La segunda oportunidad (fragmento)Constantin Virgil Gheorgiu
La segunda oportunidad (fragmento)

"En aquel momento el cuerpo de Kostaky cayó al suelo, sobre el barro. Empezó a debatirse. Ion Kostaky quería saber si era verdaderamente a él a quien todo el pueblo perseguía gritando: «¡Ahí está el criminal!». Ion Kostaky quería saber por qué los habitantes de Piatra habían permitido impasibles que su casa ardiese. Quería saber por qué el pueblo entero había salido en su búsqueda a través de los huertos, como si él hubiese sido verdaderamente un asesino. Aquél era su único pensamiento mientras su cuerpo se debatía. Notaba que sus fuerzas huían al mismo tiempo que su sangre. Permanecía tendido sobre el barro, con la mejilla derecha sobre la mojada tierra. El frescor de la tierra le hacía bien. La tierra era como un apósito sobre le mejilla derecha de Ion Kostaky. Notaba que aquel apósito cubría su pecho y su hombro. Su cuerpo luchaba, se debatía como para hundirse aún más en la tierra refrescante y acogedora. Era la tierra de Piatra, la tierra de su pueblo, una tierra que despedía un olor sano y fresco. La tierra modelaba la forma del rostro y de las sienes de Kostaky, como si quisiese no olvidarle jamás. La tierra había moldeado y conservado la huella de la cabeza de Ion Kostaky, de su hombro, de su ojo, de su barbilla. Las huellas aparecían labradas en la tierra mezclada con sangre. La tierra no quería olvidarle. Quería conservar profundamente impresas las formas de aquel cuerpo que se debatía. Y Kostaky se desvaneció, con todos sus pensamientos dirigidos hacia su casa que ardía y para apagar a la cual nadie había dado un paso, dirigidos hacia los aldeanos que corrían tras él gritando: «¡Ahí va el criminal!», y aquello fue todo.
[...]
El sacerdote andaba con la cabeza erguida, puesto que no veía nada ni a derecha ni a izquierda. Cerca de él, Iléana se lamentaba, puesto que, semejante al sacerdote, que no tenía ante los ojos más que su iglesia, ella no tenía ante los suyos más que a Ion Kostaky, María y Pedro. Ella era mujer. De todo lo que existía en la tierra, Iléana Kostaky no veía más que su casa, su marido y sus hijos. El sacerdote ciego que la acompañaba no veía más que la mansión del Señor, y ella, la mujer, no veía más que su propia casa. El sacerdote ciego podía llevarse con él a la cárcel la casa del Padre, y nadie podía arrebatársela. Cada paso, en cambio, alejaba a Iléana Kostaky de la suya. A causa de ello su partida del pueblo le hacía daño como una herida infligida a su propio cuerpo. Sus cadenas eran pesadas.
Desde detrás de sus ventanas los aldeanos miraban aterrados a los dos prisioneros. Las mujeres lloraban. En el espacio de una noche y una mañana tres vecinos habían desaparecido de Piatra, y otros varios habían huido, no se sabía dónde, a través de los bosques."



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