Telefónica (fragmento)Ilse Barea-Kulcsar

Telefónica (fragmento)

"André es la única persona que está en la sala de prensa. Las seis de la mañana. Tiene dos horas para redactar su artículo para París. La habitación es grande y fría. Papel carbón y copias arrugadas de despachos de corresponsales están tirados por los escritorios y las sillas. Los restos del trabajo de prensa de ayer. Detrás de un biombo hay cinco catres de campaña revueltos. Los reporteros de noche de los periódicos españoles y el hombre de Havas que han dormido ahí ya están arriba en la sala de teléfonos, donde hace más calor porque aún se conservan íntegros los cristales de las ventanas. Aquí en uno de los cristales hay un agujerito redondo rodeado de una corona de rayos con restos muy finos de metralla: ha sido un trozo diminuto de obús que les ha costado esfuerzo encontrar bajo el polvo del suelo sucio.
Por ese agujerito tan pequeño entra el frío. También podrían abrir las ventanas, así por lo menos respirarían aire fresco. El humo frío de los cigarrillos de ayer se agarra a la ropa. En la lengua, una sensación de asco. André abre las ventanas de par en par, las ventanas del lado de la habitación que no da al frente. Los restos de nubes se han disipado y el cielo está rosado e infinitamente luminoso. Si se dibuja en él una mancha oscura, está claro que solo puede ser el humo de una explosión, de una mina o de un cañonazo. Los blancos rascacielos de mal gusto del Madrid moderno son como alabastro, el verdor del Parque del Retiro es un islote de color amable, las montañas del horizonte son de un azul intenso.
Los rebeldes no entrarán desde ese lado, piensa André. Pero entrarán, no puede ser de otro modo. Merde!, maldice en voz baja. Qué putada, todo. La gente de aquí no se va a rendir, por supuesto, pero ¿por qué? Está claro. Se lucha porque no se puede hacer otra cosa; mientras se pueda. Pero la mujer de ayer, la de la tripa rajada, el niño de la mancha oscura junto al ojo, la mano amarilla de dedos largos en la cuneta: más vale no pensar mucho en ello, de lo contrario no se puede escribir.
André se sienta a una de las grandes máquinas de escribir antiguas. No puede teclear; tiene que ver sus frases delante escritas a mano, solo así cobran vida. Pero la censura exige tres copias a máquina. Que se vayan al diablo, aunque hay que llevarse bien con esos tipejos. Los españoles llaman a la censura «la tía Anastasia», igual que los franceses. Empieza a atizar las teclas con la punta de los dedos, pero no encuentra las letras, la cinta se enreda, ya no funciona nada. Necesita a alguien que le ayude, eso está claro. Una secretaria. Pero aquí no hay mujeres cualificadas. La alemana, la nueva funcionaría de la censura sabe bastante francés; ella misma es periodista, a lo mejor le ayuda. André intenta imaginarse a Anita: hacia fuera, la clase de persona auténticamente política, muy sensible, pero vista de cerca, una mujer difícil. Y a él qué le importa. Se decide a llamar al Hotel Gran Vía, donde pernoctan todos los periodistas que no viven en su embajada. "



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