Corazón doble (fragmento)Marcel Schwob
Corazón doble (fragmento)

"La puerta ojival, cerrada con picaporte redondo que llenaba bien la mano, daba a la cocina, donde el hombre pasaba las mejores horas de su vida. Pues desde la mañana erraba entre las cacerolas, mojando el pan en las salsas, rebañando las sartenes con un trozo de miga, oliendo los tazones llenos de sopa; y él hundía en las marmitas una cuchara de madera con la que iba probando,
comparando sus comidas, mientras el fuego zumbaba bajo las hornallas. Luego, abriendo el hornillo de la cocina, dejaba salir el rojo resplandor que ponía destellos en su carne. Así, en el crepúsculo, se asemejaba a un enorme fanal, cuyo vidrio era su rostro, iluminado por la sangre y por las brasas. Y en esa cocina, el hombre gordo tenía una sobrina regordeta, blanca y sonrosada, que limpiaba las legumbres con sus mangas remangadas, una sobrina sonriente, rebosante de hoyuelos, cuyos pequeños ojos saltaban de contento; una sobrina que le pegaba en los dedos cuando los; metía en la fuente, que le tiraba los panqueques calientes a la cara cuando quería darlos vuelta en la sartén, y que le hacía mil y una delicias azucaradas, doradas, cocidas a punto, con divertidos
crutones.
Bajo la enorme mesa de madera blanca dormitaba un gato, con la panza llena y una cola gorda como la de un cordero de Asia, y el caniche, apoyado contra los ladrillos del horno, guiñaba los ojos al calor, mientras le colgaban gruesos pliegues de su rapada piel.
En su habitación, el hombre gordo miraba voluptuosamente un jarro de vidrio en el que acababa de verter suavemente vino de Constanza, cosecha 1811, cuando la puerta de la calle se abrió silenciosamente. Y el hombre gordo se sintió tan sorprendido que abrió la boca y permaneció inmóvil, con el labio inferior caído. Ante él se hallaba un horrible flaco, negro, largo, de nariz delgada y labios sumidos; sus pómulos eran puntiagudos, su cabeza huesuda y, cada vez que hacía un gesto, parecía que de sus mangas o de su pantalón salían esquirlas de huesos. Sus ojos eran hundidos y tristes, sus dedos parecían alambres, y su semblante era tan serio que daba pena mirarlo. Llevaba en la mano un estuche de anteojos y de tanto en tanto se calzaba unos lentes azules mientras hablaba. De toda su persona, lo único untuoso y atrayente era la voz, y se expresaba con tanta dulzura que al hombre gordo se le arrasaron los ojos en lágrimas. "



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