Seis cuentos morales (fragmento)Eric Rohmer
Seis cuentos morales (fragmento)

"La villa de Rodolphe era una casa solariega de estilo provenzal de finales del siglo XVIII: dos pisos sobre un basamento en forma de terraza, y frontón con ojo de buey. Bastante deteriorada, rodeada de un arco semihundido, se alzaba al borde de un bosque de alcornoques. A través de este bosque, un sendero serpenteante conducía a una pequeña caleta con apariencias de playa. A esa hora de la mañana, el lugar estaba desierto. Ningún rumor de voces se superponía al chapoteo de las olas y al sonido de las cigarras, y yo me cerraba a cualquier recuerdo capaz de distraerme de las impresiones del momento.
Me esforzaba incluso en dejar de pensar. Al fin estaba solo ante el mar, lejos del rito de los cruceros y de las playas, poniendo en práctica un carísimo sueño de mi infancia, diferido de año en año. Quería que la mirada que dejara caer sobre él fuera lo más vacía posible, exenta de cualquier curiosidad de pintor o de naturalista, puesto que de haber seguido una de mis inclinaciones es posible que me hubiera pasado la vida coleccionando y herborizando. Me abandonaba a la mera fascinación de los movimientos de sombra y de luz, sobre el fondo tapizado de erizos violetas y de algas color marrón, hasta entrar en un letargo que el baño prolongaba. Me gustaba flotar relajado, avaro de mis gestos, y dejarme arrastrar al capricho de las mil pequeñas corrientes que animan el agua del golfo. Este estado de pasividad, de disponibilidad total, parecía hecho para proseguir mucho más allá de la especie de euforia en que introduce el primer contacto anual con el mar. Me imaginaba perfectamente vaciando durante todo un mes mis pensamientos en el mismo molde.
Es por ese motivo que la presencia de cualquier otra persona que Daniel me resultaba insoportable. La única mujer que me habría gustado tener al lado estaba ausente. Yo había tomado una decisión: sin demasiado esfuerzo me mantenía lejos —y, según creía, para siempre— de su pensamiento. Pero no había llegado al punto de tolerar la presencia de otra, a fortiori de una de las lamentables pequeñas protegidas del amigo Rodolphe.
Me esforcé inútilmente en convertir a Daniel a mi regla. Se obstinaba en levantarse a la hora en que, de regreso del baño, yo consideraba mi jornada como casi concluida: empleaba el resto del tiempo en leer, a la sombra de una gran encina erguida ante la terraza. Me había apoderado del primer libro que se me vino a las manos: el tomo I de las obras completas de J.-J. Rousseau, en la colección de la Pléiade. Este lugar dado a la lectura irritaba a mi compañero que proseguía por su parte su búsqueda de la nada, del vacío, pero de una manera mucho más franca y brutal que la mía. Y, en ese punto, me resultaba forzoso ver en él a un maestro. "



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