Su vida natural (fragmento)Marcus Clarke

Su vida natural (fragmento)

"En torno a las siete en punto la prisión quedó sumida en la conmoción. Se propaló la noticia de que había despertado en los reos el amor febrífugo a la libertad, adormilado por causa de la monotonía durante la primera parte del viaje. Ante la manifiesta amenaza de la muerte, anhelaban con fiereza la posibilidad de escapar que parecía la tributaria concesión de los hombres libres. Cada hombre enardeció a su amigo gritando "¡Salgamos!" "Hemos sido encerrados aquí como un rebaño a la espera de su sacrificio" Los rostros de los hombres concitaban una mirada sombría y abatida, y a través de la lóbrega oscuridad lanzaban miradas feroces que iluminaban su negrura, como el flash de un relámpago que morbosamente iluminara el aturdimiento índigo de una nube tormentosa. Poco a poco, y de un modo inexplicable, comprendieron que se cernía sobre ellos una conspiración, que iban a ser liberados de sus ruinas y que entre ellos había quienes habían sido sediciosos en pos de esta anhelada libertad. El aliento fétido se entremezclaba con el denuedo ansioso y sospechoso de una ansiosa respiración. El predominio de esta influyente idea se mostró por un inopinado desplazamiento de átomos. La concurrente masa de la villanía, la ignorancia y la inocencia comenzó a verse animada por un movimiento uniforme. Las afinidades naturales se despertaron en silenciosa armonía, como piezas vítreas o cuentas de colores en un caleidoscopio que asumiera formas de proporciones matemáticas. El estruendo de siete campanas determinó que la prisión se hallaba dividida en tres partes -desesperados, tímidos y cautelosos. Ese ser tripartito convergía de forma natural. Los amotinados, instigados por Gabbett, Vecht y el Parásito, se encontraban en la cercanía de la puerta; los tímidos -jóvenes, ancianos, pobres infelices condenados por pruebas circunstanciales o personalidades rústicas abocadas al latrocinio para sobrevivir- se hallaban en el último extremo, acurrucados y alerta; y los prudentes -es decir, todos los demás, estaban prestos para luchar, avanzar o retroceder, ayudar a las autoridades o a sus compañeros, según los caprichos de la diosa fortuna- ocupaban el espacio intermedio. Los amotinados no excederían de la treintena, de los cuales sólo una media docena sabía realmente lo que estaban a punto de hacer. "


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