Fanatismo y Misticismo (fragmento)Adolfo Menéndez Samará

Fanatismo y Misticismo (fragmento)

"Existe otro campo en el que desarrolla el místico un papel gigantesco: en el estético.
Es cierto que también pueden laborar hombres en el arte sin tener, ni lejana ni cercanamente, una relación con el cultivo de los valores religiosos. No es, pues, patrimonio exclusivo del místico el ser artista; no obstante, es tan grande su aportación en esa actividad, que se hace imposible que no reflexione acerca de ella.
Tomando en cuenta que el hombre aislado es un mito; que al vivir en sociedad se establecen interacciones e influencias entre ésta y aquél, hay algunas formas de arte que encierran la característica de mayor individualidad, en cuanto a su realización técnica. Tales son la pintura de algunas épocas y civilizaciones, música (exceptuándose los conjuntos sinfónicos), literatura, grabado y escultura. En cambio la arquitectura, por ejemplo, es inconcebible sin la cooperación hacendosa de muchos, dándose, por eso, los mejores florecimientos en tiempos fanatizados.
Con respecto a la pintura religiosa ya se sabe que es abundantísima. Algunos de sus artífices sintieron ese tema porque fueron místicos. El dominico Fray Giovanni de Fiesole pinta para nuestra delectación la Escala de Jacob tal como la vio en alguno de sus éxtasis. Y si es cierto que usando el estilo gótico, corriente de aquella época, logró casi interpretar las aspiraciones místicas, alcanzando su expresión máxima en lo pictórico, imprimiendo un sello de celestial inmaterialidad, como en la pálida Virgen de la Estrella, monjeril y recatada, que parece estar suspendida entre rayos de sol con actitud tímida y cariñosa cuya mirada extática ya se habituó a la penumbra de los claustros, con pupilas plenas de dulzura, si es verdad, repito, que la pintura del pincel de Fray Giovanni tiene un sello de misticismo tan profundo que se le eleva a la categoría de Beato Angélico, también pienso que no es esta clase de arte el vehículo más adecuado para lograr la expresión estética de la intuición mística.
Otro tanto digo de la escultura, aún de la policromada de un Martínez Montañés, que encierra jirones divinos en un leño, como el Cristo de la catedral de Sevilla, del cual prometió el artista que tendría «la cabeza inclinada... mirando a cualquier persona que estuviese orando al pie de él... como que le está el mismo Cristo hablando...»
Jan Luyken, el grabador holandés que ilustro una edición protestante de la Biblia, al mismo tiempo que raspa con el buril sus planchas de cobre, va predicando el evangelio donde quiera que llega, y aunque su obra es de una vehemencia mística feroz, no obtiene la perfecta expresión que cualquier página de Juan de la Cruz.
Es en la literatura donde el místico encuentra el campo propicio para narrar el ansia amorosamente tranquila del éxtasis. Por eso dice Schiller: «no hay límite ni vínculo alguno para mí. Mi reino, verdaderamente inmenso, es el pensamiento y mi alado instrumento la palabra».
Las artes plásticas sólo pueden hacer un uso muy limitado de los fenómenos. Por eso escogen los hechos sensibles de la naturaleza y la vida humana. Pero, ¿cómo exponer lo suprasensible careciendo, incluso, de analogías sensoriales para ilustrarnos?; ¿cómo pintar o esculpir el Dios que se vive ónticamente en el amor místico?
La palabra, por el contrario, puede decir toda esa multitud de hechos, combinando con la mayor facilidad los objetos del orden suprasensible con las imágenes y analogías de los conceptos subjetivos. A esto hay que añadir la condición del poeta (condición estética) que sensibiliza su objeto por expresar en los versos, gracias a la mayor e inteligible claridad de la que dan de sí las palabras corrientes, pues el poeta usa la palabra esencial, dice Heidegger.
Ahora bien, la expresión literaria posee múltiples carices desde la novela romántica, un poco anodina en cuanto a lo que significa como valor extrínseco para la colectividad, hasta la de tipo social, que puede escalar la suprema significación estética siempre que coordine su valor contenido (condición extrínseca) con el valor continente (forma intrínseca).(1)
La literatura mística procura obsequiarnos la contemplación por medio de los elementos inteligibles por sí propios, el lenguaje corriente, de lo suprasensible por excelencia, que ha sido vivido en la inmanencia ansiosa del autor. Y todos los sentimientos e impresiones, los afectos y las disposiciones removidas por la intuición de la belleza, nos lo muestra tal como los vivió en su ánimo.
Es cierto que la mayoría de ellos están de acuerdo en que hay una diferencia entre sus verdaderas vivencias y las palabras con que las expresan. Por eso, dice Hugo de San Víctor, esto puede sentirse, pero no expresarse; y Ángela di Fologno, después que leyó el relato de su éxtasis, se negó a aprobarlo, porque no correspondía con exactitud a su visión. Pero esto nada más constituye un cassus contientiae religioso, y desde mi punto de vista, no interesa semejante escrupulosidad de autor literario-religioso. Páginas adelante se verá el porqué de ésta opinión.
La literatura mística expresa la intuición del Verbo, de Dios, como algo suprarreligioso; y si su manifestación es adecuada, es decir, que la imagen del Supremo Amor nos la entrega el místico con toda veracidad, esplendor y justeza en sus escritos, entonces es cuando la mística se convierte en arte, en verdadera literatura. Éste es el segundo aspecto del valor social que posee el misticismo. Su obra es universal no porque trate de darnos una visión del Ser supraterreno —esto también es posible encontrarlo en cualquier teodicea—, sino porque envuelve su visión mística del supremo valor santo con los ropajes de las categorías estéticas.
Pero hay que distinguir, desde el tribunal de lo que significa para la cultura, varios momentos en el místico, que tienen sus paralelos en el tiempo antes del éxtasis, durante éste y después.
La actitud previa, cuando está bebiendo en las fuentes de la civilización a que pertenece, es en algunas ocasiones hasta peligrosa para la cultura, porque absorbido por la religión a que está afiliado, si ésta anatematiza la ciencia y lo discursivo, se convertirá también en la opinión del místico, y atacará con violencia (notas de un ambiente fanatizado) todo aquello que no pertenezca al círculo de ideas dimanadas de su fe religiosa. "



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