Ética (fragmento)José Luis López Aranguren

Ética (fragmento)

"El hombre moderno empieza, pues, exigiéndose ser justo y ordenando por sí mismo su propia vida. Pero, en seguida, su sentido activista, su versión, también típicamente moderna, a la realidad intramundana, le llevarán a ordenar el mundo en que vive y en el que reina la injusticia. Pero ¿por qué reina la injusticia en el mundo? El cristianismo primitivo y medieval, implantados en una concepción religiosa de la vida, partían de una afirmación primera: la del pecado original que había introducido el desorden, es decir, la injusticia, en el mundo. Pero el hombre moderno, ya lo hemos dicho, prescinde de esos datos religiosos y solo toma del orden sobrenatural lo que cree posible conocer natural, racionalmente; esto es, la existencia de Dios. Así, pues, si en el mundo reina la injusticia, hay que pedir cuentas de ella al Creador del mundo, a Dios. Hace un instante vimos el tránsito de la exigencia de justificación del hombre ante Dios, a la exigencia de justificación del hombre ante sí mismo. Ahora empieza una tercera fase: la discusión en torno a la justificación de Dios ante el hombre.
El primero en plantear abiertamente la cuestión fue Leibniz en su Teodicea, palabra que significa precisamente «justicia (justificación moral) de Dios». Y lo de menos es que el Creador salga por el momento, como efectivamente sale, justificado. Lo grave es la nueva actitud que este planteamiento revela: la época «pide cuentas a Dios», demanda a juicio a Dios para que demuestre su bondad. Justamente por eso ha sentido la pertinencia, más aún, la necesidad de defenderle.
En la segunda instancia de este pleito, que tuvo lugar dentro del siglo XVIII, iba a recaer una sentencia muy diferente. La Ilustración y, muy concretamente, Voltaire, se vuelven a plantear el problema de la época, el problema de la justificación moral de Dios. El método es empirista -observación de las injusticias del mundo, «escándalo» del terremoto de Lisboa, con sus numerosas víctimas, algunas, muchas si se quiere, culpables, pero sin duda otras muchas inocentes- y racionalista, sin ningún sentido para el misterio. El razonamiento, esquemáticamente expuesto, es este: Dios tiene que ser, por definición, justo, y sin embargo, en el mundo, creación suya, reina la injusticia. ¿Cómo se resuelve esta contradicción? Con la idea de la Providencia parece imposible: Dios procedería como un «loco» o como un malvado. Hay, pues, que renunciar a ella, y así, en virtud de una exigencia moralista, surge el deísmo. Dios creó el mundo, pero no lo gobierna; este es como un aparato de relojería que desde el principio recibió toda su cuerda y ha quedado así, literalmente.) «dejado de la mano de Dios». Para la Ilustración, que ha rechazado toda la dogmática, lo único que permanece del cristianismo es su moral. Jesús fue, simplemente, un gran maestro de moral, un hombre que enseñó a sus hermanos a ser justos y benéficos.
Es ya el pleno moralismo. Pero todavía faltaba dar un paso más para que la gracia, la religión, quedasen expresamente sometidas a la justicia, a la moral y, en realidad, falseadas en su verdadero ser. Este paso lo dio Kant al instaurar el primado de la razón práctica y el imperativo moral, montado categóricamente sobre sí mismo. La existencia de Dios, afirma,
debe ser admitida, no para la moralidad, sino por la moralidad. Dios no tiene otro papel, en su filosofía, que el de garantizador de la moral en el Más Allá, el del garantizador de que la tarea infinita, impuesta desde ahora, fáusticamente, al hombre, tendrá un sentido. Es lo que Kant llamó, la religión dentro de los límites de la simple razón. "



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