La conversión (fragmento)María Elvira Bermúdez
La conversión (fragmento)

"El culto y aristócrata señor hacía honor a su nombre. Había sido —y era— amado por muchas mujeres. Y él, ni antes ni después de tenerlas, había querido a alguna. Para qué. Venían a él sencilla, tenazmente, como el trueno sigue al rayo, como el mar obedece a la luna. Pero él era, en esencia, un rayo silencioso y un mar profundo. El don de sí mismo fue fugaz y epidérmico. E iba siempre seguido o acompañado del desprecio. No a sí mismo, por supuesto. Él era magnánimo. Condescendiente. Las despreciaba a ellas. Le desagradaban su reptar continuo y su pertinaz lamento.
Condescendiente y magnánimo había sido. Se propuso no serlo en adelante. Más que el cansancio, la equidad se imponía. Era tiempo de que ellas encontraran lo que habían buscado.
Aquella mañana, Lady G. llamó a su puerta. Rehusó abrirle. Ella insistía. Comenzaba a gritar. Abrió él entonces la mirilla y se dignó oírla: —Lo dejaba todo por él. Tranquilidad, riquezas, buen nombre. No podía abandonarla ahora—. Enarcó una ceja el señor Amado, se atusó el bigote y sonrió. No recordaba haber hecho promesa alguna. Lo sentía mucho. Cerró la mirilla y volvió a su pipa y a sus libros, divertido el ánimo.
Al caer la tarde, Graüben golpeó los cristales de su ventana. Él se hizo el sordo. Ella persistía, en su clamor. Entreabrió él entonces la ventana y condescendió en escuchar: —Sus padres la habían puesto en la calle. Ella no tenía a dónde ir. Sólo con el amor de él, con su caballerosidad, contaba—. Frunció el ceño el señor Amado. Cómo era posible que una plebeya osara levantarse hasta él. Cerró la ventana y volvió a sus libros y a su pipa, alterado el ánimo.
Poco antes de la media noche, María penetró en la alcoba del señor Amado. Lloraba con estruendo y lo privó de repente de su perezoso ensueño. —Estaba a punto de ser madre. Reclamaba sus derechos. Lo necesitaba—. Se puso él de pie violentamente y se dispuso a echarle. Fuera, dominaba la tormenta. Los truenos celestes se confundían con el crepitar del Vanglor y las olas del Megalócride bramaban. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com