La justificación del bien (fragmento)Vladimir Soloviov

La justificación del bien (fragmento)

"Las diferentes transformaciones de la fórmula utilitaria no la hacen más convincente. Así, partiendo del concepto de utilidad como satisfacción duradera, puede afirmarse que la felicidad personal no procura una satisfacción duradera, puesto que está relacionada con objetos contingentes y pasajeros, mientras que el bien común de la humanidad, en cuanto que también se halla en relación con todas las generaciones futuras, es un objeto que permanece invariablemente, por lo que servirlo puede satisfacer de manera duradera. Si este argumento está dirigido a «cada uno», resulta que cada uno puede objetar lo siguiente: «Aunque la consecución de mi felicidad personal no me dé una satisfacción duradera, el preocuparme por la felicidad de la humanidad futura no me da ninguna satisfacción, porque no me puedo satisfacer en modo alguno con un bien que, si llega a existir alguna vez, existirá en todo caso no como mi bien, porque yo, entre otras cosas, posiblemente no existiré; por eso, si mi bienestar personal no me es útil, tanto menos el bienestar general: ¿cómo puedo buscar una utilidad propia en aquello que a ciencia cierta no voy a utilizar?»
El verdadero pensamiento al que tiende el utilitarismo en sus mejores representantes es la idea de una solidaridad de toda la humanidad, como consecuencia de la cual el bienestar particular de cada uno está en relación con el bienestar general. Pero esta idea no echa sus raíces en el suelo del utilitarismo y no se sitúa, en cuanto principio práctico, dentro de los límites del esquema mental utilitarista y eudemonista en general. Incluso se puede admitir plenamente la verdad de la solidaridad universal y de las consecuencias que se derivan de ella como un orden natural de las cosas, sin que se derive de aquí, sin embargo, ninguna norma moral para la propia conducta. Así, por ejemplo, un rico libertino, que vive exclusivamente para su propio placer y nunca pone el bien de su prójimo como fin de sus acciones, sin embargo puede señalar, y no sin fundamento, que en virtud del curso natural de las cosas su lujo refinado contribuye al desarrollo de la industria y el comercio, las ciencias y las artes, y da trabajo a muchos necesitados.
La solidaridad universal, como ley natural, existe y actúa a través de los individuos independientemente de su voluntad y de su conducta, y si yo, al preocuparme sólo de mi utilidad personal, contribuyo involuntariamente a la utilidad general, ¿qué más se puede exigir de mí desde el punto de vista del utilitarismo? Pero, por otra parte, la solidaridad universal no es ni de lejos lo mismo que el bienestar general. Del hecho de que la humanidad sea solidaria en sí misma no se sigue en modo alguno que haya de ser necesariamente feliz: la humanidad puede ser solidaria en las desgracias y en la ruina. Por eso, si he hecho de la idea de la solidaridad universal la norma práctica de mi comportamiento, y en virtud de ella sacrifico mis ventajas personales al bien común, pero resulta ahora que la humanidad está condenada a la destrucción y su «bien» es un engaño, ¿cuál será la utilidad de mi sacrificio para mí y para la humanidad? Así pues, aunque sea posible la idea de una solidaridad universal, en el sentido de una norma práctica, vincularla intrínsecamente con el principio del utilitarismo sería para éste completamente inútil. "



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