Adviento a la montaña (fragmento)Gunnar Gunnarsson
Adviento a la montaña (fragmento)

"Pero no era así. La tormenta ya estaba azotando los tejados helados de la casa, las ráfagas de nieve rugían como si una turba de monstruos se hubiera escapado en la oscuridad de la noche. En el salón, bajo el techo de turba y rodeados de la negra oscuridad y la tempestad, era muy sencillo pensar en el tiempo como una criatura viviente. El invierno, con su naturaleza informe e impetuosa, lleno de vida y casi furioso había regresado a casa y parecía sentirse a gusto. A Recio, sin embargo, no le había engañado. Como de costumbre sabía lo que estaba sucediendo. Benedikt se levantó de un salto. Ya era hora de irse a dormir.
Las ovejas que se habían perdido en la montaña estarían ya cubiertas de nieve, envueltas en el frío manto invernal antes de que pudieran rescatarlas y traerlas de vuelta a casa. Era impensable que hubieran tenido el sentido común de huir hacia las zonas altas o a los pasos elevados, y todavía más inverosímil que el tiempo se lo hubiera permitido. Su única salvación era dirigirse hacia el lugar donde se juntan el cielo y la tierra, donde la tormenta arrecia con más fuerza, aunque bien pensado, incluso allí arriba era muy probable que murieran de frío.
Ahora lo que tocaba era irse a la cama e intentar dormir un rato, o por lo menos librarse de la insulsa charla de los compañeros. Nadie debería compartir sus penas con los demás. Ya tenemos suficiente con las nuestras.
Al final, como no podía ser de otro modo, todos se quedaron dormidos en el salón de la última granja antes de las tierras altas. Y del mismo modo que otras tormentas provocaban catástrofes y desgracias por todo el mundo, la de allí se dejaba sentir con toda su violencia y furia. No en vano estábamos en un rincón abandonado del planeta, un lugar pacífico junto a un lago donde sólo el cielo se estremecía. Donde sólo el musgo y los líquenes vivían una vida efímera sobre las piedras, una existencia en la que, gracias a los designios del Creador, las piedras se habían ido transformado en tierra con el correr de los siglos. Esas piedras que los cráteres habían escupido al aire, y que el fuego de las entrañas de la tierra había transformado en semillas y vegetación, servían ahora de lecho al rocío de las noches de verano y a la escarcha de las de otoño. ¡Qué bueno es poder abandonarse al sueño de vez en cuando! "



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