La historia del señor Sommer (fragmento)Patrick Süskind

La historia del señor Sommer (fragmento)

"Aproximadamente a la mitad del trayecto —en este punto la carretera se alejaba un poco del lago para rodear una gravera detrás de la que empezaba el bosque— saltó la cadena. Por desgracia era un contratiempo frecuente, debido a un defecto del cambio de marchas que, por lo demás, funcionaba a la perfección: un muelle flojo que no tensaba la cadena. Yo había pasado tardes enteras tratando de resolver el problema, sin resultado. De modo que paré, bajé y me incliné sobre la rueda trasera, para soltar la cadena que había quedado aprisionada entre la corona dentada y el cuadro, y hacerla engranar otra vez moviendo los pedales. Estaba tan familiarizado con la operación que podía realizarla sin dificultad incluso a oscuras. Lo malo era que te ensuciabas los dedos de grasa. Por lo tanto, después de poner en su sitio la cadena, crucé al lado del lago para limpiarme las manos en las grandes hojas secas de un arce. Al doblar las ramas hacia abajo, pude ver todo el lago. Parecía un espejo grande y claro. Y, al borde del espejo, estaba el señor Sommer.
En un primer momento, me pareció que no llevaba zapatos. Después vi que el agua le cubría las botas y que estaba a un par de metros de la orilla, de espaldas a mí, mirando hacia el oeste, hacia la otra orilla donde, detrás de las montañas, aún quedaba una franja de luz de un blanco amarillento. Estaba plantado como un poste, una silueta oscura que se recortaba en el claro espejo del lago, con su largo bastón ondulado en la mano derecha y el sombrero de paja en la cabeza.
Y entonces, de pronto, echó a andar. Paso a paso, moviendo el bastón adelante y atrás para darse impulso, el señor Sommer entraba en el lago como si caminara sobre terreno seco, con su andar presuroso y decidido, en línea recta hacia el oeste. En este lugar, el lago tiene muy poca pendiente. Ya había recorrido veinte metros y el agua todavía le llegaba a la cadera; cuando le llegó al pecho, él ya estaba a más de un tiro de piedra de la orilla, y seguía andando, con un paso que ahora el agua hacía más lento, pero sin detenerse, sin vacilar ni un momento, decidido, como si estuviera ansioso por llegar al agua profunda, y hasta tiró el bastón y remó con los brazos.
Yo le miraba desde la orilla con los ojos redondos y la boca abierta, supongo que con la cara que se te pone cuando te cuentan algo apasionante. No estaba asustado, sino más bien pasmado ante lo que veía, fascinado, sin comprender la enormidad del acto, desde luego. Al principio, pensé que el señor Sommer estaría buscando algo que se le había caído al agua, pero ¿quién se metería en el agua a buscar algo con las botas puestas? Luego, cuando echó a andar, pensé que iba a darse un baño, pero ¿quién tomaría un baño completamente vestido, de noche y en octubre? Y, finalmente, cuando se adentraba en el agua, tuve el absurdo pensamiento de que pretendía cruzar el lago a pie —no nadando—; ni un segundo pensé en que fuera a nadar: el señor Sommer y la natación no concordaban. Cruzar el lago a pie, caminando por el fondo, a cien metros de profundidad, cinco kilómetros hasta la otra orilla.
Ahora el agua le llegaba a los hombros, ahora, al cuello… y él seguía avanzando, lago adentro. Y entonces volvía a asomar el cuerpo fuera del agua, como si creciera, al encontrar una elevación del fondo. El agua le llegaba otra vez a los hombros y él seguía adelante, sin detenerse, y volvía a hundirse, hasta el cuello, hasta la nuez, hasta la barbilla… y hasta entonces no empecé a sospechar lo que ocurría, pero no me moví, no grité: «¡Señor Sommer! ¡Deténgase! ¡Vuelva!», ni eché a correr en busca de ayuda; no miré si había por allí un bote, una balsa, un colchón neumático; ni un momento aparté la mirada de aquel puntito que se hundía a lo lejos. "



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