La otra casa (fragmento)Henry James

La otra casa (fragmento)

"Tony paseó un minuto por el vestíbulo; después se dejó caer en un sofá con sensación de agotamiento y una repentina necesidad de descanso; se desperezó, cerró los ojos, contento de estar solo y, sobre todo, de tener la oportunidad de asegurarse de que era capaz de permanecer inmóvil. Deseaba demostrarse que no estaba nervioso; adoptó una posición con intención de no abandonarla hasta el regreso de la señora Beever. Su casa se encontraba en una extraña situación, con el almuerzo servido pomposamente y sin que nadie fuera capaz de sentarse a la mesa. La pobre Julia estaba en un apuro, la pobre Rose en otro y el pobre señor Vidal, que ayunaba en el jardín, en uno mayor que los dos anteriores. Tony suspiró al pensar en esta dispersión, pero siguió rígido y firme en el sofá. No quería comer solo y ni siquiera podía disfrutar de la compañía de la señora Beever. A continuación se le ocurrió pensar que menos aún podría disfrutar de la de su pequeña pariente, la muchacha que él había prometido enviar de vuelta a casa; ante lo cual soltó un suspiro, que en parte expresaba privación y en parte resignación, así como la triste conciencia de que en toda su saludable vida nunca había tenido menos ganas de comer. Sin embargo, entretanto, había conseguido dejar de pasear; le pareció que, al cerrar los ojos, había destruido la visión que lo había asustado. Se sentía más fresco, más aliviado, y disfrutaba con el olor de las flores en la penumbra. Cuando se abandonó a ella, le pareció curiosa la intensa sensación de lasitud; lo había asaltado repentinamente y era una clara muestra de cómo una alarma repentina —como la que, al fin y al cabo, había experimentado— despojaba a un individuo de la mitad de su vitalidad en una hora. Se preguntó si el resultado de aquel abandono, suponiendo que nadie lo molestara, no derivaría en una deliciosa pérdida de conciencia.
Nunca supo si se encontraba en plena esperanza o sumido ya en el sueño cuando oyó unos pasos que traicionaban un avance inseguro. Alzó los párpados y vio ante sí a la linda muchacha de la otra casa, a la que contempló unos instantes sin moverse. Advirtió de inmediato que se había despertado porque ella, sin hacer ruido y durante unos segundos, había posado los ojos en su rostro. La joven exclamó un sonrojado «¡Oh!», lamentando el efecto causado por su proximidad, que puso a Tony en pie de un brinco. "



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