, a la toma de buenas decisiones. Lo importante es que hay elementos del discurso que son exclusivamente de la naturaleza y no se pueden aprender de otro modo que mediante el arte. "



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