Los años robados (fragmento)Edgard Telles Ribeiro

Los años robados (fragmento)

"El diario había destacado los orígenes de mi padre. Raros eran aquellos que, en su clase social, hablaran lenguas o estuvieran en condiciones de dedicarse a estudios que les franqueasen el acceso al Ministerio de Relaciones Exteriores.
La insistencia de Max me hizo ver que, para él, el tema tenía su importancia. En cambio, yo no recuerdo haber demostrado entonces curiosidad alguna por sus raíces familiares. Mi deseo de conocerlas llegaría con el paso de los años, por fuerza de acontecimientos que irían sucediéndose poco a poco, y que habrían de provocarme, a su debido tiempo, una necesidad de encontrar explicaciones. Descifrar los engranajes secretos de Max fue una necesidad nacida del afecto, y luego, de un sentimiento cercano al malestar, y más adelante, de la obsesión.
A lo largo de ese lento proceso, habría de descubrir que Max descendía de la rama más modesta de los Andrade Xavier, que venía del interior de Minas Gerais (y no de Río de Janeiro), lo que hacía de él, según sus propias palabras, un ser doblemente desfavorecido por la suerte —dadas, a un tiempo, «la proximidad y la distancia» a que se encontraba su familia de la rama troncal y aristocrática de su linaje—. Como consecuencia de esa distancia, su madre había visto cerrarse todas las puertas de la familia de su marido, por motivos jamás explicados. Así, Max había encontrado en el Ministerio —al que creía pertenecer por derecho de cuna— la oportunidad de rescatar los escenarios y paisajes de que se había visto privado en su infancia.
Así entendí también la razón por la cual el tema de las genealogías, que a mis ojos no revestía mayor importancia, en el caso de Max se confundía con su misma razón de ser. No por nada se dedicaba con pasión a trazar árboles genealógicos de colegas y jefes. Y con la misma pasión se refería a los buenos casamientos que unos y otros habían concretado, según él, en vista de alianzas que dieran impulso a sus respectivas carreras. Imagino, incluso, que su unión con la americana, que había durado apenas dos años («Un ligero equívoco de juventud», como le gustaba proclamar), pudo haber fracasado por no servir a ese tipo de propósitos.
Sea como fuere, guardé de aquel almuerzo una impresión clara: en la imaginación de mi nuevo amigo, el simple ingreso al Itamaraty nos había «aristocratizado», a mi padre y con más razón todavía a mí mismo, como miembro que era, aunque de segunda generación, de esa familia palaciega. De ahí, probablemente, las verdaderas raíces de mi condición de «almorzable».
Recuerdo que, aquel día, me esforcé sobre todo por estar a la altura de sus expectativas. Hablé de filmes y literatura. Alabé Eros y civilización, porque haber leído Marcuse contaba mucho. Cité versos de Pound. Hablé de política, de deporte, de samba. Criticamos en voz baja a los militares y al golpe del 64 con una franqueza rara incluso entre los más jóvenes. También supe reír de las historias de Max (buenas) y de las de nuestro amigo común (pasables).
Llegado el postre, intercambiamos confidencias sobre mujeres. A los veintiocho años, Max no sólo era mayor sino mucho más experimentado que nosotros —y por lo demás, divorciado—. Brillaba a nuestros ojos como el hombre de mundo que imaginábamos que era, dotado de innumerables experiencias que parecía dispuesto a confiar en forma de consejos y opiniones. Hablaba de la píldora anticonceptiva como de la única invención relevante del siglo XX. Y consideraba que al todavía incipiente movimiento feminista le debíamos la mayor oportunidad jamás ofrecida a los hombres, cuyos apetitos más secretos ahora habían de ser saciados, decía, «a niveles inconcebibles».
A la hora del café, Max me distinguió con una invitación para escuchar en su casa, en compañía de algunos amigos, unos discos de Art Blakey y Thelonious Monk que acababa de recibir de Nueva York. Me pasó su tarjeta. Vivía en un pequeño departamento en Urca, frente al mar. Y por su tarjeta supe también que tenía un programa de jazz en la radio MEC, que salía al aire una vez por semana y que él mismo conducía. Me habló de sus dotes de locutor y de las historias que había inventado para llenar lagunas cuando, por pereza, no llegaba a escribir sus guiones. Por mi parte, recuerdo que en un súbito arranque de inspiración le pregunté si podría indicarme un sastre. Y él me legó un consejo heredado a su vez de cierto veterano embajador: «Hágase pocos trajes... —larga pausa— en Londres...».
Sin duda —recuerdo que pensé—, nuestro Ministerio era refinado en materia de lenguaje: la conjunción adversativa había sido sustituida por una pausa sonora, y así, dos frases banales habían adquirido una finura proustiana. Fueron minucias como ésa, creo yo, las que me hicieron gustar de Max a primera vista; esa capacidad de ir enhebrando palabras, ideas y anécdotas, ya relevantes, ya pueriles, con la gracia y la agilidad de un pájaro. Se me antojaba que nada representaba mejor el Itamaraty y la carrera, por aquellos tiempos, que esa levedad de mi compañero, a la que los menos conocedores daban el nombre de savoir-faire. No podían imaginar cuánto había de esfuerzo detrás de los mecanismos más personales de mi nuevo amigo. "



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