Aventuras bélicas del sargento Ash (fragmento)Hans Hellmut Kirst

Aventuras bélicas del sargento Ash (fragmento)

"Vierbein se encontró suficientemente informado. Escuchó las irrespetuosas observaciones de los «valientes». Y aunque se abstuvo de expresar la menor conformidad, tampoco dejó entrever censura alguna. En sus años de servicio, prolongados por las campañas guerreras del Führer, había llegado a comprender, al menos, que entre cuartel y frente había muchas cosas sobre las cuales convenía callar.
Encargó una tercera ronda y se retiró después, para poder presentarse a tiempo, «a primera hora de la tarde» como le habían ordenado, en el puesto de mando de la batería de reserva. Allí, en la antesala, esperó paciente una hora, con el buen porte que le era habitual, hablando poco y dispuesto a cumplir. Al fin, pudo cuadrarse ante el primer teniente Schulz.
Schulz, en plena posesión de su dignidad, estaba sentado ante la misma mesa escritorio y en la misma habitación desde donde una vez, Luschke, siendo comandante del destacamento, había dominado su cuartel hasta el último rincón. Schulz parecía muy bien enterado de ese puesto de honor. Además se preocupaba de que no se dudara en absoluto de que se lo había ganado como nadie. Erguido estaba en su asiento como en un trono, los brazos ampliamente extendidos, llegando casi a alcanzar con sus manos las esquinas del escritorio.
Vierbein dio su informe. Hablaba en voz baja y clara, pero sin lentitud alguna. Porte y presentación respondían exactamente a las normas apenas modificadas de la época del bendito Guillermo.
Schulz escuchó, no sin experimentar cierto placer, aquel concierto de solo militar, asintiendo al final con la cabeza, en señal de aprobación.
—¡No ha olvidado nada! —dijo—. Pero tampoco esperaba otra cosa, Vierbein. El que ha pasado una vez por mi escuela, sigue cuadrándose hasta en la fosa común... o no merece llevar el mismo uniforme que llevo yo.
Después de haber explicado lo que le pareció absolutamente necesario, el primer teniente dejó al cabo de pie donde y como estaba.
Schulz hojeaba papeles y hacía como si estuviese pensando intensamente. Pero aun así, sabía exactamente lo que iba a decir; lo había pensado larga y, como él creía, profundamente.
—Las peticiones del regimiento Luschke están formalmente en orden —dijo el primer teniente, no sin haber aclarado antes que, si bien de un modo transitorio, representaba con todos sus poderes al comandante, ocupado en los preparativos de su boda.
Hizo después una pausa estudiada, contempló a Vierbein atravesándole con la mirada, acechó por la ventana y después volvió a mirar con insistencia sus papeles esparcidos. Quien le observara sin suspicacia ni experiencia alguna en el trato de los superiores, tenía que suponerle debatiéndose por las últimas decisiones.
—Formalmente —dijo Schulz una vez más con gran parsimonia—está todo en orden. Así que, en teoría, la entrega de personal y material podría efectuarse inmediatamente. Pero yo soy hombre práctico, Vierbein. El cabo no osaba replicar. Indiscutiblemente Schulz era un hombre práctico; sólo que no todos entendían por igual esta expresión.
—Así, pues, tendré que informar al coronel Luschke... —dijo Vierbein comedido.
—... que todo está en perfecto orden —le interrumpió Schulz.
Ahora el cabo ya no comprendía nada y tuvo la franqueza de decirlo.
Schulz sonrió con aire superior, pero sin el rastro más leve de amabilidad. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com