La joven del cascabel (fragmento)Andrea Camilleri

La joven del cascabel (fragmento)

"Cuando el domingo llegaron los cabreros, Giurlà les explicó que durante todo el verano debían ir directamente a su casa, sin pasar por el lago, donde ya todo estaba dispuesto para la llegada de la marquesita. En la orilla había una gran tienda circular y otra más pequeña. Las dos tenían una especie de puerta de tela que se cerraba y abría con una hilera de cinco grandes botones. La barquita, sin remos, estaba justo en la ribera, bastaba un empujón para hacerla bajar al agua. Esa misma tarde, cuando acababa de salir para comer, vio que Beba pegaba un salto hacia delante y cogía con los dientes algo que estaba entre la hierba, en el lugar donde él se sentaba bajo el árbol. Beba levantó la cabeza, sujetando aún en la boca lo que había mordido, y Giurlà comprendió que se trataba de una víbora. Era la segunda o tercera que veía, pero siempre en el lugar donde llevaba las cabras a pastar. Esto significaba que las había también por aquella zona. Se agachó, cogió la víbora ya muerta y la tiró lejos.
Cuando terminó de comer, tuvo una idea. Dudó un poco, pero luego se decidió. Entró en la casa, arrancó una hoja de un cuaderno, cogió el lápiz y escribió:
Mirad bien cuando entráis en las tiendas si hay víboras.
Lo releyó, no le sonaba bien, seguro que había algún error gramatical. No quería hacer un papelón con Anita. Cogió el libro de Lucrecio y se puso a mirarlo. Cada vez que encontraba las palabras correctas, las escribía aparte.
La nueva nota, escrita en noche cerrada, quedó así:
Mirad bien cuando entréis en las tiendas porque hay víboras.
Bajó al lago, metió la nota entre dos botones y se fue a dormir.
Al día siguiente, por la tarde, encontró colgada con un alfiler en la puerta de su casa la misma hoja que había empleado. En la cara blanca ahora estaba escrito: «Gracias».
Una semana después encontró otra hojita:
¿Puedo llevarme conmigo a su bella y simpática cabrita cuando voy en barca?
Al principio, le dieron ganas de decir que no. No sabía cómo se habría tomado Beba la cosa, nunca había estado en una barca sobre el agua, quizá le daba miedo. Pero reflexionó que no habría podido excusarse, no se podía negar un placer a la hija del marqués, que podía tomárselo a mal. Además, estaba seguro de que Anita estaría atenta a Beba. Por eso dio vuelta a la hoja, escribió «Sí» y fue a dejarla donde había puesto la primera.
Cuando a la tarde siguiente abrazó a Beba, sintió que su pelo tenía una fragancia extraña. ¿Qué era? La olió centímetro a centímetro para entenderlo. Y, de pronto, se dio cuenta. Solo podía ser el perfume de Anita; se ve que había mantenido estrechada a Beba mucho tiempo.
Fue precisamente este perfume que cada noche sentía en Beba el que le hizo entrar una enorme curiosidad por ver cómo era en persona la hija del marqués, dado que solo la había visto una vez en una fotografía. ¿Qué mal había? La miraría de lejos.
Un día se levantó a las cuatro de la mañana, fue al rebaño de Giuvanni, que era el más cercano y volvió cuando eran las nueve. El carruaje aún no había llegado. Beba lo miró extrañada, no estaba habituada a verlo a esa hora de la mañana.
—Bee.
—Nada, nada. Quédate aquí.
Pero cuando Giurlà empezó a bajar hacia el lago, ella comenzó a seguirlo. No, no podía estar con él, lo descubrirían. Su intención era ocultarse detrás de alguna mata de hierba silvestre y ver a Anita cuando llegase. Pero tenía que librarse de Beba como fuera. Entonces se dirigió al establo y le dijo:
—Quédate aquí y juega con el caballo.
—Bee.
¿Estaba de acuerdo o no? En cuanto Giurlà salió, ella hizo lo mismo. No estaba de acuerdo. ¿Por qué no quería jugar? ¿Acaso había comprendido sus intenciones y estaba celosa?
—Te dije que jugaras con el caballo.
—Bee.
Había dicho que no. En efecto, se quedó quieta, mirándolo.
Entonces se acercó para cogerla por un cuerno, pero ella, que estaba atenta a cualquier mínimo movimiento suyo, primero pegó un salto hacia atrás y luego se alejó unos pasos.
—¡Ven aquí!
—Bee.
Y no se movió. Tendría que recurrir al engaño, no había otro camino. Giurlà le dio la espalda y fingió marcharse, pero cuando oyó que Beba estaba detrás de él, se volvió de golpe para cogerla. Ella fue más rápida, se asustó y comenzó a correr, perseguida por Giurlà. No hubo manera de agarrarla. En un momento dado, sin aliento, tuvo que sentarse en el suelo. Desde allí vio que el carruaje había llegado. Seguro que ahora la criada iría a recoger a Beba. No quería dejarse ver.
Corrió a la casa y cerró la puerta. Al cabo de un rato, oyó que una persona caminaba cerca, iba al establo y daba la vuelta a la casa, y luego aún a una mujer que gritaba:
—¡No encuentro a la cabra! ¡No está!
Desde el lago, llegó otra voz femenina, de una joven:
—Tranquila. Olvídalo.
Dejó pasar un poco de tiempo, luego abrió despacio la puerta. Lo primero que vio fue a Beba, que lo miraba. Le pareció que sonreía, burlándose de él.
—Está bien, ganas tú, no bajo al lago —dijo.
Beba se acercó y le lamió una mano.
—¿En paz?
—Bee.
Aquella noche Beba volvió a tener su olor de siempre. Y Giurlà no sabía si debía disgustarse por ello o no.
El último día de julio, que era un miércoles, estaba yendo del rebaño de Turiddru al de Giuvanni, eran casi las diez de la mañana, cuando el tiempo, que era bueno y cálido, de pronto, en un santiamén, cambió y se puso malo. El cielo, un momento antes claro, sereno y limpio, se cubrió a traición de nubes bajas, pesadas y negras, parecía que hubiera caído la oscuridad de la noche, y se levantó un viento frío y furioso, tan fuerte que doblaba las ramas de los árboles. Tres años antes había habido un temporal así, un domingo que él estaba en el lago con Damianu y los otros cabreros, y había visto que las aguas se agitaban peligrosamente, pero no como ocurría con el mar: aquí toda la superficie del lago era atravesada por corrientes que venían de direcciones contrarias y chocaban con fuerza. De inmediato pensó en Anita en la barquita con Beba y entonces espoleó a la mula para que se pusiera a correr como una desesperada, aunque el animal estaba un poco asustado por lo que estaba ocurriendo. Cuando, tres cuartos de hora después, llegó a la curva desde la que se veía el lago, se le encogió el corazón. La barquita bailaba, vacía, en medio de las aguas enfurecidas. De un momento a otro, se hundiría. La tienda ya no estaba, el viento se la había llevado vete a saber dónde. Ahora la tempestad arreciaba, llovía fuerte, los relámpagos deslumbraban, los truenos eran cañonazos y el viento contrarrestaba la carrera de la mula, era como la invisible mano de un gigante que la empujase hacia atrás; en cualquier caso, la mula lo consiguió. Él se bajó delante de la puerta del establo para correr al lago, pero se quedó paralizado. Dentro estaban Anita, Beba y una mujer cuarentona, las tres empapadas y despavoridas. "



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