El divino (fragmento)Gustavo Álvarez Gardeazábal
El divino (fragmento)

"La llegada de los Urzúa no fue tan espectacular como la del divino Mauro. Llegaron a la hora precisa en que la gente está entrando a la novena y aun cuando Melbita y su tribu sabían que su llegada se produciría entre las seis y media de la tarde y las siete y media de la noche, ella no tenía ni el don de mando ni la infinita paciencia de las Borja y cuando el taxi cuadró en frente de la casa de portones rojos y el par de gigantones ayudaron a sacar las maletas y a bajar a su madre, llorosa todavía, para que abrazara a la ancianísima abuela y la única nieta que vivía con ellos gritara con desespero que la tía Agripina había llegado, Melbita sólo pudo pasarse los dedos por los ojos, limpiarse dos lágrimas que le brotaron en su estoicismo, bajar el perol de los plátanos del fogón y pararse en el mismo quicio de la puerta desde donde muchos años atrás había visto salir a su hermana del brazo de Teodolindo para verdaderamente nunca más volver.
Allí mismo, en el quicio de esa puerta, también se había parado para ver salir una a una a sus cinco hermanas y sus dos hermanos que la dejaron a ella, soltera, agresiva y emprendedora, organizando la vida de Ricaurte y cuidando, con los mismos bobos y las mismas sirvientas, de una casa solariega, la vieja abuela y el orgullo de ser las Palacios, las amigas de los políticos y las testigos de un pueblo que se podía olvidar de todo, menos de que ellas existían.
Por eso, probablemente, cuando el par de gigantones de Agripina la abrazaron y la besaron con el cariño que brota incontrolable cuando por fin se llega frente al tronco del cual se ha sabido siempre que se desciende, Melbita Palacios, revestida de la misma sobriedad de todos sus actos, miró al cielo, se acomodó sus gafas y por primera vez en tanto tiempo se dio cuenta que los años habían pasado. Agripina era tal vez la más parecida de todas sus hermanas y el paso de la vida se encargó de comprobarlo. Teo fue el encargado de decirlo en su español neoyorquino, cogiéndola entre sus brazos de King Kong y separándola lo suficiente para verla desde lo alto y a distancia: “pero si eres igualita a mi madre”. Y no mentía, ninguna de las dos se había engordado. Ambas usaban anteojos sostenidos por su nariz prominente. Tampoco habían cambiado el peinado de la moña cogida con el que comenzaron a peinarse cuando eran adolescentes y Eurípides Romero no existía en Ricaurte. Estaban canosas y no se habían teñido. Tan solo Agripina, a base de menjunjes mostraba una piel un tanto más brillante y más lozana que la agrietada de Melbita, pero una cosa era estar entre el aire acondicionado y la calefacción de Long Island y otra resistir todas las tardes, sin una crema de maquillaje, el ventarrón implacable de Ricaurte.
Cada uno ha sido, en su terreno, la misma versión de la mujer mandona que su padre pretendió que todas sus hijas tuvieran y que solo ellas dos aprendieron a la perfección. Por supuesto Melbita no ha tenido que vérselas con los negocios de Teodolindo ni con las operaciones contables complicadas a que obliga un negocio de restaurantes masivos en Manhattan, pero con una dignidad que ni siquiera Ceres Borja ha podido sobrepasarle, ha mantenido el capital familiar, la finca de ganado de la orilla de Cauca, educado tres de sus sobrinas que dieron con la mala fortuna de tener padres de poquísimas entradas económicas y de más poca brillantez. No se ha dado los lujos de Agripina porque ella no ha tenido ningún Teodolindo que la respalde, pero se ha sentido tan satisfecha en sus actuaciones como lo puede estar su hermana cargada de la pesadumbre de no poder sacar a su marido del marasmo sin límites en donde fue cayendo paulatinamente. "



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