Los dioses de Grecia (fragmento)Walter Otto

Los dioses de Grecia (fragmento)

"Experiencia, historia y etnología demuestran que el mundo puede presentarse al espíritu y al alma humana de modo muy diverso. Entre las posibles formas de observación y pensamiento dos resaltan especialmente. Cautivan nuestro interés porque nunca y en ninguna parte faltan enteramente, por muy diferente que sea la medida de su auténtica significación. A una la podemos llamar objetiva o racional, si no entendemos estos términos sólo en el sentido de la mente calculadora. Su objeto es la realidad natural. Su aspiración es apreciar la existencia en su longitud y profundidad y contemplar con veneración sus formas y su validez.
El otro modo de pensar es el mágico. Siempre está unido a lo dinámico. Sus categorías fundamentales son la fuerza y la acción; por eso busca y venera lo extraordinario. Como se sabe, ciertos pueblos primitivos tienen nombres particulares para lo milagroso en el hombre o en los objetos del mundo. Este sentido de lo milagroso proviene de un estado singular del alma humana que, de una manera enigmática, obtiene la conciencia de un poder del cual pueden emanar efectos sobrenaturales. Podemos, pues, hablar de una mentalidad mágica. Los importantes fenómenos del mundo exterior se colocan frente a la conciencia del poder humano como sucesos y manifestaciones de poder. Se entiende que tampoco aquí falta la experiencia de lo regular o normal. Pero al interés apasionado por lo extraordinario corresponde un concepto muy definido de lo natural. Su dominio se corta bruscamente por la entrada de lo prodigioso. Con esto empieza la esfera de fuerzas y efectos ilimitados, el reino de los estremecimientos llenos de terror y júbilo. La grandeza que se presenta a la admiración y veneración es invisible y amorfa. Dicha grandeza enfrenta, con absoluta soberanía, el mundo de las experiencias, teniendo su equivalente en la fuerza mágica del alma humana. Desde este punto de vista no existe en el mundo natural una estabilidad firme. Los rasgos característicos de los objetos cambian sin límites; todo se puede transformar en cualquier cosa.
Esta mentalidad parece tener una afinidad especial con las culturas primitivas, pero en sí no es nada primitiva: puede llegar a la grandeza, a la sublimidad. Se funda tan hondamente en la naturaleza humana que, aunque las diferencias de sus efectos sean muy notables, ningún pueblo o época puede renegar totalmente de ella. En las religiones eminentes se manifiesta por la creencia en una divinidad que posee un poder infinito frente al mundo natural, no pudiendo comprenderse por intuición alguna. Conocemos su máximo desarrollo en la cultura espiritual de la India antigua. Allí lo misteriosamente Todopoderoso, lo «Verdadero de lo Verdadero» (Brahman), ha sido equiparado, decididamente, a la fuerza anímica en el interior del hombre (Atman). No podía dejar de suceder que el mundo empírico fuera relegado de la categoría de una realidad menor a la nada de mera ilusión.
Lo que aquí ha sido denominado y caracterizado como pensamiento mágico no ha resultado del todo ajeno a los griegos. Pero quien mira los fundamentos de las cosmovisiones tiene que comprender que la griega, de manera singular, adopta una actitud negativa frente al pensamiento mágico. Está en el lado opuesto, y con ella, la mentalidad mencionada en primer lugar halla su objetivación más grandiosa. En vez del concepto limitado de lo natural tenemos uno más amplio. Cuando hoy pronunciamos la palabra «naturaleza» en la acepción elevada y viva, como la usó Goethe, estamos reconociendo el espíritu griego. Pues lo natural mismo puede permanecer en la gloria de lo sublime y de lo divino. Es cierto que, cuando intervienen dioses griegos, acontecen cosas extraordinarias y maravillosas. Pero no significa que se presente una fuerza capaz de realizar lo ilimitado, sino que se produce una realidad expresada de mil maneras a nuestro alrededor, como una gran forma de nuestro mundo. Lo primario y supremo no es el poder que consume la acción, sino el ser que se manifiesta en la forma. Y los estremecimientos más sagrados no provienen de lo inmenso y del poder ilimitado sino de las profundidades de la experiencia natural. "



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