Apocalipsis para principiantes (fragmento)Nicolas Dickner

Apocalipsis para principiantes (fragmento)

"Hope se había enfrascado de nuevo en su tarea, calculadora en mano, y ahora trataba de evaluar el volumen que ocuparían ochocientos sesenta millardos de limones.
A nuestro alrededor, los demás alumnos se afanaban entre hilos de cobre hechos tirabuzones, frutos pegajosos y montones de hojas cuadriculadas cubiertas de garabatos. Yo pensaba en la herejía de convertir en limones la explosión más mortífera de la historia de la humanidad.
En el fondo, era inevitable llegar a este punto tarde o temprano.
Para el ciudadano medio de 1945, la bomba atómica venía del futuro, lo mismo que los extraterrestres de La guerra de los mundos. Mientras unos físicos perforaban el corazón del átomo, en las zonas rurales la gente todavía se alumbraba con lámparas de aceite.
Mi abuelo, Wilhelm Bauermann —que había crecido con la locomotora de vapor, el gas mostaza y el Ford T—, era incapaz de entender que la bomba atómica era fundamentalmente distinta de la dinamita. Cuando se le hablaba de Hiroshima, se imaginaba una montaña de aquellos bastoncillos de cartón que se utilizaban en las canteras de yeso.
Los niños de la posguerra vivieron la llegada del Boeing 747, del LSD y de la bomba H, y cuando entró en escena mi generación, los misiles intercontinentales de cien kilotones ya pertenecían al pasado. Eran como el microondas, los ramen Captain Mofuku con sabor a pollo o la televisión por satélite: un engranaje de la realidad.
No, el abuelito Wilhelm nunca hubiera podido entender en qué difería la bomba de Hiroshima de la dinamita de toda la vida; y menos todavía cómo era posible compararla con limones.
Mis padres se habían ido a Montreal hasta el miércoles para participar en el congreso anual de productores de cemento del noreste americano: cuarenta y ocho horas de excitantes debates sobre los aditivos más recientes, todo ello regado de café aguado y cerveza tibia.
Apoltronados en el sofá, con los pies apoyados sobre la mesa baja, Hope y yo dábamos buena cuenta de la reserva de minipizzas congeladas. Mientras yo hojeaba TV Hebdo, Hope veía distraída un reportaje sobre Berlín. Nada nuevo bajo el sol.
Le pregunté por la señora Randall: ¿progresaba la investigación de la fecha del fin del mundo? Hope suspiró. No, su madre no estaba llegando a ninguna parte; y además empezaba a agitarse peligrosamente. Hope se preguntaba cuánto tiempo más conseguiría la clozapina estabilizar su estado. En el fondo, no se trataba de un problema farmacéutico: bastaría con que encontrase por fin la dichosa fecha para que su salud mental mejorara al instante.
Hope echó la cabeza atrás y contempló fijamente el techo. "



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