El color del sol (fragmento)Andrea Camilleri

El color del sol (fragmento)

"Cuando todavía no se había divulgado mi caída en desgracia en Malta y siendo por tanto a todos los efectos un caballero de la Orden y, como tal, limpio de la culpa de homicidio, Minniti se sirvió de sus dotes de locuacidad para convencer al Senado de la ciudad y al obispo Orosco de que me hicieran un encargo. Orosco me encargó por tanto un Entierro de Santa Lucía para la iglesia dedicada a la santa que se levantaba en la localidad de Porto Piccolo. También pude encontrar alojamiento en el convento cercano, muy poco ocupado, pues estaban reconstruyéndolo tras haberlo tenido abandonado mucho tiempo...
...La probable, mejor dicho, segura privación del hábito me devolverá nuevamente a la persecución papal, que será mucho más dura a causa de la indudable expulsión de la Orden y de mi fuga. Hace unos días Minniti fue abordado por un emisario del Priorato, el cual díjole con muchos circunloquios que, si regresara a Malta y me entregara a la justicia del Gran Maestre, la condena sería menos ignominiosa. No me fío, no quiero regresar a Malta, ellos han considerado mi fuga como una afrenta suprema a su autoridad. Me he visto obligado por tanto a salir del convento sólo para ir a la iglesia de Santa Lucía...
...Después de noches y noches sin pegar ojo, con el pensamiento siempre puesto en qué destino me habría librado de la condena dictada por Malta y dónde podría encontrar refugio para huir tanto de los guardias del Papa como de la ciertamente fiera venganza de los Caballeros, ocurriome un hecho. Caída la noche, estaba a punto de acostarme cuando oí un gruñido procedente de la ventana, que es baja, pues mi celda se encuentra a ras del suelo. A la luz de la vela, vi que saltaba dentro un perro negro de los más grandes que jamás hubiera visto, con el pelaje erizado, unos ojos tan rojos que parecían brasas, los amenazadores dientes al descubierto y una baba blanca que le salía de la boca. Encogiendo el cuerpo, se preparó para abalanzarse sobre mí. Asiendo el puñal que había encima de la mesa, en cuanto el perro saltó sobre mí apuntándome a la garganta con sus colmillos, yo prestamente me deslicé hacia atrás y, mientras él me pasaba por encima, le hundí el acero en el vientre y ampliamente lo rajé. Sentí desde la mano (ilegible, tal vez «propagarse») en todo mi ser aquella languidez de los sentidos que invade al hombre cuando con mujer se ha ayuntado, la misma que sentí cuando con el estoque maté a Ranuccio. El animal, que había quedado como ensartado en el aire mientras su sangre tan caliente como si estuviera hirviendo me mojaba el rostro y el pecho, se me derrumbó encima moribundo. Habiéndolo apartado de mí, caí en un agitado sueño que duró toda la noche. Cuando desperté, con el sol ya muy alto en el cielo, con espanto descubrí que el cadáver del perro había desaparecido y no quedaba rastro alguno de sangre ni en el suelo ni sobre mi rostro o mi pecho. ¿Todo había sido un sueño? Pues entonces, ¿por qué al despertar sostenía todavía el puñal en la mano?...
...He decidido que la pintura del Entierro tendrá en la parte anterior a los dos sepultureros que ayer vi en el cementerio mientras cavaban una fosa. Uno de ellos, al ver cómo yo observaba con atención su trabajo, se burló de mí diciendo si me complacería yacer en una fosa por ellos dispuesta. Le contesté que daba igual una fosa que otra, pero él me replicó no ser cierta tal cosa, pues cada muerto a de tener una a propósito. Yo haré que el cuerpo de la santa esté tendido a lo largo de la fosa recién empezada, como si sus sepultureros estuvieran tomando las medidas...
...Ayer, después de dos días y dos noches de lluvia, al pasar por el claustro tuve ocasión de contemplar una cabeza de hombre que parecía como decapitada en un charco de agua. Hirsuta, bajo el desordenado bigote mantenía la boca abierta como a causa de un profundo dolor, y se veían los dientes cariados y amarillentos. Cuando me moví, la cabeza del charco también se movió y entonces comprendí que era yo. No me había reconocido...
...esa vereda tan angosta que sólo puede pasar por ella un hombre a la vez y nadie recorre. Yo a menudo la atravesaba tanto para ir como para volver de la iglesia. Anteayer a la puesta del sol estaba en dicha vereda regresando al convento cuando de un ruinoso portón salió un ángel que, con las alas desplegadas, me impedían proseguir mi camino. La visión me pareció una buena señal, tanto más cuanto que el ángel sonreía y, cerrando las alas, se pegó al muro como para cederme el paso. Lo reconocí al acercarme. Era el mismo ángel jovencito que yo había pintado al lado de San Mateo. En cuanto estuve a su altura, hizo un gesto que me privó de repente de toda mi ropa, y con la punta del dedo me tocó la grave herida que años atrás me había infligido en el Campo de Marte el hermano de Ranuccio Tomassoni, mientras yo en vano trataba de sustraer a su furia a mi amigo Antonio de Bolonia. Nada más tocarme, la herida volvió a abrirse y de ella manó nueva sangre mientras yo me desplomaba y perdía el sentido a causa del insoportable dolor. Desperté mientras Minniti, que había acudido en mi busca, amorosamente me estaba cuidando y me preguntaba quién me había despojado de la ropa. Le dije que habían sido dos rateros, tanto más cuanto que la herida no parecía recién abierta. No pude dormir en toda la noche debido a un fortísimo dolor de cabeza...
...Esta mañana, al llegar a la iglesia para continuar el Entierro, he visto con gran estupor y turbación que el sobrepelliz del joven diácono que se ve al fondo en el centro, entre los dos sepultureros, de pie junto al cuerpo de la santa, que hacía tiempo que había pintado yo de color blanco, durante la noche se había vuelto de color rojo. Al final me he rendido y he tenido que adaptar a ese rojo los demás colores. "



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